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El Diario de Cantabria

Tan cerca y tan lejos

Pedreña fue tercero en Portugalete y se quedó sin ascenso a pesar de iniciar el último largo con serias opciones de consumar la remontada | Ninguno de los dos días ha sido de los dos más rápidos  |  El premio fue para tirán y Zarautz

Los remeros de la ‘Enbata’ de Zarautz celebran su victoria de ayer y la consumación de que seguirán un año más en la ACT. / euskolabel liga
Los remeros de la ‘Enbata’ de Zarautz celebran su victoria de ayer y la consumación de que seguirán un año más en la ACT. / euskolabel liga
Tan cerca y tan lejos

Pedreña podría haber escrito la perfecta historia de superación, pero se quedó a medio camino. Cerca, pero a su vez lejos. El sábado se repuso de un inicio preocupante que habría bloqueado a muchos otros en su situación pero se quedó a un suspiro de haber dado ese golpe encima de la rocosa mar de Bermeo que hubiera hecho que sus rivales acudieran a Portugalete temblando. Ayer comenzó mejor pero en la primera ciaboga se encontró con el fantasma del verano del 2014, cuando salió a competir en Sanxenxo con ánimo de resarcirse del naufragio (literal) de Barcelona y vio cómo su proel se caía al agua. Ayer éste consiguió mantenerse a bordo, pero no se podía imaginar un peor inicio para una tripulación que salió a competir con la certeza de que necesitaba una regata perfecta para remontar lo sucedido el día anterior. Lo bueno fue que a pesar de esto el bote se mantuvo en pie y comenzó el último largo con opciones verdaderas de dar la campanada, pero le faltó consumarlas. Ambos días ha estado muy cerca de ganar la regata, pero en ninguno de ellos acabó entre los dos primeros. El gatillazo ha sido tremendo. Pedreña volvió a casa sabiendo que estuvo muy cerca de conseguirlo pero con la certeza de que, en el fondo, el agua le había puesto en su sitio.

Se anunciaba el playoff más parejo de todos y fue el más igualado de la historia. Nunca habían estado los cinco aspirantes tan juntos. En la suma de tiempos de los dos días, sólo hubo diez segundos entre el más rápido y el más lento y seis entre el primero y el cuarto. Es una barbaridad cuando se habla de esfuerzos superiores a los 41 minutos. Por eso cada detalle resultó fundamental y cada palada contó. Y estar a punto de ver al proel caer al agua más todavía. La escena podría haber permitido a los pedreñeros tirar los remos a la ría, enfadarse con su propio destino y dedicarse a lamerse las heridas, pero siguieron. Aquello era el más difícil todavía, como dar ventaja al rival para que el éxito tuviera todavía más valor. Y a pesar de ello se mantuvieron con vida en la regata consiguiendo incluso mantenerse a dos segundos de la victoria en los dos siguientes largos. Y eso era sinónimo de esperanza. Los hombres de Joseba Fernández eran conscientes de que lo primero que tenían que hacer era ganar y después esperar a que Zarautz, que había sido segundo en Bermeo, no quedara entre los dos primeros. Y eso fue posible hasta el inicio del último largo. También valía que incluso Tirán fuera último, pero esa opción se fue derritiendo a partir del segundo parcial de la regata. Al final, fueron los más rápidos en Bermeo los que se ganaron el pasaporte para la ACT. Es decir, que el ascenso se decidió en una regata en la que acabaron todos metidos en cinco segundos. Y eso no es nada.

A buen seguro que en Pedreña estarán tiempo pensando y analizando qué diantres sucedió en el tercer largo del sábado. En ese momento quizá no lo sabían porque su regata no estaba siendo mala, pero se les estaba escapando toda la temporada. Cinco minutos extraños y once meses de trabajo por la borda. Así de cruel es el deporte. Quizá por eso es tan apasionante. Lo bueno es que tenían una segunda oportunidad, que tenían tripulación para brillar en una regata de puro vatio y que aún había margen. Viendo la igualdad marcada el día anterior, ni siquiera había que hablar de milagro. Se podía. Sólo había que ganar. Y de haber ganado ayer quizá habría ascendido. Habría dependido de la diferencia que le hubiera sacado a Tirán.

Pero hablar de eso es hablar de ciencia ficción. No es real porque no pasó. Para afrontar una regata tan diferente a la del día anterior, Joseba Fernández introdujo dos cambios en su formación, uno por banda. En estribor, Andrés Peña ocupó el puesto de su hermano Marcos y en babor entró Sergio Enrique Rodríguez en lugar de Sergio Alonso. Por su parte, Zarautz apareció con los mismos catorce hombres a bordo, Tirán realizó también dos sustituciones y Meira sólo sumó una novedad respecto al día anterior. La embarcación de Moaña estaba llamada a sufrir ayer mucho más que el día anterior porque cuenta con un bote ligero, muy técnico pero falto de vatios en comparación con otros equipos. Y se hizo evidente ayer convirtiéndose en la única trainera que quedó claramente descolgada.

Los dos más rápidos ayer fueron los dos que mejor ciabogaron. Tanto San Pedro como Zarautz libraron bien las dificultades que presentó el campo de regatas a la hora de cambiar de dirección por culpa de la tremenda corriente que presentó la ría, que estaba a punto de tocar fondo y alcanzar la bajamar. Era, literalmente, la peor hora para competir en ese escenario aunque, por lo menos, el playoff se disputó a una sola calle. Tanto es así, que en el  femenino hubo dos traineras de las cuatro participantes que fueron castigadas con diez segundos por no ser capaces de coger la estacha y colocarse bien a tiempo de salir. La ría empujaba a las embarcaciones hacia delante y eso ya dejó, de partida, fuera de juego a Tolosaldea. Además, Hibaika también tuvo que comenzar sin estar bien situada y con su proa apuntada hacia prácticamente la orilla cuando el semáforo se puso en verde. En la cita masculina no sucedió lo mismo, pero Pedreña y Tirán jugaron con fuego.

Sus patrones tuvieron que convertirse en seres elásticos para no soltar la estacha antes de tiempo al ver cómo la trainera se alejaba de la baliza por culpa de la corriente. Se salvaron de milagro, pero lo hicieron. Y el equipo cántabro, que ayer volvió a salir con la embarcación que le cedió Lapurdi (y no Busturialdea, como se escribió ayer en estas páginas por un traspiés) comenzó bien. La marea bajaba y el viento, en contra en los largos impares, iba en contra de ésta. Por eso Cristian Garma hincó la rodilla en la bancada cuando iba en busca de la desembocadura de la ría. Curiosamente, conforme más se acercaban a Santurtzi, menos se notaba el viento. De hecho, las banderas de las balizas interiores se expandían mientras que las exteriores estaban abajo, como si allí fuera hubiera calma chicha.

Pedreña llegó en moto a los últimos metros del primer largo. Las referencias que les daban entonces no eran malas, sólo por detrás de San Pedro y por delante de Zarautz. La cosa pintaba bien porque le venía bien que la ‘Libia’ se metiera en el ajo para sacar más puntos al resto. Algo pasaba por allí porque, empujados por esa tremenda corriente a la que se subieron las traineras por la zona central del campo de regatas en los largos de ida, la ‘Pedreñera’ se presentó botando a los últimos metros de ese primer parcial. Todos lo hicieron. Y lo hicieron a toda velocidad, con la sensación de que se iba a pasar de frenada. No era fácil mantener el bote bajo control y no abrirse demasiado por culpa de esa ría que seguía bajando a toda velocidad. El último de esos botes lo sufrió la embarcación cántabra justo cuando Miguel Hernando, que de nuevo fue su proel, se levantaba y se colocaba para hacer uso del remo corto. Y a punto estuvo de caer al agua primero y de perder su herramienta después.

Tuvo que girar Pedreña sin la ayuda del proel y, aún así, fue capaz de librar y le salió una maniobra aseada y similar a la que incluso darían después Tirán y, sobre todo, Meira, que donde más sufrió fue en la segunda ciaboga, ya que a punto estuvo de tomarla por estribor. Y es que, si el gran peligro fuera era girar muy abierto, en las balizas de salida y meta era hacerlo demasiado cerrado.

Lo más fácil habría sido que lo sucedido en la primera ciaboga de la regata hubiera hundido a Pedreña, ya que sabía que necesitaba una regata perfecta. Todos eran conscientes de que el ascenso se iba a decidir por detalles y un giro así resultaba demasiado grotesco como para aspirar aún a la remontada. Pero no se vino abajo. Guardó la compostura y, como el resto, siguió remando y avanzando a una buena velocidad buscando la calle uno, la más pegada al muelle de Portugalete, para evitar, precisamente, esa corriente que les había hecho volar en el largo anterior. Sólo en el remo pasa algo tan rápido de ser tu mejor aliado a ser tu peor enemigo.

La ‘Enbata’ puso las cosas en su sitio en ese tercer largo a partir del cual poco cambiaría la cosa. Lo bueno fue que no terminaba de romper la regata y por eso cuando Pedreña inició el último largo y le indicaron que el GPS le colocaba con un tiempo similar al de San Pedro, a sólo un par de segundos de la victoria y con Tirán incluso sufriendo para evitar la última plaza, fue consciente de que todavía estaba muy vivo. «Si ganamos estamos dentro», gritaba Cristian Garma. Y era verdad. No les estaba engañando. Los cálculos eran sencillos. Lo malo era conseguirlo. Y las noticias que llegaban por el pinganillo no eran buenas. De hecho, cuando estaba a punto de pasar bajo el Puente Colgante, su desventaja respecto a Zarautz era de cuatro segundos. Aquello ya era imposible. Había pasado de ser el más rápido de todos en el tercer largo al más lento de todos en el cuarto. Y con esa irregularidad, similar a la del día anterior, cuesta avanzar. Sin embargo, Pedreña no cejó en su empeño. Eran las últimas paladas de su temporada más ilusionante en más de una década y quería apurar hasta el final. Y bien hizo porque acabó amarrando el tercer puesto por sólo 16 centésimas mientras que el segundo se quedó a 88. Así de estrechas han estado las cosas durante un fin de semana para el recuerdo para el aficionado neutral. Para el cántabro, para el que era consciente de la importancia de volver a tener un representante en la ACT cuanto antes, no lo fue tanto. Como a la temporada de Pedreña, le faltó la guinda. Los trasmeranos lo tuvieron constantemente en su mano. Sólo había que cerrarla y atraparlo, pero no siempre es fácil. El ascenso fue como esa pieza de comida atada a una cuerda que se aleja en cuanto se acerca quien se la quiere comer. Al final de la historia, se pierde siempre entre la maleza. Ahí perdido acabó el ascenso.

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