El palacio cántabro que se construyó para un rey… que nunca durmió en él
En lo alto de una colina que se asoma al Cantábrico, en la villa cántabra de Comillas, se alza un edificio que parece más propio de los Pirineos franceses que de un pequeño pueblo marinero. El Palacio de Sobrellano no nació para pasar desapercibido. Fue ideado con una única misión: impresionar al rey Alfonso XII y atraer a la alta sociedad del siglo XIX al norte peninsular. Lo curioso es que el monarca nunca llegó a estrenarlo.
Detrás del proyecto estuvo Antonio López y López, el primer marqués de Comillas, un indiano que amasó una inmensa fortuna en América y que, como muchos de su época, soñaba con dejar un legado monumental en su tierra natal. Para ello, confió el diseño a uno de los arquitectos más cotizados de la época, el catalán Joan Martorell, que optó por un estilo neogótico europeo, cargado de simbología, lujo y poder.
Una residencia para reyes… sin reyes
Las obras del palacio comenzaron en 1882 y se completaron en 1888. Se instalaron tarimas de roble y ébano, puertas talladas en nogal, y una majestuosa escalera de alabastro con doble tiro, coronada por una claraboya que baña de luz natural el interior. Todo diseñado para causar asombro.
El momento cumbre debía llegar durante una visita real en 1881. Comillas se engalanó, se colocaron farolillos eléctricos para deslumbrar al monarca —una tecnología de vanguardia en aquel entonces—, pero la instalación no estuvo lista a tiempo. Alfonso XII tuvo que alojarse en la Casa de Ocejo, otra de las propiedades del marqués. Y aunque allí celebró incluso un consejo de ministros —convirtiendo a Comillas en capital política de España por un día—, el palacio se quedó sin su noche de gloria.
La capilla-panteón: arte, devoción y Gaudí en los detalles
Antes del palacio, ya estaba construida la capilla-panteón familiar, finalizada en 1881. Lejos de ser un templo discreto, se trata de una joya artística pensada para impresionar. Alberga obras de escultores como Josep Llimona (autor de La Plegaria y La Resignación) y Agapito Vallmitjana, quien esculpió un impactante Cristo yacente.
En los bancos y reclinatorios aparece un nombre inesperado: Antoni Gaudí, que firmó parte del mobiliario y participó en el diseño de varios detalles arquitectónicos del conjunto, justo antes de iniciar su carrera más reconocible en Barcelona.
El salón central: lujo y narrativa visual
La joya del Palacio de Sobrellano es su gran salón central. Allí, cada elemento está diseñado para contar una historia: desde las vidrieras de talleres modernistas, hasta los murales que narran escenas clave del marquesado, como la llegada del rey o la bendición de la capilla.
El techo, con ornamentación dorada, convierte la estancia en una caja de luz donde cada rayo solar refuerza la majestuosidad del lugar. Es un espacio pensado no solo para habitar, sino para ser recordado.
Comillas: la pequeña corte del norte
Hoy, Comillas mantiene ese aire aristocrático de sus días dorados. Un paseo por su casco histórico, de calles adoquinadas y casonas nobles, lleva inevitablemente hasta El Capricho de Gaudí, otra joya modernista construida en la misma época y a pocos metros del palacio. Desde allí, una ruta perfecta culmina bajando a la playa de Comillas, o siguiendo hasta el Parque Natural de Oyambre, donde la naturaleza toma el relevo del patrimonio.
Recomendación para una jornada perfecta
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Mañana: visita al Palacio de Sobrellano y su capilla-panteón (ambas requieren entrada y guía).
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Mediodía: comida en uno de los restaurantes de Comillas. Prueba el cocido montañés, las rabas o un buen pescado del Cantábrico.
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Tarde: recorrido guiado por El Capricho de Gaudí y paseo por el litoral
El Palacio de Sobrellano es mucho más que un edificio monumental. Es el símbolo de una época en la que la arquitectura era también ambición, prestigio y relato de poder. Aunque Alfonso XII nunca durmiera allí, su sombra aún parece recorrer sus pasillos. Y, con ella, el eco de una Cantabria que aspiraba a escribir su nombre con mayúsculas en la historia de los veraneos reales.

