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Que la fuerza no te acompañe siempre

Álvaro Galán | Emprendedor. Senior e-commerce manager, experto en marketing digital y director de la Escuela de Comercio Electrónico de Cantabria.

Álvaro Galán | 06 de julio de 2020

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El otro día, mientras paseaba con un amigo -que a su vez es cliente de mi empresa- hablábamos distraídamente sobre el contexto empresarial en el que ambas compañías hemos venido desarrollando nuestra actividad en los últimos años, los problemas comunes que últimamente todos parecemos sufrir y blablablabla….ante lo que muchos se empeñan en catalogar como un “Oscuro Futuro” cuando hizo una reflexión que,dicho sea de paso, no he comprendido hasta pasada una semana en “observación y meditación” y que hoy comparto con vosotros: “El mundo actual está regido por una lucha de fuerzas constante y esto está acabando con valores y atributos propios de nuestra condición humana e inteligencia”.

 

No es que los inteligentes no sean fuertes, es que cada vez parece haber menos inteligentes y más fuertes, y ese es el problema; pero, es un problema para ellos aunque solo vean ventajas y victorias imponiendo su fuerza. Como ya comenté en otros artículos hablar honestamente sobre los errores cometidos es una muestra de respeto, así que hoy me torno en protagonista.

 

Salgo de casa, son las 07:45 horas. Voy equipado con un péndulo imaginario de mi altura, colocado sobre un atril a una distancia de un metro de mi cuerpo. Este péndulo va a acompañarme todo el día y se inclinará en una u otra dirección en función de la fuerza que actúe sobre él. Monto en mi coche y salgo del garaje, un señor decide saltarse el ceda el paso de salida para posteriormente conducir toda la vía a 20 km/h; el péndulo se empieza a inclinar desde el señor hacia mí, su fuerza comienza a imponerse. A él le da igual que llegue tarde al trabajo, que puedan sancionarme por ello, etc.

 

Llego a la oficina y como vengo cabreado me esfuerzo en descubrir que una tarea poco importante no está hecha, así que le bronca al primero que me encuentro por la puerta, mi péndulo se inclina hacia él. Me siento en el despacho y me llama un cliente: “Mira, verás, sé que hemos acordado este trabajo, pero necesito que hagamos unos “pequeños cambios”, nada, una tontería (cuando dicen esto prepárate si trabajas en tecnología) que se nos ha ocurrido” -Lo que realmente quiere decir es: adiós al acuerdo que teníamos, ahora lo ampliamos y si no estás de acuerdo me molesto y dejo de contratar tus servicios- el péndulo alucina, pero se inclina hacia mí. Cuelgo, me llama un amigo: -¿recuerdas el plan que habíamos hecho de barbacoa? me ha surgido algo mejor ¿te apuntas? -péndulo en inclinación-. Cuelgo, un compañero decide unilateralmente hacer mal una de las tareas que tiene asignadas a modo de protesta porque considera que no es digna de su posición, está midiendo la rigidez del péndulo. Si lo paso por alto, mi péndulo se inclinará peligrosamente.

 

Como la fuerza no me acompaña, decido salir a la calle a cobrarme mi “vendetta”: café con leche, cara de urgencia y mala gana, péndulo en movimiento; un lelo ha decidido aparcar ocupando dos sitios en el parking obviando la raya separadora por lo que tengo que irme andando casi hasta mi casa, su péndulo se impone; llueve, intento guarecerme mientras camino por debajo de los balcones pegado a los edificios, gente con paraguas hace exactamente lo mismo, colisión de péndulos; acabo el trabajo y me voy al gimnasio, todas las pesas tiradas por el suelo. Hay un grupo de chavales que machacan el péndulo de la pobre responsable de la instalación a base de falta de consideración. Me voy a casa.

 

Entro por la puerta y dejo mi péndulo en el portal. No, no me acompaña. Puedes pensar que si llego y el péndulo está más inclinado hacia fuera que hacia mí, mi fuerza se habrá impuesto. Es correcto, pero ¿y si todos trabajásemos día a día en dejar nuestro péndulo en casa? Seguro que otros valores aflorarían y todo sería más sencillo.

 

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