¿Todavía no conoces Casa Enrique? Lo recomendaron en televisión y ahora todos quieren ir
Si buscas el sabor de lo auténtico, Casa Enrique, en el valle de Polaciones, te ofrece horno de leña, guisos montañeses y un trato familiar que convierte cada visita en un reencuentro con lo esencial
Enclavado en el tranquilo barrio de La Laguna, en Polaciones, uno de los valles más auténticos y recónditos de Cantabria, se encuentra Casa Enrique, un restaurante familiar que lleva desde 1991 siendo punto de referencia para quienes buscan buena mesa, ambiente acogedor y una cocina que rinde homenaje a las raíces montañesas.
Detrás de este entrañable proyecto están Pilar y Emi, quienes, con el apoyo de su madre y alguna que otra mano experta en hornos de leña, han sabido mantener viva la esencia de lo que comenzó siendo una sencilla casa de comidas, para convertirlo hoy en un establecimiento de culto para quienes conocen la gastronomía del interior cántabro.
Una cocina que honra la tradición
Casa Enrique es sinónimo de cocina de cuchara, de fuego lento, de producto local y de platos que reconcilian con el buen comer. Su carta es un homenaje al recetario de la montaña cántabra: cocido montañés, cocido lebaniego, fabada, alubias blancas o rojas, sopa de carne, huevos con matanza y guisos de caza como el ragú de jabalí o venado por encargo. No faltan las croquetas caseras, las albóndigas con boletus o platos tan representativos como los huevos con borono, ese embutido de sangre que nos habla de la cocina rural más auténtica.
Uno de los tesoros de la casa es su horno de leña artesanal, no solo para la elaboración de su pan casero —del que hacen tres variedades: barra, torta y torta de aceite—, sino también para preparar joyas como el lechazo, el cabrito o el cochinillo. Basta con acercarse a la cocina para verlos dorándose al fuego, impregnando el aire de aromas inconfundibles. No es de extrañar que muchos comensales acaben diciendo que en Casa Enrique se sirve “uno de los mejores lechazos de Cantabria”.
Una experiencia que va más allá del plato
Aquí no se viene solo a comer. Se viene a vivir una experiencia. Desde el pan hecho con harina castellana y horneado con mimo, hasta las alubias rojas cocinadas con agua de manantial, limpias, suaves, con un caldo espeso y un compango de matanza que aporta profundidad y sabor. Se nota el cariño, se nota la historia. Y se nota, sobre todo, que esta es una cocina que se hace sin prisas, como antes.
Los segundos platos no desmerecen. El lechazo al horno, acompañado de patatas, pimientos y una ensalada fresca, llega generoso, dorado, jugoso y con esa textura única que le da el horno tradicional. No es el típico lechazo castellano de horno de barro; aquí se cocina a la cántabra, con tiempos distintos, más ágiles, pero con un resultado igual de delicioso.
Dulces que cierran con broche de oro
En el capítulo dulce, las torrijas, el arroz con leche y las natillas caseras se disputan el primer puesto entre los postres más demandados. Elaborados con tiempo, paciencia y buenos ingredientes, suponen el final perfecto para una comida de montaña. Son dulces que evocan infancia, celebraciones familiares y meriendas de domingo.
El restaurante cuenta con un amplio comedor con capacidad para 160 comensales, decorado con gusto rústico y cálido. Las gruesas maderas montañesas, las chimeneas encendidas en invierno y las vistas a las montañas cántabras convierten cada comida en un refugio. También disponen de terraza y tronas, y un menú del día que mantiene el listón muy alto a precios asequibles.
Más que un restaurante: un compromiso con la tierra
Casa Enrique va más allá de la restauración. Cultivan su propia huerta ecológica justo enfrente del restaurante, donde recolectan puerros, calabacines, tomates, judías verdes y calabazas. También crían gallinas al aire libre, además de gansos, cabras y corderos, garantizando así que lo que llega a la mesa es producto de cercanía, cuidado y respeto por el entorno.
Un rincón imprescindible en Polaciones
Si buscas una escapada gastronómica que combine naturaleza, tradición y un trato familiar, Casa Enrique es una parada imprescindible. Un lugar donde el tiempo parece detenerse, el pan aún huele a horno de leña y la cocina sabe a verdad. Como decía el autor del artículo original, "les debemos como mínimo un viaje anual a nuestros paisanos purriegos para ayudarles a sostener en el tiempo este entorno natural". Y razón no le falta.