tradiciones de cantabria

Cosas de Cantabria que solo entiendes cuando te vas

Irte de Cantabria no significa olvidarla. Es descubrir que muchos pequeños gestos y sabores eran un lujo cotidiano. Y que nada sabe igual fuera de la tierruca
Joselín, uno de los locales más reconocidos en Cantabria por sus sobaos. / A.E
Joselín, uno de los locales más reconocidos en Cantabria por sus sobaos. / A.E

Hay quienes se van por estudios, trabajo o simplemente por probar algo nuevo. Cambiar Cantabria por una ciudad como Oviedo o Bilbao suena lógico: son más grandes, con más oferta cultural, laboral o de ocio. Pero al irte, poco a poco, te das cuenta de que hay cosas de Cantabria que no encuentras en ninguna otra parte.

Este artículo no va de quejarse ni de comparar con desprecio. Es un homenaje a esas pequeñas costumbres, ritmos y rincones que solo valoras cuando ya no estás. Si eres de Cantabria y has vivido fuera, probablemente te suenen.

El silencio de la naturaleza a 10 minutos de casa

En Cantabria, estás a unos pasos del verde. Del prado, del monte, del acantilado. En Oviedo tienes monte Naranco, en Bilbao está Pagasarri, sí. Pero esa sensación de escaparte rápido al campo sin coche es mucho más fácil en Cantabria. Y se echa en falta.

Las rabas de los sábados

Rabas hay en muchos sitios, pero rabas buenas como las de Cantabria, no. Te das cuenta cuando te sirven calamares congelados, gruesos y sin sabor. Aquí el sábado se celebraba con un corto y un plato de rabas en una terraza. En otros sitios, no saben igual.

La calma que no sabías que tenías

Cantabria no es ni ruidosa ni acelerada. Es discreta, silenciosa, de andar sin prisa. Bilbao va a otro ritmo. Oviedo también. Allí la ciudad no para. Y a veces está bien. Pero hay días en los que echas de menos esa tranquilidad que solo se siente en Santander un domingo por la mañana mirando la bahía.

Las distancias humanas

En Cantabria las ciudades no son gigantes. Puedes cruzarlas andando sin perder medio día. En Oviedo o Bilbao, casi todo implica transporte, prisa o mapas. En Cantabria, incluso lo cotidiano era más cercano.

La forma de hablar (y de callar)

Cada región tiene su acento y su ritmo. Pero el tono cántabro, pausado, suave y medio irónico, se echa de menos entre tanta euforia, velocidad o entonación marcada. Y también se echa de menos el arte de callar: esa conversación que no necesita llenar cada silencio.

El pan (y los sobaos de verdad)

Parece un detalle menor hasta que te lo sirven. En Cantabria, hasta el pan de gasolinera está bueno. Fuera, cuesta más encontrar esa textura crujiente y sabor de pueblo. Y no hablemos de los sobaos industriales: un Joséin o un El Macho no se improvisan.

Esa forma de decir "esto es Cantabria y no pasa nada"

Quizá lo que más se echa de menos es el carácter. Esa mezcla de humildad, orgullo tranquilo y desapego del postureo. En otros lugares se hace más ruido. En Cantabria, se hace más verdad.

Volver a Cantabria después de vivir fuera no siempre es fácil, pero tiene algo de reencuentro. Como si la tierra te reconociera. Como si no hiciera falta explicarte. Y entonces lo sabes: hay cosas que solo se entienden cuando las has perdido un poco.

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