anchoas de cantabria

La anchoa que llegó al palacio del zar: el increíble origen de un icono de Cantabria

Una persona limpiando una anchoa. / A.S.
Su ascenso comenzó con un inmigrante siciliano que vio en el humilde bocarte un producto digno de la realeza… y no se equivocó

Santoña huele a sal, a redes secándose al sol, a historia marinera. Pero también huele a algo más: a tradición, a innovación, a un producto que cambió su destino para siempre. La anchoa.

A finales del siglo XIX, cuando la villa aún vivía entre barcos de vela y cantinas portuarias, un hombre venido del sur llegó para cambiarlo todo. Se llamaba Giovanni Vella Scaliota, era siciliano, y traía bajo el brazo una técnica de curado de pescado que convertiría a Santoña en una capital mundial de la conserva.

Pero lo que pocos saben es que esas mismas anchoas, curadas entre barriles de madera cántabra, llegaron hasta los palacios de San Petersburgo, donde el mismísimo zar Nicolás II las incluía en sus banquetes reales.

El siciliano que enseñó a salar

Giovanni Vella llegó a Cantabria hacia 1883, en busca de nuevas costas ricas en pescado azul. En Sicilia ya se salaban anchoas desde hacía siglos, pero en el Cantábrico abundaban los bocartes, y nadie los aprovechaba con visión internacional.

Los pescadores cántabros los comían frescos o los vendían baratos, sin imaginar que estaban sentados sobre un tesoro gastronómico.

Vella, con su olfato de comerciante, instaló en Santoña las primeras instalaciones de salazón al estilo italiano. Introdujo barriles de madera, prensado en capas de sal y tiempo de maduración. La anchoa dejaba de ser un pescado modesto y se convertía en un manjar elegante, sabroso y exportable.

De los puertos cántabros a los palacios rusos

Gracias a sus contactos en el comercio mediterráneo y en los puertos del norte de Europa, Vella consiguió lo impensable: exportar las anchoas de Santoña a mercados tan exigentes como Francia, Alemania… y Rusia.

En crónicas comerciales de la época y registros aduaneros de 1901 a 1910, aparecen partidas de “filetes de pescado en salazón” con destino a San Petersburgo y Moscú. Algunas cartas comerciales escritas por socios italianos de Vella mencionan que estos productos eran servidos en banquetes cortesanos, lo que sugiere que llegaron efectivamente a la corte del zar Nicolás II.

Imagínalo: en una sala imperial, rodeado de caviar, champán francés y porcelana de Sajonia… una lata de anchoas cántabras.

El legado que perdura

Tras la muerte de Giovanni Vella, su viuda, Doña Tomasa Solano, continuó el negocio. Ella fue, de hecho, quien profundizó aún más en la técnica del fileteado en aceite, hoy sello de identidad de Santoña.

Muchas de las conserveras actuales nacieron del impulso de esa familia o de sus trabajadores, que fundaron sus propias marcas. Hoy, Santoña cuenta con más de 30 empresas conserveras, algunas de las cuales aún exportan a Rusia, Japón, EE.UU. y Australia.

El apellido de Giovanni Vella puede haberse desvanecido del escaparate, pero su visión sigue viva en cada lata que cruza el mundo.

El pescado humilde que conquistó reyes

Esta historia no es solo empresarial. Es una lección. Una de esas pequeñas epopeyas invisibles que no aparecen en los libros de historia… pero que construyen el alma de un lugar.

Desde las redes del Cantábrico a los salones imperiales, desde las manos saladas de los obreros cántabros hasta las delicadas vajillas de los zares, la anchoa de Santoña demostró que no hay producto pequeño si se trata con inteligencia, cuidado y amor.

Aún hoy, al abrir una lata de anchoas, puede que no lo sepas, pero estás saboreando una historia de migración, de trabajo y de conexión entre pueblos. Una historia que empezó con un siciliano… y acabó en las mesas de la realeza.