recorriendo cantabria

¿Buscas algo diferente? Esta ruta te muestra la cara más desconocida de Cantabria

Desde valles olvidados hasta acantilados de vértigo, esta ruta recorre algunos de los lugares más impresionantes y menos transitados de la región
Dos turistas sacando fotos al paisaje de Cantabria. / A.S.
Dos turistas sacando fotos al paisaje de Cantabria. / A.S.

Más allá de los destinos turísticos más transitados, Cantabria esconde una riqueza inusitada, un territorio donde la historia, la naturaleza y la arquitectura se entrelazan para ofrecer un viaje diferente, alejado del bullicio y del turismo predecible. Desde los remotos valles del sur, donde el Ebro apenas empieza a perfilarse como río, hasta las playas salvajes de la Costa Quebrada, esta ruta propone una travesía por los rincones menos explorados de una tierra infinita.

Valderredible: el valle de piedra y espiritualidad

El recorrido comienza en Valderredible, un territorio cuyo nombre no deja lugar a dudas: el valle de las riberas del Ebro. Es un paisaje de areniscas talladas por la erosión y por la mano del hombre, donde los monjes eremitas, en los albores del cristianismo, excavaron en la roca sus refugios de retiro y oración.

La ermita rupestre de Santa María de Valverde es el mejor punto de partida para comprender esta forma de vida ascética, y desde aquí se despliega un itinerario de templos excavados en la roca que sigue el curso del Ebro. La iglesia de San Miguel en Campo de Ebro, la de la Virgen del Carmen en Cadalso y, sobre todo, la impresionante ermita de San Acisclo y Santa Vitoria en Arroyuelos, con su planta de herradura y su bóveda de horno, son ejemplos extraordinarios de esta arquitectura rupestre, única en la Península Ibérica.

Montesclaros: historia y naturaleza en equilibrio

Siguiendo hacia el norte, una parada obligada es el Santuario de Montesclaros, un enclave construido sobre una cueva que, en su día, fue habitáculo de ermitaños. Pero este lugar no es solo espiritualidad y devoción: su museo alberga una de las colecciones de mariposas más fascinantes del mundo, recopilada por el misionero Fernando Llobat en sus viajes por Perú, Madagascar, Malasia y España.

Las excavaciones han revelado en el santuario una cripta prerrománica con un altar decorado con simbología celta y los sarcófagos de dos caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén. Historia, religión y biodiversidad convergen en este rincón inesperado de Cantabria.

La Catedral del Románico Erótico

Al dejar atrás Los Carabeos y el curso temprano del Ebro, la ruta nos lleva a San Pedro de Cervatos, una colegiata románica célebre por sus tallas de contenido erótico. Conocida como la "catedral del románico erótico español", su repertorio de canecillos y capiteles no deja indiferente: monstruos, figuras exhibicionistas, escenas de coito y bestialismo decoran los muros de este templo del siglo XII, recordándonos que el arte medieval también tuvo sus dosis de provocación.

El bosque infinito del Saja y la piedra viva de Bárcena Mayor

Desde el nacimiento del Ebro, la ruta se adentra en la Reserva del Saja, un mosaico de robles y hayas donde el río Saja surca piedras y desfiladeros antes de rendirse al mar. En el corazón de este territorio se encuentra Bárcena Mayor, un pueblo que parece detenido en el tiempo, donde la arquitectura montañesa y la vida rural tradicional siguen marcando el ritmo de sus calles empedradas.

Aquí, la gastronomía se vuelve imprescindible. En el mesón La Florida, las alubias con venado o jabalí son una auténtica delicia, un plato contundente que resume la esencia de la cocina cántabra.

De la Costa Quebrada al laberinto de Villapresente

El recorrido nos lleva ahora hasta la costa, a Suances y los acantilados de la Costa Quebrada, donde la geología esculpe un paisaje de arenales y formaciones rocosas únicas en el mundo. La mejor forma de despedirse del día es desde el faro de Suances, mientras el sol se oculta en el horizonte y las rabas en El Castillo de los Locos ponen el broche gastronómico a la jornada.

Si el viaje se hace en familia, el Laberinto de Villapresente es una parada obligada. Con cinco kilómetros de pasillos, es el más grande de España, un escenario donde perderse y jugar, evocando las escenas de El Resplandor pero con la garantía de que aquí nadie quedará atrapado... al menos, no para siempre.

El monumento natural de las Secuoyas y la maravilla subterránea de El Soplao

A pocos kilómetros de Villapresente, una visión inesperada aparece ante el viajero: el bosque de secuoyas del Monte Cabezón, un paisaje de película que nació como parte de la política de reforestación del franquismo en los años 40. Pasear entre estos gigantes americanos es una experiencia singular, una sensación de pequeñez ante la inmensidad de la naturaleza.

Desde aquí, una última parada imprescindible: la cueva de El Soplao, una de las maravillas geológicas más impresionantes de Europa. A diferencia de Altamira, aquí no hay arte rupestre, pero sus estalactitas, estalagmitas y formaciones de cristales crean un universo subterráneo de belleza sobrecogedora.

Liencres: un final perfecto entre dunas y mar

El viaje culmina en el Parque Natural de las Dunas de Liencres, una de las mejores zonas de Cantabria para despedirse del día. Desde su paseo entre pinos hasta su mirador sobre el Atlántico, es el lugar ideal para contemplar cómo el sol se hunde en el Cantábrico y cómo esta tierra infinita sigue revelando sus secretos a quienes están dispuestos a descubrirlos.

Cantabria: más allá de lo evidente

Para quienes creen conocer Cantabria, esta ruta demuestra que siempre hay un camino menos transitado, más inesperado y profundamente fascinante. Cantabria no se agota en sus postales más populares; es un territorio inagotable, un paisaje de contrastes, una historia viva que espera ser explorada.

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