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Los jóvenes de Carrejo mantienen viva la tradición del baile de los picayos a San Pedro

ALERTA | 12 de julio de 2020

Picayos de Carrejo en la Sierra del Escudo. / Andrés CorrAl
Picayos de Carrejo en la Sierra del Escudo. / Andrés CorrAl

Es un hecho claro que con el paso del tiempo muchas de las tradiciones de los pueblos van cayendo en el olvido, como es el caso los cantos y bailes a los santos patronos del lugar. Uno de los lugares donde se sigue manteniendo la cultura popular es Carrejo, donde la juventud sigue bailando los picayos a San Pedro, en la iglesia de Santibáñez (Cabezón de la Sal), una construcción del siglo XVII de estilo clasicista barroco. Aunque ha habido periodos que por diversos motivos no se bailaron, los más antiguos del lugar recuerdan estos cantos y bailes religiosos. Uno de ellos, Luis Herrero, «Luisín», recuerda que bailó los picayos a San Pedro hace 75 años, cuando era cura de Carrejo y de Santibáñez don Leopoldo y las campanas tocaban al vuelo para anunciar las celebraciones religiosas.

Este año los picayos han tendido una singularidad especial, dado que, además de interpretar los cantos y bailes tradicionales tras la misa mayor de San Pedro, acudieron a la Sierra del Escudo, desde donde se divisa todo el valle de Cabezón de la Sal para hacer una interpretación que fue grabada por el fotógrafo Andrés Corral, y que está siendo muy visitada y favorablemente comentada en las redes sociales.

El actual grupo está formado por 8 chicos y 8 chicas, en edades entre los 30 y 40 años, excepto, la niña Julia Caso. Para el día de San Pedro estuvieron ensayando en la plaza de Carrejo, desde que se levantaron las estrictas medidas de confinamiento por la pandemia del coronavirus. El que lleva la voz cantante y enseña a los nuevos danzantes en Jesús Herrero, a quien se debe la filmación del baile en el singular paraje.

Hace 51 años ya bailaba Pedro Gutiérrez y que, después de regresar del servicio militar, dirigió durante muchos años a los danzantes María López es, ahora, otra de las artífices del mantenimiento de los picayos. Antes, los mozos y mozas después de la misa mayor, volvían a bailar en el entonces Comedor de la Caridad, hoy convertido en centro social, donde se daba de comer a los transeúntes y gentes necesitadas que regentaban las monjas dela

Caridad que obsequiaban a los danzantes con «mataquintos» (un manojo de cigarros) y a las mozas con galletas hechas en el mismo centro por la monjas.

Después, se desplazaban hasta el colegio de Primera Enseñanza, actual Residencia de Ancianos, donde había internos estudiando, y allí se volvía a danzar y al finalizar el baile se les obsequiaba con moscatel y galletas. Siguen ahora recordando aquellos antiguos componentes que las castañuelas eran hechas por los propios mozos que las tocaban y las panderetas se adquirieran en

la Ferretería Milera, de Cabezón de la Sal. Los trajes eran traspasados de unos componentes a otros (camisa y pantalón blanco con faja y pañuelo rojo los mozos, y falda roja con franjas negras, camisa blanca, y corpiño y delantal negros con fenefas, las mozas).

Hubo años en que no se bailaron por falta de jóvenes, llegando en una ocasión a tener que actuar con los mozos una chica. Hace unos 30 años y por el empeño puesto por Angelines Ruiz, «Lines, la de la tienda», que dirigía el coro parroquial se puso al frente del grupo nuevamente Pedro Gutiérrez y se recuperó la tradición.

El baile de los picayos ha hecho que los jóvenes y ya no tan jóvenes de los pueblos de Carrejo y de Santibáñez hayan fomentado una gran amistad, que se refleja en las redes sociales.

En estos nuevos tiempos, es costumbre que, después de actuar ante la imagen de San Pedro, en el exterior de la iglesia, acudan a la Residencia de Ancianos de Carrejo a bailar. Este año, debido a las actuales circunstancias sanitarias, no se ha podido hacer.  

 

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