Política y castigo: España sufre su peor resultado en una década pese a una actuación impecable
Melody sufre las consecuencias de una final marcada por tensiones políticas, y España cae al antepenúltimo puesto pese a una actuación impecable
En una edición que será recordada por su tensión, polémica e implicaciones extramusicales, Eurovisión 2025 dejó un sabor agridulce en España. La artista andaluza Melody, con su tema Esa diva, no solo defendió su candidatura con solvencia y carisma, sino que además entregó una de las actuaciones más completas de la gala. Sin embargo, el esfuerzo no fue recompensado: 37 puntos, puesto 24 de 26, y un sentimiento colectivo de frustración e incomprensión que no tardó en prender en redes sociales, en medios y entre personalidades del mundo de la música y la política.
Melody no falló. Ejecutó un número complejo, vibrante y técnicamente impecable, respaldado por una puesta en escena de marcado acento hispano y un mensaje de empoderamiento personal. La sevillana, que ya había sido aclamada en las semanas previas al festival, se subió al escenario suizo con determinación y profesionalismo. Y sin embargo, el resultado fue uno de los peores de España en la última década.
La política eclipsa al arte
La explicación, según coinciden analistas, no se encuentra únicamente en factores artísticos. La gala estuvo marcada por una profunda controversia política: la participación de Israel en el certamen, en pleno conflicto con Palestina y tras las denuncias internacionales por las víctimas civiles en Gaza, había generado una división sin precedentes en el ámbito eurovisivo.
España, a través de RTVE, decidió hacer pública su postura emitiendo un mensaje institucional antes de la retransmisión de la final: “Frente a los derechos humanos, el silencio no es una opción. Paz y Justicia para Palestina”. Un gesto que, aunque elogiado por defensores de los derechos humanos, provocó un choque frontal con la Unión Europea de Radiodifusión (UER), que previamente había advertido a la delegación española de posibles sanciones si se reiteraban manifestaciones políticas durante la emisión.
El contexto es clave. Durante la semifinal, los comentaristas Julia Varela y Toni Aguilar ya habían mencionado la petición de RTVE a la UER de debatir la continuidad de Israel en el concurso. Esta postura institucional situó a España en una posición incómoda dentro de un evento que insiste en su neutralidad, aunque cada vez con más dificultades.
Una derrota anunciada
El resultado fue inmediato. Aunque la actuación de Melody fue coreada, aplaudida y elogiada, la puntuación final fue un castigo simbólico. Solo 10 puntos del televoto y 27 del jurado profesional, en una de las ediciones con mayor carga simbólica en décadas. La propia artista, en un mensaje posterior a la gala, agradeció el apoyo de sus seguidores y anunció que en los próximos días hablará “claro y sin filtros” sobre lo vivido en Eurovisión.
También RTVE reaccionó. Ana María Bordas, jefa de la delegación española, calificó el resultado como “muy decepcionante”, y defendió a la artista: “Melody no ha fallado ni un pase. Ha sido una ganadora. No entendemos que el jurado profesional no lo haya valorado”. En la misma línea, políticos como Alberto Núñez Feijóo e Isabel Díaz Ayuso se pronunciaron públicamente. Mientras el primero expresó orgullo por la representación, la segunda criticó duramente la “politización bochornosa” de RTVE.
JJ, la sorpresa de Austria, e Israel, en el centro de la tormenta
El festival lo ganó finalmente Austria, con el contratenor JJ y su emotiva balada Wasted Love. El joven artista, con formación clásica y una interpretación vocal sobresaliente, obtuvo 436 puntos, superando a Israel, que terminó segunda con 357. Austria celebró así su tercera victoria en la historia del festival.
La presencia de Israel, sin embargo, volvió a estar envuelta en polémica. Manifestaciones en Basilea, abucheos durante los ensayos, y una votación final que reflejó una desconexión entre el jurado profesional (60 puntos) y el apoyo popular (297 puntos del televoto) dejan claro que el conflicto traspasó las fronteras del escenario.
La canción israelí, New Day Will Rise, interpretada por Yuval Raphael, sobreviviente del ataque al festival Nova en 2023, evitó referencias directas al conflicto, pero no pudo ocultar el trasfondo emocional y político que impregnaba su propuesta. Su presencia dividió al público europeo, y la alta puntuación recibida ha reabierto el debate sobre la necesidad de repensar la naturaleza del certamen.
Eurovisión ha sido, desde sus inicios, un escaparate de la diversidad musical europea y un símbolo de unidad cultural. Pero la edición de 2025 ha mostrado con claridad que la política, el simbolismo y los contextos sociales están presentes, quieran o no, los organizadores. La caída de España en el ranking no refleja el talento de Melody ni la calidad de su interpretación, sino el precio de una posición política en un terreno en el que, paradójicamente, todo gesto se interpreta como un acto de campaña.
Melody volverá a hablar. Y cuando lo haga, será una voz autorizada, no solo como artista, sino como testigo directo de un festival que, pese a sus intenciones, ya no puede aislarse del mundo que lo rodea. Para España, para RTVE y para quienes creen que el arte es también una forma de resistencia, la edición de 2025 será recordada como una oportunidad frustrada, pero también como un gesto de coherencia.