TELEVISIÓN y sectarismo

La Sexta viaja a Groenlandia… ¿pero no a Irán?

El despliegue de ‘El Objetivo’ en la isla danesa contrasta con el silencio informativo sobre otras crisis internacionales como la de Irán.
El despliegue de ‘El Objetivo’ en la isla danesa contrasta con el silencio informativo sobre otras crisis internacionales

La Sexta ha enviado a Ana Pastor a Groenlandia para analizar, desde el terreno, las amenazas de anexión formuladas por Donald Trump. El despliegue es profesional, el contexto relevante y la apuesta informativa legítima. Sin embargo, la iniciativa ha reabierto una pregunta que muchos ciudadanos se hacen desde hace tiempo: ¿por qué algunas crisis internacionales merecen cámaras, análisis y prime time, mientras otras quedan envueltas en un silencio casi total?

Irán: una represión documentada, pero incómoda

Desde hace años, Irán vive una represión sistemática contra mujeres, disidentes, periodistas, minorías religiosas y opositores políticos. Las protestas tras la muerte de Mahsa Amini, las ejecuciones públicas, las condenas sin garantías judiciales y la persecución ideológica están ampliamente documentadas por organismos internacionales y ONG de derechos humanos.

Y, sin embargo, rara vez vemos a grandes medios españoles desplazarse al país, explicar sobre el terreno lo que ocurre o dedicar especiales en horario de máxima audiencia a una dictadura teocrática que vulnera de forma constante las libertades más básicas.

Una izquierda que denuncia… según el escenario

El contraste resulta llamativo. Buena parte de la izquierda política y mediática española mantiene un discurso firme —y legítimo— frente a determinados líderes occidentales, pero guarda un silencio mucho más prudente cuando los abusos proceden de regímenes que no encajan fácilmente en el relato clásico de opresor y oprimido.

No se trata de comparar tragedias ni de minimizar conflictos, sino de señalar una asimetría moral: la represión en Irán no es menor, ni más compleja de explicar, ni menos urgente que otras tensiones geopolíticas. Simplemente es más incómoda ideológicamente.

El periodismo no debería elegir víctimas

Que un medio viaje a Groenlandia es informativamente valioso. Que no viaje nunca a Irán —ni a otros escenarios donde el riesgo es mayor y la represión más cruda— dice algo sobre los límites reales del compromiso mediático. El periodismo tiene derecho a elegir sus temas, pero también la obligación de asumir que el silencio es una forma de posición editorial.

Denunciar a Trump no conlleva riesgos diplomáticos ni cuestiona consensos culturales en Europa. Denunciar con la misma intensidad a una teocracia represiva sí obliga a incomodar aliados, revisar discursos y aceptar contradicciones.

Mirar el mundo entero, no solo una parte

La credibilidad del periodismo y del discurso progresista se mide, en gran parte, por su coherencia. Los derechos humanos no deberían depender del pasaporte del represor, ni del encaje del conflicto en una narrativa cómoda para el espectador occidental.

Groenlandia merece ser contada. Irán, también. Y quizá con más urgencia. Porque cuando la brutalidad es constante y el silencio persistente, lo que se normaliza no es el conflicto, sino la indiferencia.