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¿Conocías estas cinco islas vírgenes escondidas frente a los acantilados cántabros?

La playa de Usgo en Cantabria. / A.S.P

No aparecen en folletos turísticos ni en rutas masivas, pero quienes descubren estas islas aseguran que son uno de los rincones más espectaculares de Cantabria

Frente a los acantilados de la Punta del Cuerno, en la costa norte de Cantabria, el municipio de Miengo esconde un pequeño archipiélago casi secreto que apenas aparece en las guías de viaje, pero que representa uno de los rincones más vírgenes y evocadores del litoral cántabro. Son cinco islas —algunas tan solo islotes— que emergen del Mar Cantábrico como vestigios de un paisaje salvaje, indómito y cargado de historia natural.

Isla de los Conejos o de Cabrera

Es la mayor y más imponente del grupo. Con 400 metros de longitud, 75 de anchura y una altura que alcanza los 53 metros, la Isla de los Conejos —también conocida como Isla de Cabrera— se extiende de este a oeste y se alza como una masa rocosa escarpada por los cuatro costados. Es de difícil acceso, ya que sus acantilados y pedruscos la aíslan del mar en todo su perímetro. La parte meridional está tan unida a su base que, en marea baja, da la sensación de que la isla y el continente casi se tocan. Su silueta solitaria, visible desde las playas de Cuchía y Usgo, se convierte en un referente visual para quienes pasean por la costa.

Isla Pasiega

Situada entre la Isla de los Conejos y la Punta del Cuerno, la Isla Pasiega se presenta mucho más discreta. Es baja, amogotada (redondeada) y rodeada de pequeños arrecifes que la protegen como un anillo natural. Entre ella y la Isla de los Conejos existe un paso franco de entre 8 y 10 metros de profundidad, lo que permite el paso de pequeñas embarcaciones, especialmente en condiciones de mar calma. Su forma discreta y su cercanía al continente la convierten en un punto ideal para la observación de aves marinas.

Casilda, Segunda y Solita: los islotes menores

Al este de la Isla de los Conejos aparecen tres pequeños promontorios rocosos conocidos como Casilda, Segunda y Solita. No son islas en el sentido estricto, sino islotes peñascosos que apenas asoman sobre el nivel del mar. Están dispuestos en línea, y entre ellos se abren canales navegables, aunque únicamente para embarcaciones menores. Este conjunto es especialmente visible durante las bajamares vivas, momento en el que se descubren también Las Palies, dos piedras situadas al sur de la isla Solita, que emergen como testigos del continuo pulso entre el mar y la roca.

Un entorno natural de alto valor paisajístico

Estas islas, deshabitadas y sin infraestructuras, son un auténtico santuario natural. Su aislamiento las ha convertido en un espacio de refugio para la fauna marina y aves costeras, y en un lugar de contemplación para quienes practican kayak, vela ligera o simplemente caminan por los acantilados del municipio. No están preparadas para el turismo masivo, y ese precisamente es su mayor encanto: la sensación de intemperie, de costa intacta, donde la naturaleza sigue marcando el ritmo.

Aunque no existen rutas oficiales para visitarlas, el entorno de la Punta del Cuerno, las playas de Cuchía, Robayera o Usgo ofrecen miradores naturales desde los que disfrutar de este fragmento casi secreto del litoral cántabro.