Poca gente conoce este recorrido cerca de Santander... y es uno de los mejores del norte
A solo unos minutos de las playas del norte, esta ruta te lleva por paisajes que mezclan lo salvaje con lo artístico, con un faro icónico como punto de partida
En el punto más septentrional de Cantabria, donde el viento sopla libre y el mar talla con furia la roca, el Cabo de Ajo guarda mucho más que un faro colorido. Aquí, en este recodo indomable de la geografía cántabra, se despliega un paisaje que fusiona acantilados vertiginosos, arte urbano, vestigios históricos y una biodiversidad única. Todo ello recogido en una ruta circular de 11 kilómetros que ofrece al viajero una experiencia tan sensorial como inesperada.
Los fines de semana, y especialmente en Semana Santa o verano, el faro pintado por el artista Okuda San Miguel se convierte en foco de peregrinación turística. Decenas de coches aparcan cerca de la finca del faro, desde donde parte un camino de 200 metros flanqueado por empalizadas. Allí, se alinean las instantáneas para redes sociales: el Atlántico al fondo, Santander a lo lejos y los Picos de Europa —increíblemente visibles a más de 100 kilómetros— como telón nevado. El lugar parece diseñado para el asombro.
Pero para quienes deseen algo más que una postal, el auténtico tesoro se revela cuando uno se adentra a pie por el sendero que parte de la playa de Cuberris, una lengua de arena dividida por un arroyo que en primavera es apenas transitada. Desde allí, comienza un recorrido hacia un mundo kárstico casi mitológico: cuchillas afiladas, grietas abisales y formaciones rocosas que evocan templos arrasados por un antiguo cataclismo. Este "laberinto encantado" de caliza, más propio de una leyenda celta que de una ruta de senderismo, nos lleva serpenteando hasta el faro de Ajo.
Desde 1930, el faro ha sido una atalaya blanca frente al Cantábrico. Pero desde 2020, su piel cambió: Okuda lo cubrió con una sinfonía de colores y figuras geométricas —osos, lobos, buitres— que lo convirtieron en el faro más fotografiado del norte de España. Su obra tiene fecha de caducidad (agosto de 2028), pero cuesta imaginar que este ícono efímero vuelva al blanco original, con la multitud que atrae a diario.
El recorrido continúa por los acantilados de La Ojerada, donde dos enormes arcos naturales —como ojos de piedra— miran al mar. Por sus grietas, las olas silban, retumban y resoplan como bestias marinas: son los bufones del cabo, fenómenos naturales que despiertan asombro y respeto.
Siguiendo hacia el sur, la ruta bordea la ría de Ajo, donde confluyen las aguas dulces del río Campiazo con el mar. Esta ensenada, protegida y solitaria, es el refugio de aves migratorias como la espátula y el reino de los practicantes de paddle surf, que navegan hasta rincones inaccesibles o a las ruinas del molino de mareas de Castellanos. Para los curiosos, el equipo de Sup Isla ofrece excursiones guiadas que combinan deporte y naturaleza.
A media caminata, el sendero gira tierra adentro para descubrir otro rincón con historia: el convento de San Ildefonso, fundado en 1588 y hoy centro de interpretación del Camino de Santiago. Si se solicita con antelación, es posible visitar su claustro clásico y el mausoleo del fundador, un noble que renunció a su apellido francés tras enamorarse de la ruta jacobea.
Desde allí, tras un respiro bajo los plátanos del jardín o un paseo digestivo hasta los silos también intervenidos por Okuda, se retorna al punto de partida por las calles de Ajo, cerrando un recorrido circular de 11 kilómetros que es mucho más que una caminata: es una inmersión en la Cantabria más inesperada.
Porque el Cabo de Ajo es más que su faro. Es mar y montaña, arte y geología, historia y leyenda. Y lo mejor de todo: sigue siendo un secreto a medio descubrir.