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Agua de mar, moda tardía

Rafael Torres | Escritor y periodista español, nació en Madrid en 1955, en el desaparecido Paseo del Cisne.

ALERTA El Diario de Cantabria | 12 de agosto de 2019



La ingesta de agua de mar como procedimiento curativo se ha convertido en una moda, pero en una moda tardía, lo que la invalida, de entrada, como moda. Como disparate, uno más de los que nos propina la ciencia, pero en éste caso particular la pseudociencia, no queda invalidada en absoluto, sino antes al contrario.

Lo de moda tardía viene a que va quedando cada vez menos mar, bien que si consideramos éste en la majestuosa integridad de su naturaleza como gran regulador del clima de la Tierra y enigmático hogar de un sinfín de animales y plantas, y no como una sopa gigantesca y caliente sarpullida de archipiélagos de plástico, adensada por el glutamato de los vertidos tóxicos y especiada con toda clase de metales chungos, bacterias espantosas y coliformes, muchos coliformes, que es en lo que lo estamos convirtiendo, si es que no lo hemos convertido, irreversiblemente, ya.

Nunca se había muerto tanto el mar, que hasta el Mar Muerto, que seguía vivo como mar aunque no como recipiente de fauna y flora, se está terminando de morir y, en su evaporación, en su agonía, ya casi no es sino una charca pestilente, y, mañana, una siniestra lámina de sal. Tardía, pues, la moda que impele a tantos ciudadanos a beberse la sangre, la médula, la piel, esto es, el agua, del dios Mar cuando se está muriendo. Los médicos y los nutricionistas encuentran marciano, si no peligroso, beber agua de mar en vez de agua dulce, y las personas sensatas directamente estúpido pagar dos euros por un litro envasado de ese agua robada, pero bastaría recordar que ninguna criatura terrestre inteligente de verdad (los animales) bebieron nunca el agua del mar para desaconsejar esa práctica que, si bien puede obrar como placebo en algunos de sus crédulos y entusiastas seguidores, está llenando los bolsillos de otros con el dinero más fácil del mundo.

Si la gente va por la calle hablando sola (el móvil es nadie), en las reuniones cada individuo pellizca compulsivamente su artefacto ajeno a cuanto le circunda, exhibe en las redes el desprecio que le inspira su intimidad colgando las fotos que la diseccionan, y come a diario, porque le gusta, guarrerías ultraprocesadas, no es raro que, en otra modalidad de la incongruencia (por no decir otra cosa), se entregue al consumo de agua de mar. Es triste, sí, pero tal vez inevitable, a menos que otra moda, más absurda y más tardía aún, la desbanque.

El mar se muere, que es como decir que se muere todo, pero hay un montón de gente, al parecer, que se lo bebe.
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