Cuando el bulo y la propaganda se convierte en manifestación
Hoy 27 de septiembre, en pleno corazón de Santander, un grupo de activistas ha convocado una manifestación bajo el lema: «Las calles contra el fascismo». A simple vista, podría parecer una consigna propia de los años treinta o de los manuales de agitación política de la Guerra Fría. Pero no. Es 2025. Y España lleva más de ocho años bajo gobiernos de coalición de izquierda, primero con el PSOE y Podemos, y ahora con Sumar, en una reedición aún más radicalizada del proyecto ideológico de Pedro Sánchez. ¿De qué fascismo hablan, entonces?
Una España gobernada por la izquierda
Desde 2018, el PSOE ha presidido el Consejo de Ministros con apoyos de fuerzas explícitamente comunistas, separatistas y antisistema. El pacto con Podemos, EH Bildu, ERC y ahora con comunistas ha derivado en una agenda política que poco tiene que ver con la socialdemocracia europea tradicional, y mucho con un proyecto de ingeniería social, debilitamiento institucional y polarización cultural.
Durante estos años, el Gobierno ha promovido leyes ideológicas (como la ley trans, la reforma del Código Penal para beneficiar a golpistas y delincuentes sexuales, o la amnistía a los separatistas catalanes), ha colonizado instituciones clave como el CIS, RTVE o la Fiscalía General del Estado, y ha perseguido de manera sistemática cualquier disidencia mediática o judicial. Si el fascismo se define, entre otras cosas, por el control autoritario del Estado, ¿no es precisamente esto lo que ha hecho la izquierda desde el poder?
El antifascismo como coartada ideológica
La pancarta de la fotografía, colocada en una calle de Santander, clama por «las calles contra el fascismo» e invita a manifestarse en el céntrico Puertochico. La imagen muestra una bota pisoteando una esvástica, en una puesta en escena que pretende emular la lucha heroica contra el nazismo. Pero esa lucha concluyó hace más de 80 años, y los enemigos de la libertad ya no llevan camisas pardas ni marchan con brazaletes. Hoy visten traje, cobran del Estado y legislan desde el Consejo de Ministros. Y son, irónicamente, quienes convocan manifestaciones «contra el fascismo».
Este «antifascismo» no es más que una máscara, una herramienta de propaganda de una izquierda que ha perdido el norte, que no sabe cómo justificar su fracaso en la gestión y su deriva autoritaria, y que recurre a fantasmas del pasado para movilizar a sus bases más radicalizadas. El objetivo no es otro que crear una falsa dicotomía: o estás con ellos, o eres un fascista. Una lógica perversa y totalitaria.
Santander, rehén de una agenda ajena
Lo más llamativo del caso es que esta movilización se produce en Cantabria, una región tradicionalmente moderada, que ha mantenido en pie sus instituciones democráticas y que no se ha visto envuelta en los delirios revolucionarios de otras zonas de España. Santander, ciudad liberal y abierta al mar, es utilizada ahora como escenario de agitación por grupúsculos que importan conflictos que no existen y que buscan enfrentar a los ciudadanos entre sí.
¿Dónde está el fascismo en Santander? ¿Acaso han cerrado medios de comunicación? ¿Se han prohibido partidos? ¿Hay censura? No. Lo que sí hay es un hartazgo creciente de una mayoría silenciosa que observa cómo se manipulan los conceptos históricos, cómo se ataca a la Guardia Civil, cómo se desprecia a los jueces, y cómo se divide a la sociedad en nombre de una supuesta superioridad moral de la izquierda.
Una lucha contra el sentido común
El verdadero problema no es la manifestación en sí, sino el marco mental que propone. Porque al hablar de «fascismo», lo que en realidad están señalando es a cualquiera que disienta del dogma progresista. A los padres que se oponen a la ideología de género en las aulas, a los ciudadanos que critican la inmigración ilegal, a los periodistas que no repiten la narrativa oficial, o a los jueces que aplican la ley sin consignas partidistas.
Ese es el nuevo totalitarismo: uno que no necesita dictaduras militares ni uniformes, porque se disfraza de progresismo, se infiltra en la cultura y se legitima con etiquetas como «antifascismo», «inclusión» o «memoria democrática». Es, en definitiva, un asalto al sentido común y a la libertad, ejecutado desde el poder y justificado en nombre de causas nobles.
Menos pancartas y más realidad
Mientras colocan carteles contra un fascismo imaginario, los españoles reales se enfrentan a la inflación, a la inseguridad, al deterioro institucional, al descrédito internacional y a una fractura social cada vez más profunda. Los ciudadanos no necesitan consignas del siglo XX, sino soluciones del siglo XXI.
Y Santander, como muchas otras ciudades de España, merece una política seria, responsable y respetuosa con su historia. No necesita que se ensucien sus paredes con propaganda sectaria ni que se utilicen sus calles para montar espectáculos ideológicos trasnochados. El fascismo murió hace décadas. Lo que queda ahora es una peligrosa nostalgia revolucionaria que amenaza con resucitar sus métodos, esta vez desde la izquierda.