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La iglesia de Cantabria que se levantó de sus cenizas tras la Guerra Civil: La historia que no te contaron

Lejos de los destinos turísticos más conocidos, este pequeño rincón costero vive marcado por el paso del tiempo y las olas del mar
Hora dorada en Pontejos. / A.S.
Hora dorada en Pontejos. / A.S.

Pontejos, enclavado en el corazón de Cantabria, parece escapar a la mirada de aquellos que buscan los grandes destinos turísticos, pero es precisamente su discreción la que le otorga una belleza que solo los más atentos logran descubrir. Este pequeño pueblo, situado a escasos 9 kilómetros de la capital Santander, en el municipio de Marina de Cudeyo, es una mezcla de tradición y modernidad que, lejos de ser una simple localidad, es una pieza clave del paisaje costero cántabro.

Con una población de 1579 habitantes (según el INE de 2021), Pontejos se presenta como un remanso de calma, un rincón donde el ritmo de la vida sigue marcado por las mareas, el paso del tiempo y las historias locales. La localidad limita al norte con la bahía de Santander y al sur con la ría de San Salvador o Tijero, estableciendo una simbiosis perfecta entre mar y tierra, entre los ecos del pasado y las demandas del presente.

La localidad, además, se divide en barrios que configuran su particular mapa humano: El Puerto, El Otero, La Cavada, El Palacio, El Pontón, Las Callejas… Cada uno de ellos encierra una historia, una tradición, un relato que se transmite a través de las generaciones.

Iglesia de San Juan Bautista: Un Símbolo de Resiliencia

Una de las piezas más representativas de Pontejos es la Iglesia de San Juan Bautista, construida en 1946. Esta iglesia sustituyó a la antigua parroquia que fue destruida durante la Guerra Civil, pero lo hizo no solo con la urgencia de la reconstrucción, sino con la vocación de mantener viva la identidad religiosa del pueblo.

El edificio, de planta única, con coro alto y una torre junto a la cabecera, es un ejemplo de la arquitectura religiosa de la posguerra, donde las formas del Renacimiento y el Barroco cántabros se mezclan con las influencias de la modernidad. La sillería de la iglesia, aunque más sobria, conserva ciertos elementos tradicionales que evocan la tradición del sillarejo, una piedra común en la región. A través de sus altos muros y su amplio interior, la iglesia refleja las necesidades de culto y la aspiración de ser un espacio de recogimiento y encuentro para la comunidad local.

El edificio, aunque de una estética algo desproporcionada en su exterior, mantiene en su interior la esencia del templo barroco tradicional: el arco toral que divide la nave principal, los pilares dispuestos a lo largo del recorrido y el respeto por las formas clásicas, aunque adaptadas al tiempo de su construcción.

Patrimonio y tradición: Más allá de la Iglesia

Pontejos también guarda joyas arquitectónicas que merecen ser exploradas. La Casona de los Gómez Herrera, construida en el siglo XVIII, nos recuerda la historia de las familias que dejaron su huella en el pueblo. Su portalada con un reloj de sol y el escudo familiar sobre la puerta principal revelan la riqueza y el poder de quienes habitaron esta casa-palacio. El edificio conserva el aire clásico de la nobleza cántabra de la época, aunque ha sido modificado a lo largo de los años.

Otro de los símbolos del patrimonio local es la Escuela de Pontejos, que se erige como un testamento a la importancia de la educación en la localidad, especialmente en el siglo XIX, cuando fue donada por el Marqués de Valdecilla. Hoy, la escuela sigue siendo una parte fundamental de la identidad cultural del pueblo, un recordatorio de cómo las pequeñas comunidades de la región fueron moldeadas por las figuras de la nobleza y la aristocracia.

El vínculo con el mar: Isla Pedrosa y el Puerto

Pontejos, como todo pueblo costero, vive marcado por el mar. La Isla Pedrosa, que se encuentra en las cercanías, es uno de sus mayores encantos naturales. Esta pequeña isla guarda historias de pescadores y marineros, pero también de leyendas que se entrelazan con la vida cotidiana de los pontejanos. La isla, inaccesible para muchos, es un lugar que invita a la reflexión, a la calma, pero sobre todo a comprender la relación inseparable que este pueblo tiene con el mar.

El puerto de Pontejos, por su parte, fue antaño un lugar crucial para la economía local. Aunque hoy en día es más tranquilo, sigue siendo un punto de unión para los pueblos vecinos. En su cercanía, se erige un puente que conecta a Pontejos con El Astillero, un recordatorio de la modernización que, en 1966, reemplazó a la tradicional figura del barquero. Este puente no solo conecta dos orillas, sino también dos tiempos: el pasado, cuando el mar era el medio primordial de transporte, y el presente, que ya no necesita de las manos de un hombre para cruzar las aguas.

Pontejos es un lugar que podría pasar desapercibido para el ojo superficial, pero que para quien se detiene a mirarlo con atención, revela una complejidad sorprendente. Su historia, su arquitectura, sus gentes y, sobre todo, su relación con el mar, lo convierten en un ejemplo de lo que significa ser un pueblo costero en el norte de España: una mezcla de resiliencia, tradición y modernidad que sobrevive y se adapta, sin perder jamás su identidad.

En un mundo que avanza a pasos agigantados, Pontejos permanece como un bastión de lo sencillo, lo auténtico y lo inmutable. Un lugar donde el tiempo no se mide en horas, sino en olas que llegan y se van.

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