obituario

Fallece en Cantabria Alfonso Ussía, la pluma más afilada y polémica del columnismo español

El escritor Alfonso Ussía recibe la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid. / EP
Su muerte marca el fin de una época en la prensa española, la de los columnistas con firma, con ideología clara y con un estilo literario inconfundible

Este viernes 5 de diciembre de 2025, falleció en Ruiloba (Cantabria) el escritor y periodista Alfonso Ussía, a los 77 años. Autor de más de 40 libros y miles de columnas, su pluma fue durante décadas sinónimo de sátira, cultura popular y combate de ideas. Nieto del dramaturgo Pedro Muñoz Seca y sobrino del general Milans del Bosch, Ussía encarnó una España que escribió siempre desde la crítica, pero también desde la fidelidad a una forma de ser, de pensar y de escribir. Su última columna, dictada días antes a su hija Isabel, la dedicó a Miguel Gila. La ironía no pudo ser más precisa.

Una voz que combinaba sarcasmo, memoria y estilo

Alfonso Ussía nació en Madrid el 12 de febrero de 1947. Hijo del II conde de los Gaitanes y de María de la Asunción Muñoz-Seca, heredó un linaje literario que no traicionó. Su abuelo, autor de La venganza de Don Mendo, le transmitió el gusto por la sátira y el teatro del ingenio. Ussía cultivó el verso satírico y la crónica irónica desde sus primeras colaboraciones en Informaciones, Ya, Diario 16, y luego en ABC, donde firmó durante dos décadas la célebre sección “Cosas que pasan”.

Columnista sin miedo, escritor sin filtro

Fue un hombre de derechas sin complejos, monárquico juanista, defensor de la libertad de crítica y enemigo del lenguaje plano. Su pluma, afilada pero culta, lo llevó a los tribunales en diversas ocasiones por sus versos y columnas, sin que ello detuviera su estilo mordaz. Madridista acérrimo, llegó a disputar la presidencia del Real Madrid en 1991 contra Ramón Mendoza, obteniendo el 40 % de los votos. Su activismo no era de pancarta, sino de párrafo.

Radio, televisión y un humor sin estridencias

Además de escritor, fue una figura destacada en la radio de los años 80 y 90, especialmente en el programa Protagonistas con Luis del Olmo, y en tertulias como El Estado de la Nación. Participó en espacios satíricos junto a Mingote, Ozores o Chumy Chúmez. En televisión dirigió La Tarde en TVE y fue parte del programa Este país necesita un repaso. Sin alzar la voz ni disfrazarse de personaje, hacía humor desde el castellano bien escrito.

Una obra extensa y leída

Publicó casi medio centenar de libros. Desde Coplas, canciones y sonetos para después de una guerra (1979), hasta títulos como Golfos, gafes y gorrones o Manual del ecologista coñazo, Ussía alternó la crítica política con la observación costumbrista. Su serie sobre el marqués de Sotoancho, con títulos como Pachucha tirando a mal o ¡Milagro! ¡Se ha muerto mamá!, fue un éxito de ventas y derivó incluso en una adaptación televisiva. Era un autor popular que no necesitaba moda para vender.

Premios, distinciones y la fidelidad de sus lectores

Entre sus galardones destacan los premios González Ruano, Mariano de Cavia, Jaime de Foxá, y la Medalla de Oro de Madrid concedida este mismo año. También recibió la Gran Cruz de la Orden del Dos de Mayo y fue académico de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia. Pero su mayor condecoración fue la lealtad de sus lectores, que leyeron —y a veces discutieron— cada palabra que firmó.

Murió en Cantabria: tierra que adoptó como propia

Sus últimos días transcurrieron en Ruiloba, al abrigo de la Costa Occidental de Cantabria, donde residía desde hacía años. En su perfil en redes se definía como «escritor, madrileño, andaluz, vasco y montañés de vocación». Ese amor por lo plural, por la raíz y por lo culto, definió su vida. Cantabria lo acogió en su último tramo, y desde aquí firmó algunos de sus artículos más personales.

Una pluma que no pedía perdón

Con Alfonso Ussía se va una manera de entender el columnismo: con gracia, fondo y provocación con causa. Fue el último gran escritor de prensa que no necesitaba espectáculo para ser leído. La suya fue una batalla —a veces polémica, siempre culta— por no abandonar el idioma, el humor y la conciencia cívica. Le dolía España, pero sabía reírse de ella. Su memoria perdura donde la palabra aún vale algo.

La historia no es pasado: es lo que decidimos recordar.