Juan Arias, el hombre que capturó los secretos del Vaticano, muere a los 92 años
A pesar de sus problemas de salud, Arias se mantuvo activo hasta sus últimos días, escribiendo artículos de opinión desde la tranquilidad de su hogar, situado en el litoral de Río de Janeiro.
Un legado de casi 50 años en el periodismo
Arias, nacido en Arboleas, España, en 1932, tuvo una carrera destacada que lo vinculó a El País durante casi medio siglo. Ingresó al diario en 1977 como corresponsal en Roma, un puesto que le permitió seguir de cerca los eventos más relevantes del Vaticano y las figuras papales, como Pablo VI y Juan Pablo II. Durante su tiempo en la capital italiana, se destacó por su independencia de criterio y su vasta experiencia en la cobertura de la Iglesia Católica, lo que lo consolidó como uno de los principales especialistas en asuntos vaticanos. Su relación con el diario español no terminó ahí: Arias también desempeñó roles clave como coordinador de Babelia, el suplemento cultural del periódico, y fue nombrado defensor del lector.
La vida en Brasil y su pasión por el periodismo
A partir de 1999, Juan Arias se trasladó a Brasil, donde cubrió diversos acontecimientos políticos y sociales del país, incluidos los primeros mandatos de Luiz Inácio Lula da Silva y el gobierno de Dilma Rousseff. También siguió de cerca los cambios impulsados por el ascenso de Jair Bolsonaro y la resurrección política de Lula, a quien reconocía méritos, pero criticaba por no haber preparado un buen sucesor.
En su etapa brasileña, Arias no solo siguió escribiendo para El País, sino que también fue un colaborador cercano de la Escuela de Periodismo de El País/UAM y colaboró con medios italianos. Su último artículo para el diario fue publicado el pasado 8 de noviembre, en el que reflexionaba sobre la victoria electoral de Donald Trump y su visión optimista sobre el futuro: "Prefiero, sin embargo, apuntarme a la pequeña caravana de los que se resisten a creer que todo está perdido. No lo está", afirmó en su despedida.
Pasión por la cultura y la espiritualidad
En paralelo a su carrera periodística, Juan Arias fue un prolífico escritor, publicando más de 20 libros sobre temas religiosos, espirituales y filosóficos. Entre sus obras más conocidas se encuentran El Dios en quien no creo, La Magdalena: El último tabú del cristianismo, y La felicidad invisible. Su interés por la espiritualidad y el cristianismo también lo llevó a descubrir en la Biblioteca Vaticana el único códice existente escrito en arameo, el dialecto de Jesús de Nazaret. Su carrera le valió premios y distinciones, como el premio Castiglione di Sicilia y el premio a la Cultura del Gobierno español.
Un hombre de principios y humanidad
A lo largo de su carrera, Juan Arias se destacó por su independencia de criterio, por su compromiso con la justicia social y por su interés en los excluidos. Desde su niñez, marcada por la pobreza y las dificultades durante la Guerra Civil Española, su vida estuvo influenciada por un profundo sentido de empatía y justicia, lo que lo llevó a involucrarse en causas sociales tanto en España como en Brasil. En sus últimos años, residió con su esposa, la poetisa Roseana Murray, con quien compartió una vida tranquila y amorosa en Saquarema, a pesar de los grandes retos, como el ataque que ella sufrió por parte de tres perros feroces en abril pasado.
Un legado literario y periodístico perdurable
El legado de Juan Arias perdurará en su extenso trabajo literario, en su labor como vaticanista, y en la huella que dejó en El País y en la comunidad periodística. Su dedicación al periodismo, su visión crítica y su amor por la cultura continúan siendo una fuente de inspiración para periodistas y escritores en todo el mundo.
A pesar de su enfermedad, Arias vivió sus últimos días con serenidad, disfrutando de la compañía de su esposa y sus amigos, y dejando un mensaje claro en su despedida: "Ya he vivido mucho y muy intenso". Este legado será recordado por su integridad, su sabiduría y su incansable pasión por entender y explicar el mundo.
Juan Arias Martínez será velado en su hogar en Saquarema, y sus restos serán incinerados.