Israel bloquea la ayuda humanitaria a Gaza tras el rechazo de Hamás al acuerdo de alto el fuego propuesto por EE.UU.
Netanyahu suspende el suministro de bienes al enclave palestino y acusa a Hamás de obstaculizar el proceso de paz; el movimiento islamista replica que Israel solo busca perpetuar la ocupación
La política exterior, incluso en sus formulaciones más pragmáticas, descansa sobre una premisa elemental: para que haya paz, deben existir dos partes dispuestas a conceder. El conflicto entre Israel y Hamás, sin embargo, parece empecinado en desmentir esa máxima.
Apenas horas después de que Benjamin Netanyahu anunciara una tregua unilateral durante las festividades del Ramadán y la Pascua judía, el propio primer ministro israelí confirmó la suspensión inmediata de la entrada de ayuda humanitaria a Gaza, en respuesta a la negativa de Hamás a aceptar los términos propuestos por el enviado especial estadounidense, Steve Witkoff.
"Israel no permitirá un alto el fuego sin la liberación de nuestros rehenes. Si Hamás continúa con su negativa, habrá más consecuencias", advirtió con severidad la oficina del primer ministro.
La decisión, que deja a la Franja de Gaza sin suministros esenciales, coincide con la expiración de la primera fase del acuerdo de alto el fuego alcanzado en enero y, de manera significativa, desactiva cualquier avance tangible hacia una segunda etapa de negociaciones: la que debía abordar tanto la liberación de los rehenes israelíes restantes como la retirada militar del enclave y, sobre todo, el espinoso futuro político de Gaza.
Hamás acusa a Israel de manipular el proceso de diálogo
Desde la perspectiva de Hamás, el desarrollo reciente no es más que una operación dilatoria diseñada para consolidar la presencia militar israelí mientras se ofrece al mundo una fachada de moderación.
"La tregua durante el Ramadán no es más que una expresión de la renuncia de Netanyahu a seguir conversando", denunció Mahmud Mardawi, alto cargo del movimiento islamista, quien sostuvo que esta maniobra prolongará el sufrimiento de los rehenes y deteriorará aún más la situación humanitaria en Gaza.
A juicio de Hamás, aceptar los términos estadounidenses —avalados por Israel— equivaldría a entregar el control político y de seguridad del territorio, un precio que, hasta ahora, el grupo no está dispuesto a pagar.
El portavoz Hazim Qasem fue más allá, calificando la propuesta de "retorno a las posiciones de partida", en tanto mantiene en suspenso los puntos críticos: la retirada israelí y la garantía de que Gaza no permanezca bajo supervisión militar externa tras el fin del conflicto.
La diplomacia americana, entre dos imposibles
En este juego de imposibilidades cruzadas, la figura del enviado especial de la Casa Blanca, Steve Witkoff, emerge como un recordatorio de los límites del poder estadounidense en la región.
Su "esquema" intentaba, en esencia, prolongar la vigencia de la primera fase del alto el fuego, ganar tiempo y mantener abiertos los canales de diálogo mientras se resolvían las cuestiones más complejas. Pero si algo quedó claro tras el rechazo de Hamás es que los plazos ya no son la variable central del problema. Lo que está en disputa es la esencia misma del futuro de Gaza: ¿será gobernada por quienes resistieron la ofensiva militar, o será tutelada, formal o informalmente, por una fuerza externa?
A la Casa Blanca le inquieta, además, la creciente percepción de que cada gesto diplomático suyo resulta insuficiente o, peor aún, cómplice de un statu quo que ahoga cualquier solución de largo plazo.
¿Una tregua sin futuro?
Por ahora, la tregua unilateral anunciada por Israel —que se extendería hasta el 20 de abril— es recibida con recelo por todas las partes relevantes. Sin avances concretos sobre los rehenes, sin desbloqueo de ayuda humanitaria y sin negociación real sobre el estatus político del enclave, parece poco más que una pausa táctica: una oportunidad para reordenar fuerzas, no para desatar la paz.
La situación en Gaza, mientras tanto, se agrava. Sin entrada de bienes y suministros, la ya crítica situación humanitaria corre el riesgo de convertirse en una catástrofe inminente. La población civil, atrapada entre las exigencias de unos y las condiciones de otros, queda reducida al papel de víctima colateral de una ecuación sin solución visible.