Del hielo a la leyenda: la gran historia detrás de los Lagos de Covadonga
Allí donde Pelayo encendió la chispa de la Reconquista, la naturaleza y la fe se funden en un paisaje de lagos glaciares, niebla mística y ecos de batallas
Todo gran viaje hacia los Lagos de Covadonga debería comenzar en Cangas de Onís, la que fuera primera capital del reino asturiano tras la invasión musulmana del siglo VIII. Aquí, Don Pelayo, noble visigodo y figura clave en la resistencia cristiana, estableció su corte en el año 722, dando inicio a uno de los relatos fundacionales más arraigados de la historia peninsular: la Reconquista.
Desde esta localidad parte una ruta de montaña que, además de belleza natural, está impregnada de una espiritualidad antigua. La carretera serpentea durante 14 km desde el Real Sitio de Covadonga, ascendiendo hacia un paraje de leyenda, donde la historia, la fe y la geografía se dan la mano.
La Cueva Santa y la Basílica: el corazón espiritual de Asturias
En el corazón del Real Sitio se alza la Cueva Santa, colgada sobre la cascada del río Deva, donde brota la Fuente de los Siete Caños. Según la tradición, beber de sus aguas garantiza el matrimonio —una superstición que todavía hoy sigue viva entre los visitantes.
Aquí se encuentra la Santina, la virgen de Covadonga, patrona de Asturias y símbolo de la victoria cristiana frente al islam.
La cueva también guarda la tumba de Don Pelayo, quien —según la tradición cristiana— se refugió en este santuario natural antes de vencer al ejército musulmán en la célebre batalla de Covadonga, con ayuda de la Virgen. Fue este episodio el que la historiografía posterior convirtió en el acto fundacional de la Reconquista, y que dio a este rincón de Asturias una dimensión mítica y nacional.
En 1877 se inauguró, como respuesta al creciente culto, la imponente Basílica de Santa María la Real de Covadonga, de piedra rosada, sobre el cerro del Cueto. Desde sus alturas, el visitante domina valles cubiertos de hayas y robles, y puede asomarse al Mirador de los Canónigos, una de las vistas más bellas de Asturias.
Los Lagos: Enol, Ercina y el secreto del Bricial
Al continuar la ascensión, los peregrinos del asfalto se encuentran con los verdaderos protagonistas de esta historia natural: los Lagos de Covadonga, nacidos del hielo y el tiempo.
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El Lago Enol, el primero en aparecer, se encuentra a 1.070 metros de altitud y es el más grande. Sus aguas verdes reflejan la montaña como un espejo ancestral.
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A escasos kilómetros, el Lago Ercina, a 1.108 metros, se presenta más pequeño pero igualmente sobrecogedor, abrazado por pastos alpinos y nieblas cambiantes.
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Y un poco más allá, escondido y efímero, se encuentra el Lago Bricial, que solo aparece en primavera, cuando las nieves se funden y descienden hacia la vega, creando un tercer lago que solo los atentos consiguen ver.
Entre ambos lagos principales se alza la Porra del Enol, cuya base acoge el Refugio de la Cabaña de Pastores, punto de partida de rutas hacia la Peña Santa (2.479 m) o el Mirador de Ordiales, a más de 1.600 m, donde se dice que descansan las cenizas de Pedro Pidal, impulsor del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga (1918), precursor del actual Parque Nacional de los Picos de Europa.
Un puerto mítico del ciclismo internacional
Desde 1983, los Lagos de Covadonga también están ligados a la historia deportiva. Su ascenso ha sido final de etapa en la Vuelta Ciclista a España en numerosas ediciones.
La Huesera y el Mirador de la Reina son nombres que resuenan tanto entre montañeros como ciclistas, con rampas del 12% al 15% que exigen no solo piernas, sino fe.
La comparación de Bernard Hinault con el mítico Alpe d’Huez consagró a Covadonga como un escenario icónico, tanto como el Tourmalet o el Angliru. La épica del ciclismo se une aquí a la memoria de un reino.
Un lugar entre lo sagrado y lo sublime
Los Lagos de Covadonga no son un simple destino. Son un viaje al pasado, un símbolo fundacional de la identidad asturiana y española, un altar natural para el esfuerzo humano —ya sea a pie, en bicicleta o desde la devoción.
Quien asciende hasta estos lagos no solo busca paisajes, sino también una experiencia: la de contemplar la misma montaña que vio Pelayo, la de cruzar la historia sobre asfalto, roca y agua. Porque en Covadonga el tiempo no pasa, reverbera.