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Vito Quiles, periodismo incómodo y el... ¿Montaje, victimismo o fanatismo?

Encontronazo entre Vito y Santaolalla | Camara EDATV
El caso Santaolalla pone en evidencia la intolerancia de ciertos sectores a las preguntas que no controlan |  Lo más preocupante no es la pintada, sino que Pedro Sánchez la use para blanquear a una analista afín y atacar a la oposición

El periodista Vito Quiles se enfrenta en estas horas a una posible detención tras haber sido denunciado por la analista Sarah Santaolalla, colaboradora de RTVE, por un presunto “acoso” a las puertas de la televisión pública. ¿El motivo? Hacer preguntas. Esperar con un micrófono en la puerta de un edificio público, como han hecho centenares de reporteros antes que él. La diferencia es que, esta vez, quien pregunta no forma parte del consenso mediático dominante.

Un periodista que incomoda al poder

Quiles representa una generación de reporteros que no se limita a reproducir ruedas de prensa ni a repetir eslóganes prefabricados. Se planta, pregunta, incomoda. No busca aplausos: busca respuestas. En una televisión pública financiada por todos, ver a una figura afín al poder político que denuncia a un periodista crítico por estar en la calle con un micro debería preocupar a cualquier demócrata. Pero la reacción ha sido la contraria: silencio, o peor aún, justificación.

La izquierda mediática y su doble rasero

En los últimos años, buena parte de la izquierda mediática ha normalizado que a políticos de la derecha se les acose en mítines, se les apedree o se les increpe en universidades. Se lo presenta como “libertad de expresión”. Pero cuando un periodista al que no pueden controlar aparece ante una colaboradora de la televisión pública para preguntar —sin violencia, sin insultos, sin amenazas— entonces se habla de “acoso”, se invoca el miedo y se inicia una campaña para silenciarlo.

El periodismo no es solo el que gusta a los gobiernos

Los mismos medios que blanquean dictaduras, callan ante la represión en Irán o el chavismo en Venezuela, ahora acusan a Quiles de atentar contra la democracia. Resulta irónico que quien alza la voz contra un modelo de comunicación domesticado, vertical y subvencionado, sea tratado como delincuente mientras otros —con carnet o afinidad política— tienen carta blanca para editorializar desde platós públicos sin contradicción alguna.

No se puede criminalizar una pregunta

Quien haya visto los vídeos, quien conozca la trayectoria de Vito Quiles, sabe que puede gustar más o menos su estilo, pero no se le puede atribuir un delito por hacer su trabajo. Si dejamos que un periodista sea detenido por una denuncia sin pruebas, abrimos la puerta a algo mucho más grave: la penalización del periodismo disidente.

La libertad no se defiende solo cuando nos conviene. También cuando implica proteger a quien pregunta lo que otros prefieren callar.


¿Montaje, victimismo o fanatismo? Las dudas

El memorial a Las Trece Rosas en Madrid ha aparecido estos días con unas pintadas amenazantes. Hasta ahí, los hechos. Pero las redes sociales han encendido la polémica cuando se ha revelado que una de las supuestas amenazas estaba dirigida a la analista de RTVE, Sarah Santaolalla, y que el propio presidente del Gobierno ha salido públicamente a respaldarla en redes sociales.

En su mensaje, Pedro Sánchez condena lo ocurrido y afirma que “profanar su memoria y amenazar de muerte a una periodista es cruzar una línea intolerable”. Mientras, Santaolalla publicaba una foto del mural vandalizado, acompañada de un mensaje en el que asegura sentir “auténtico terror” por lo sucedido.

¿Una amenaza real o un espectáculo político?

Lo que ha llamado la atención —y la desconfianza— de muchos usuarios en redes es el propio aspecto de las pintadas. ¿Quién se molesta en ensuciar el mural con mensajes de odio… pero se toma el tiempo de repintar con esmero las banderas republicanas al pie del homenaje? La pregunta ha circulado en redes como X (antes Twitter) y TikTok, donde incluso se habla de posible “performance política” destinada a victimizar a Santaolalla y generar un relato favorable al Gobierno.

La tuitera Rocío Noriega lo expresaba con contundencia: “Sarah, el que hizo las pintadas, se molestó en arreglar la pintura de las banderas republicanas... venga cuéntanos… ¿quién de tus amigos lo hizo? ¡Si al final nos vamos a enterar!”.

El problema es más grave: el uso político de la memoria

Lo más vergonzoso no es la pintada, ni siquiera la amenaza (que debe investigarse y, si es real, sancionarse). Lo preocupante es cómo se instrumentaliza la memoria histórica para un rédito político inmediato. El presidente del Gobierno ha corrido a solidarizarse con una colaboradora afín, como si el hecho fuese un atentado contra la democracia en sí misma, mientras otros ataques reales —a periodistas, a sedes de partidos o a mujeres en países como Irán— son silenciados o ignorados.

Y lo que es aún más llamativo: ningún medio público o tertuliano afín se ha hecho eco de las dudas legítimas sobre la autoría de estas pintadas. Nadie pregunta, nadie investiga. Solo se señala, se victimiza y se busca rédito mediático.

¿Estamos ante una amenaza o ante otro relato prefabricado?

La sospecha se extiende, y con razón. Porque cuando el poder utiliza el dolor de un hecho trágico del pasado, como el fusilamiento de las Trece Rosas, para colocarse como víctima ante la crítica mediática, lo que se degrada no es solo el debate político: es la propia democracia.