Playas infinitas, dunas salvajes y atardeceres de postal: el destino de moda en la costa cántabra
En la orilla opuesta a la bahía de Santander, donde el Cantábrico se funde con dunas, acantilados y playas infinitas, se encuentra Somo, uno de los enclaves costeros más deseados del norte de España. Esta pequeña localidad del municipio de Ribamontán al Mar es mucho más que un destino surfero: es un lugar donde el tiempo se ralentiza, donde la naturaleza aún impone sus normas, y donde cada amanecer parece salido de una postal atlántica.
La playa de Somo es, sin duda, su principal carta de presentación. Con más de dos kilómetros de arena fina y dorada, es una de las más extensas de Cantabria y se encuentra unida a la playa de Loredo, formando un arenal continuo que se pierde en el horizonte. Frente a ella, las siluetas de la península de la Magdalena, el Palacio Real y la ciudad de Santander ofrecen una vista inigualable, sobre todo al atardecer, cuando el cielo se tiñe de fuego y la brisa marina trae el aroma salado del Atlántico.
Pero Somo es mucho más que paisaje: es movimiento, energía, cultura surfer y también sosiego. Su playa es considerada uno de los mejores spots del norte para practicar surf, y no es raro ver a decenas de personas con tabla bajo el brazo desde primera hora del día. De hecho, Somo fue pionera en Cantabria en la enseñanza del surf, y hoy en día cuenta con una amplia red de escuelas, tiendas especializadas y alojamientos surf-friendly que reciben tanto a principiantes como a riders experimentados de toda Europa.
Más allá del surf, Somo ofrece una experiencia profundamente natural. Su playa está flanqueada por un sistema de dunas protegidas que forman parte del Parque Natural de las Dunas de Liencres y Costa Quebrada, y muy cerca se encuentra el Parque Natural de las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel, un tesoro ecológico de gran riqueza ornitológica. Es un lugar perfecto para los amantes del senderismo, el birdwatching o simplemente para quienes buscan una caminata junto al mar entre campos verdes, acantilados y el sonido de las olas rompiendo en la costa.
El pueblo, aunque pequeño, cuenta con una atmósfera vibrante y acogedora, sobre todo en verano. Hay cafeterías con encanto, restaurantes donde saborear un buen rodaballo al horno o unas rabas frente al mar, y mercadillos artesanales que animan las plazas en temporada alta. En los últimos años, Somo ha sabido conservar su autenticidad pese al aumento del turismo, evitando la masificación y apostando por un desarrollo sostenible.
Uno de los mayores encantos de Somo es su proximidad a Santander, a la que se puede llegar fácilmente en barco desde el embarcadero del pueblo. En apenas 20 minutos, se cruza la bahía en una travesía que ya es, de por sí, una experiencia. También es posible llegar en coche, pero quienes eligen la vía marítima disfrutan de una perspectiva única de la ciudad y de un viaje pausado, casi poético.
Los alrededores de Somo también merecen una visita. A pocos minutos se encuentra Langre, con su espectacular playa entre acantilados; Loredo, con su famoso Derby de caballos sobre la arena en verano; y hacia el este, Galizano, un paraíso secreto donde se entrelazan prados y calas solitarias.