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El artículo de cada año

Fernando Jáuregui | Fernando Jáuregui Campuzano (Santander, Cantabria, 1950) es un periodista español. Hijo de Fernando Jaúregui Epalza y de Mª Carmen Campuzano Calderón.

ALERTA El Diario de Cantabria | 05 de diciembre de 2019

Regreso en tren desde Barcelona. Retraso de cuarenta y cinco minutos por la huelga. Por el altavoz nos informan de que ya se ha superado el "sabotaje" en las vías y emprendemos por fin el viaje. Todos reaccionan como quien oye llover. Ayer incendiaron un vagón. Algunos pasajeros en mi compartimento, no precisamente silencioso, hablan a gritos de si habrá o no incidentes en el 'clásico' Barça-Real Madrid, del próximo día 18. Pero nadie habla de política. Ni de que este viernes Greta Thunberg, hoy acaso la mujer más famosa del mundo, estará en Madrid, protagonizando, desde fuera, la 'cumbre' del clima. Pienso, una vez más, que los españoles nos acostumbramos pronto a la anormalidad, normalizándola. Y que es más noticia el hecho de que Albert Rivera esté 'embazado' que lo que está pasando en las negociaciones subterráneas entre el Gobierno en funciones y Esquerra Republicana de Catalunya, que es algo que condicionará presumiblemente nuestro futuro.

Contemplo todo este panorama (y más cosas) y me decido, no obstante, por lo consuetudinario. Es decir, a escribir sobre el tema que, en tal fecha como hoy, suelo abordar: la reforma constitucional. La verdad es que llevo al menos diez años publicando, cada 6 de diciembre, algo sobre la inevitabilidad de reformar nuestra ley fundamental en puntos sustanciales. Pero ahí seguimos, inamovibles: con el mismo Título VIII, los mismos artículos que limitan las capacidades del jefe del Estado, el mismo Senado, la misma normativa electoral. Y un largo etcétera. Todos te dan la razón cuando esto planteas, como a los locos o a los niños, pero a continuación te dicen que no es posible reformar la Constitución, que hoy cumple 41 años, porque no hay consenso para hacerlo. Y, además, añaden, es 'peligroso' abrir ese melón, no vaya a ser que alguien plantee debatir el tabú de Monarquía-República.

Ayer, con Miquel Roca en Barcelona, sugerí, durante la presentación de un libro, la necesidad de lanzarse con valor, decisión, prudencia e ideas a la tarea reformista. Me pareció que el 'padre' de la Constitución apuesta más por un cumplimiento imaginativo, por consensos 'desde fuera', que por una reforma 'strictu sensu'. Pero coincide, desde luego, en que hay que cambiar mecánicas perversas. No sé, creo que es cuestión a la que deberían aplicarse ya nuestros próceres más conscientes, si es que tal especie existe. Pero, claro, estamos en trampear en la negociación con ERC, que es partido necesario para investir a Pedro Sánchez y que dará un bofetón al Rey negándose a hablar con él durante las ya inminentes consultas en La Zarzuela para la investidura.

Este es un tema nuclear para nuestro futuro. Pero los últimos acontecimientos, las últimas decisiones, que llevarán con bastante probabilidad a ese 'contra natura' Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos, alejan las posibilidades de un nuevo pacto constitucional que lubrique esta segunda Transición que, de hecho, estamos iniciando. Lo que ocurre es que va a ser una Transición descontrolada, no como la primera, y con mucho mayor protagonismos de las fuerzas centrípetas, es decir, las que no gustan de la unidad de España. Y hasta, me atrevería a decir, con un peso mucho mayor de quienes no sufrirían demasiado viendo a nuestro país caer en la categoría de Estado fallido, o casi.

Pero, claro, estos son temas de fondo, mucho más áridos que meterse -o no- con la joven Thunberg o cotillear sobre la vida privada del ex dirigente de Ciudadanos. O que el partido en el Camp Nou. ¿Quién, quién, pondrá alguna vez el cascabel al gato de la reforma constitucional? Temo que el año que viene volveré a escribir, desde un tren cualquiera, el mismo artículo, con diferente coyuntura y sin que nadie se haya atrevido a abordar las grandes cuestiones que quizá no importen mucho al papel 'couché' que es nuestra política, pero que son las verdaderamente importantes para construir país. Y la Constitución, claro, desgastándose. Como el propio sistema.

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