¿Hubo petróleo en Torrelavega? La fiebre del oro negro que sacudió Cantabria en 1914 (y que se ha olvidado)
Mucho antes del auge de las energías renovables, Cantabria soñó con ser una tierra petrolera. Esta es la historia del hallazgo de crudo en Torrelavega que ilusionó a toda una generación
En el verano de 1914, la palabra petróleo comenzó a repetirse con fuerza entre los habitantes de Torrelavega y sus alrededores. El rumor no solo se coló en las conversaciones de café o tertulia en las plazas, sino también en la prensa regional, con cabeceras como La Atalaya o El Cantábrico dedicando titulares a lo que parecía un hallazgo trascendental. La noticia partió de una declaración del entonces director de Solvay, don Pedro Albán, quien aseguró la existencia de yacimientos petrolíferos en los terrenos de Barreda y Polanco, justo en las inmediaciones de la flamante fábrica de sosa cáustica, que por entonces apenas comenzaba a operar.
Aquel anuncio tuvo efecto inmediato. El prestigio de Albán y la actividad industrial en la zona —donde los vecinos ya recogían turba para calefacción y combustible— dispararon las expectativas. La búsqueda de oro negro se convirtió en un fenómeno local. Las primeras prospecciones petrolíferas corrieron a cargo de empresarios como Enrique Sañudo y Manuel Martínez, aunque sus esfuerzos fueron abandonados por falta de financiación y tecnología.
El renacer del entusiasmo llegó casi por azar. Años después, un grupo encabezado por el célebre alcalde Federico Rodríguez Piró, el propio Pablo Albán, el biólogo Augusto G. Linares y el vecino Luis González Serna, retomó la idea al recordar aquellos primeros intentos. Con la ayuda de una sonda descrita como "maravilloso progreso humano", se descubrió finalmente un yacimientos de sustancia oleaginosa que, tras análisis, resultó ser petróleo crudo.
La gasolina cántabra que encendió los sueños de riqueza
Según las publicaciones de la época, el yacimiento —siempre en proceso de verificación— ofrecía una calidad sorprendente. De hecho, el propio don Pedro Albán llegó a utilizar gasolina obtenida de este crudo en su coche particular, lo que encendió aún más la llama del entusiasmo colectivo. Las comparaciones no tardaron en aparecer: se decía que el petróleo cántabro ofrecía doscientas calorías más que el de México, y estaba a la altura del de Pensilvania (entonces en Rusia), considerado el mejor del mundo.
Los titulares locales hablaban de "millones de duros" y el ingeniero de la planta de Barreda aseguró que "vale mucho más que toda nuestra fábrica", palabras que contribuyeron a una auténtica fiebre del petróleo en Torrelavega. No obstante, la realidad terminaría por imponer su mesura: la cantidad de crudo no resultó suficiente para su comercialización a gran escala y la emoción fue cediendo paso al escepticismo.
Un episodio olvidado de la historia industrial cántabra
A pesar de que la fiebre petrolífera de Barreda y Polanco no llegó a transformar el destino económico de Cantabria, el episodio representa un capítulo fascinante de su historia industrial. Refleja una época de efervescencia científica, fe en el progreso y aspiraciones energéticas propias, en plena víspera de la Primera Guerra Mundial.
Este episodio —donde industria, ciencia y política local se dieron la mano— revela cómo el paisaje cántabro fue también escenario de sueños energéticos en una Europa en plena transformación. El petróleo no cambió el rumbo económico de la región, pero sí dejó una huella que aún hoy merece ser recordada como símbolo de una tierra que, incluso en sus suelos, buscó alternativas para crecer, innovar y competir.