03.08.2021 |
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La dama de blanco impone su ley

Pedreña vuelve a ganar en aguas de la bahía con más autoridad aún que el pasado domingo y se hace con la bandera Bansander l Camargo y Astillero protagonizaron un duelo que se decidió por 30 centésimas a favor de los azules
Juan Mari Lujambio, patrón de Pedreña, ondea la Bandera Bansander junto a sus compañeros. / Hardy
Juan Mari Lujambio, patrón de Pedreña, ondea la Bandera Bansander junto a sus compañeros. / Hardy
La dama de blanco impone su ley

Pedreña no quería problemas. E hizo lo mejor que se puede hacer cuando uno quiere escapar de ellos: correr. Sin mirar atrás. A lo Forrest Gump. Qué buen consejo de Jenny. Apretó los puños, se puso erguido y empezó a patear como si le fuera la vida en ello, como si estuviera huyendo de un bombardeo del Vietcong. No quiso saber nada de nadie y, para cuando se quiso dar cuenta, se percató de que ya no se oía nada alrededor. Los hombres de Joseba Fernández estaban solos en el corazón de la bahía. Sólo se percibía el golpear de la pequeña ola contra la embarcación y la ligera brisa que refrescaba el rostro y frenaba el bochorno.

Nadie les apretaba por detrás y bien podían haber sucumbido a la tentación de la toalla bajo el sol, pero no estaban ahí para sestear, sino para probar su motor y confirmar que está en un buen estado, que no le ha entrado pelo y que no le va a fallar cuando llegue el momento de la verdad. En el fondo, los trasmeranos intuían que sus verdaderos rivales no estaban ayer en la Bandera Bansander, sino en la comunidad vecina, donde están los gallos del corral. Y allí les esperan en siete días.

También esperan al resto, a los mismos que ayer decidieron olvidarse de Pedreña y aportar a la tarde la emoción de la que la había privado el campeón. En seguida se borró de la mesa la incertidumbre por la victoria pero se hizo enorme la pugna por el segundo puesto que mantuvieron Astillero y Camargo. Ambos justificaron acudir a la capital cántabra porque brindaron un apretado espectáculo en el que remaron prácticamente a la par durante veinte minutos. Tanto es así, que sólo les separaron treinta centésimas al llegar. Pedreña se presentó en la capital con la trainera blanca.

Vistió impoluto, con el color de la pureza, de las novias y las camisas de los sábados por la noche. No se quería manchar ni caer en enganchones con el resto, por lo que apostó por una salida contundente que en seguida convirtiera su regata en una contrarreloj, en una prueba contra sí mismo y en una exhibición de personalidad y carácter. Le tocó en suerte la calle dos y por la tres viajó Camargo, que partía con la intención de no alejarse demasiado de la estela de los del este de la bahía.

Pero en seguida la perdieron. Quedó diluida entre las olas generadas por el buque ‘Clementine’, que formó parte del espectáculo durante los dos primeros largos entrando a puerto a escasos metros de las traineras. De no haber sido por él, el campo de regatas se habría parecido mucho a un plato de ducha, pero su paso dejó una resaca que, sobre todo, se tragó ‘La Marinera’ en los primeros metros del segundo largo, los mismos que le alejaron de la pelea que mantuvieron la ‘Virgen del Carmen’ y la ‘San José’. Fue una regata de grandes buques porque si la segunda tanda tuvo a ‘Clementine’, la primera contó con la participación de una de esas enormes moles de ‘Neptune lines’.

Justamente salió de puerto cuando se bajó la bandera y las traineras soltaron sus estachas. En el agua no sólo estaban en ese momento Colindres, Pontejos e IRC Santoña, sino también los cuatro protagonistas de la tanda de honor que estaban calentando por las calles cinco y seis. Debió intuir problemas el capitán porque hizo sonar la bocina para que, si había algún ciego en la bahía, supiera que un gigantón iba a pasar por ahí. La ola que dejó a su paso se hizo notar durante un buen puñado de minutos cortando en algunas fases la remada, sobre todo, de la ‘Virgen del Puerto’, que a la espera de poder medirse con traineras de su liga, no dio un mal aspecto ayer en Santander. La tanda de honor de ayer bien podría ser este año una tanda de la ARC 1.

De ahí que lo tuviera todo para aglutinar todo el interés que cabe en la mar. Se pudo interpretar como un ensayo general y, aunque todos dejaron a algunos hombres importantes en tierra, nadie salió de paseo. A Astillero le tocó la calle uno y dio la sensación de que su salida fue la peor de las cuatro y de que en apenas ocho segundos de regata había perdido ya media embarcación respecto a la ‘Pedreñera’. Ésta partió con fuerza y con hambre, quizá recordando toda esa travesía de tantos años ejerciendo un papel secundario en ese mismo escenario. Ahora le toca a ella reinar en aguas cántabras y bien haría en valorarlo. Para cuando giró por vez primera, ya era más de seis segundos mejor que todos sus rivales.

Aquello fue un golpe encima de la mesa de manual, la mejor manera de marcar territorio y abortar las esperanzas de los demás. La trainera blanca cruzó frente al Centro Botín en busca de la segunda maniobra a 36 paladas por minuto, remando largo, apurando cada palada y buscando las bondades de una corriente que iba en busca de la mar. La pleamar había sido más de dos horas antes e hizo que el agua llevara una dirección contraria a la del viento, que era del norte o noroeste ayudando algo en los largos de ida y haciendo el efecto contrario en los de vuelta. Nadie se quejaba de él en tierra, donde se mezclaban los aficionados con los curiosos, con esos que intentan adivinar de dónde es cada trainera o ‘las vueltas’ que hay que dar. «No son traineras, deben ser trainerillas porque las traineras son más grandes», le decía una señora a una amiga. Son estas cosas las que alegran el mes de junio. A distancia de Pedreña, sin contar con ella para nada, Astillero y Camargo mantenían un duelo tan tremendo como si se estuvieran jugando la bandera. Bien por ellos.

‘La Marinera’, con muchos de sus más jóvenes remeros a bordo, se quería apuntar a la fiesta pero no le llegó. Por esa calle cuatro le costó más avanzar en el primer largo y en el segundo se encontró de lleno con ‘Clementine’. Se mantuvo en todo momento a una distancia prudencial, sin perderse del todo pero con el gancho, sin encontrar el momento propicio de alcanzar a los de verde y a los de azul, que dieron la impresión de haber salido a competir unidos por unas esposas.

Lo suyo fue pura coordinación de principio a fin. Los jueces decretaron tiempos idénticos a los dos en cada paso por ciaboga. Visualmente, daba la impresión de que la proa de Astillero siempre estaba una pizca por delante, pero eso no era nada en veinte minutos de esfuerzo. La ‘San José’, que salió al agua con una imagen preocupante, sin marca comercial alguna que respalde económicamente el proyecto, quería hablar alto en la Bandera Bansander. Había sido la más lenta de las cuatro traineras de ARC 1 en la Bandera Sotileza y quería corregirlo. No quería llegar con ese lastre moral al primer día, necesitaba recordarse a sí mismo que puede ser mejor que todo eso y que tiene motor suficiente para volver a salvar el cuello con incluso más solvencia que el curso pasado. Necesitaba un banquete anímico y se dio un homenaje.

Camargo y Astillero impidieron apartar la mirada del campo de regatas. En el segundo giro, cuando volvieron a las balizas de salida y meta en las que se agolpaban los aficionados, enseñaron sendas notables maniobras que anunciaron una segunda mitad de regata tremenda a poco que ambos mantuvieran el tono. Y lo hicieron. Nadie se abandonó y a nadie se le acabó la gasolina. Volvieron a girar por última vez al unísono, como si estuvieran bailando pegados sobre la pista de baile que les concedía la calle vacía de Pedreña, que a esas horas estaba buscando ya la zona de las bebidas. Daba la impresión de que la ‘San José’ se jugaba más. Ya había dejado por detrás a ‘La Marinera’ pero quería más. Sobre todo, no quería que la regata se le hiciera larga y se presentó de nuevo en los muelles a 39 paladas por minuto antes del cambio definitivo. 

La champa que protagonizaron ambas traineras fue tremenda. No había puntos ligueros en juego, pero tiraron del palo como si estuviera esperando en tierra la Bandera de La Concha. Era imposible adivinar quién iba por delante de quién porque todo dependía del punto de vista. Había que estar justo en línea a las banderas para adivinar, finalmente, quién había llegado antes. Unos decían que uno y otros decían que el otro. Al final, hubo que preguntar al reloj. Y paró antes el cronómetro Astillero, que se dio así el gustazo de terminar segundo, por detrás de la dama de blanco que ayer se presentó en Pedreña sin un solo lamparón en el vestido. Se llevó de Santander todo lo que había ido a buscar.

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