Los comunistas | extrema izquierda

Cuando la izquierda hace lo mismo, deja de ser escándalo

La hipocresía política.

El incidente protagonizado por el diputado de Sumar Txema Guijarro en el Congreso vuelve a poner sobre la mesa una cuestión recurrente en la política española: la distinta vara de medir con la que determinadas conductas son juzgadas según quién las protagonice.

La política española vive instalada desde hace años en una curiosa paradoja. La izquierda se presenta como guardiana de las instituciones, del respeto parlamentario y de la convivencia democrática, pero cuando algunos de sus representantes cruzan líneas que ellos mismos han fijado, el escándalo desaparece de forma casi automática.

Eso es exactamente lo que ha ocurrido con el incidente protagonizado por el diputado de Sumar Txema Guijarro en el Congreso de los Diputados. Visiblemente alterado tras una votación, Guijarro se levantó de su escaño, increpó a la Mesa, realizó aspavientos y terminó subiendo al estrado para encararse con la presidenta de la Cámara, Francina Armengol, y con el letrado mayor.

Lo que era intolerable ayer hoy parece aceptable

La escena tendría una importancia relativa si no fuera porque hace apenas unas semanas la izquierda convirtió un episodio similar protagonizado por un diputado de Vox en una supuesta amenaza para la democracia parlamentaria.

Entonces se habló de intimidación institucional, de comportamiento inadmisible y hasta hubo dirigentes socialistas que establecieron paralelismos tan exagerados como desafortunados con el 23-F. La maquinaria política y mediática se puso en marcha con rapidez para denunciar lo ocurrido.

Ahora, sin embargo, el protagonista pertenece a Sumar. Y el silencio ha sido casi absoluto.

Ni declaraciones indignadas, ni peticiones de sanción, ni editoriales alarmados. Tampoco exigencias de dimisión ni acusaciones de extremismo parlamentario. Lo que hace unas semanas era presentado como una amenaza a las instituciones se ha convertido de repente en una simple anécdota.

La reforma que retrata a sus impulsores

La contradicción resulta todavía más llamativa porque el incidente se produjo el mismo día en que PSOE, Sumar y sus socios impulsaban una reforma del Reglamento del Congreso destinada, según sus promotores, a reforzar la disciplina parlamentaria y castigar comportamientos intimidatorios hacia la Presidencia o los letrados de la Cámara.

La pregunta es inevitable: ¿habrían reaccionado igual si quien hubiera subido al estrado hubiera sido un diputado del PP o de Vox?

La experiencia reciente permite albergar pocas dudas. La izquierda lleva años denunciando una supuesta radicalización de la oposición mientras normaliza conductas similares cuando proceden de sus propias filas.

El problema no es Guijarro

El verdadero problema no es la reacción airada de un diputado. El Parlamento es un lugar de confrontación política y las tensiones forman parte de su naturaleza. Lo preocupante es la utilización partidista de las normas y de los principios institucionales.

Cuando las reglas se aplican de forma diferente según la ideología del infractor, dejan de ser reglas para convertirse en instrumentos políticos.

Y cuando quienes hablan constantemente de respeto institucional son incapaces de exigir a los suyos el mismo comportamiento que reclaman a los demás, lo que queda al descubierto no es la fortaleza de las instituciones, sino la incoherencia de quienes dicen defenderlas.

El doble rasero como forma de hacer política

Lo ocurrido en el Congreso no constituye una crisis institucional. Pero sí es un síntoma. Un síntoma de una cultura política cada vez más instalada en el doble rasero, donde la gravedad de los hechos depende menos de lo ocurrido que de quién lo protagoniza.

Y esa es precisamente una de las razones por las que una parte creciente de los ciudadanos ha dejado de creer los discursos grandilocuentes sobre ejemplaridad democrática. Porque observan que la indignación de algunos dura exactamente hasta que el protagonista pertenece a su propio bloque político.

En democracia, la credibilidad no se mide por los discursos, sino por la coherencia. Y la coherencia, una vez más, ha brillado por su ausencia.