¿Qué tenían en común un escritor, unos tranvías y la realeza? Todo pasó en Santander
De enclave comercial a bulevar ilustrado: historia de uno de los ejes urbanos más importantes de la capital cántabra
Pocos espacios de Santander concentran tanta historia, memoria urbana y evolución social como el actual Paseo de Pereda, antigua línea de mar conocida en sus inicios como El Muelle. Su trazado original nació del mar, de las necesidades portuarias de una ciudad que empezaba a mirar al comercio ultramarino como motor de desarrollo económico. Desde sus primeras casas en 1766 hasta la ampliación del paseo marítimo en los años noventa del siglo XX, este espacio ha sido testigo del crecimiento y de las sucesivas modernizaciones de la ciudad.
Del muro medieval al ensanche ilustrado
En la segunda mitad del siglo XVIII, Santander comienza su primera expansión urbana con el derribo parcial de la muralla y la creación del "Barrio Nuevo". En terrenos ganados al mar, junto al Cantón del Mar, se alzaron las primeras cinco casas del Muelle, siguiendo un proyecto del ingeniero Llovet.
En 1766 se subastan los solares y se imponen rigurosas normas constructivas: dimensiones uniformes y altura determinada. Los adjudicatarios —Juan Antonio del Mazo Herrera, Jerónimo de Cevallos Riva y Francisco de la Vega Soto— edifican despachos comerciales a pie de muelle, en un enclave donde los mástiles de los barcos casi rozaban los toldos.
Fue entonces cuando Santander empieza a recibir cargamentos de ultramar gracias al Real Consulado de Mar y Tierra, marcando el inicio de su vocación mercantil. En 1786, por orden de Carlos III, se construye la Real Aduana, símbolo de esa nueva era comercial. Este edificio fue destruido en el incendio de 1941; hoy, la Delegación de Hacienda ocupa ese solar.
Crecimiento burgués y ordenación arquitectónica (siglo XIX)
Durante el siglo XIX, el muelle se amplía bajo la dirección de Guillermo Calderón, quien impulsa la prolongación hasta la actual calle Lope de Vega. Se construyen nuevas viviendas siguiendo el patrón clásico del primer tramo, pero con mayor libertad arquitectónica. En 1831, Antonio Gutiérrez Solana introduce la azotea plana —una novedad entonces— y construye íntegramente en piedra. El siglo XIX dejó huella con el estilo francés en las últimas casas del bloque, símbolo de una burguesía que empezaba a entender la ciudad como espacio de representación y prestigio.
Boulevard marítimo y modernización urbana
En 1879 se toma la decisión de desplazar la línea de muelles hacia la canal debido a las nuevas necesidades de calado y espacio para los barcos de vapor. Así nació una nueva explanada pública que en 1891 se convirtió en un boulevard ajardinado, con iluminación, andenes, árboles y una fuente donada por Victoriano López-Dóriga. Esta zona se extendería desde la dársena de La Ribera hasta Puertochico, desplazando definitivamente al viejo paseo de Becedo como epicentro social.
En 1903, en homenaje al escritor José María de Pereda, el Ayuntamiento da nombre oficial al “Paseo de Pereda”, inaugurando dos años después los Jardines de Pereda, justo en los terrenos donde antes estaba el mar. Los primeros tranvías tirados por mulas circulan desde 1880, antes de ser reemplazados por los eléctricos.
Del siglo XX a la era contemporánea
El siglo XX también dejó su huella. En 1927 se erigen los monumentos al doctor Quintana y a Concha Espina. Tras el gran incendio de 1941, se reconstruyen edificios y se instalan barracones comerciales provisionales que dieron vida al paseo durante años. En 1947 se amplía la calzada y se replantan árboles. En los años 90, se lleva a cabo una renovación significativa: nuevas aceras, farolas clásicas, bancos restaurados y, por fin, el paseo marítimo tal como lo conocemos.
A pesar de todas las transformaciones, hay algo que no ha cambiado: la zona ajardinada central mantiene su trazado original, sin apenas reformas desde su creación. El Paseo de Pereda sigue siendo el pulmón histórico y cultural de Santander, donde conviven la arquitectura del siglo XVIII con el diseño urbano contemporáneo. Es un espejo donde la ciudad se mira y se reconoce: comercial, burguesa, ilustrada y marinera.