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HAMAS Y SU ESPECTÁCULO MACABRO: PROPAGANDA EN LA PLAZA

En el corazón de Gaza, entre ruinas y cenizas, Hamas escenifica su macabro espectáculo. Una plaza abarrotada, miradas encendidas y tres rehenes israelíes exhibidos como trofeos de guerra. La propaganda pesa más que la vida, el dolor se convierte en herramienta, y el sufrimiento ajeno se transforma en estrategia. No hay tregua para la humanidad cuando el cinismo dicta las reglas del juego.
Milicianos de Hamas exhiben a un rehén israelí liberado en un acto propagandístico en Gaza.
Milicianos de Hamas exhiben a un rehén israelí liberado en un acto propagandístico en Gaza. / RTVE

En el centro de Gaza, bajo el sol que todo lo quema y entre los escombros que cuentan la historia de una guerra sin final, Hamas monta su teatro. Una plaza, una multitud y tres rehenes israelíes convertidas en trofeos de guerra, en piezas de un ajedrez despiadado donde la propaganda pesa más que la carne y la sangre de los cautivos. La tregua, anunciada como el primer paso hacia la desescalada, se convierte en una escena grotesca: una exhibición pública de lo que nunca debió ser capturado.

Emily Damari, de 28 años, Doron Steinbrecher, de 31, y Romi Gonen, de 24, fueron entregadas a la Cruz Roja en la plaza Saraya, en Al Rimal. ¿Libertad? No exactamente. Hamas hizo de su liberación un espectáculo, un mensaje en vivo para el mundo: aquí mandamos nosotros. Los militantes, armados hasta los dientes, observaban con la frialdad de quienes han aprendido a manejar el miedo como herramienta de dominio. Y la multitud palestina, entre la celebración y la desesperación, entre las consignas y el hambre, observaba el ritual.

La tregua, mediada con dificultad por Estados Unidos, Egipto y Qatar, comenzó con retrasos, como si el tiempo en la guerra se midiera en sufrimiento y no en horas. Hamas tardó en proporcionar la lista de rehenes, Israel contuvo el aliento. La angustia no es solo por los que regresan, sino por los que aún siguen en manos de los secuestradores. En Israel, la liberación de estas tres mujeres fue recibida con llanto, con abrazos, con la esperanza de que el infierno en la Tierra tiene salida. Pero también con rabia: a cambio de estas tres vidas, Israel liberó a 39 prisioneros palestinos, entre ellos militantes de Hamas condenados por ataques terroristas.

Un intercambio desigual. Un dilema moral y político que divide a Israel. En las calles de Tel Aviv, familias que aún esperan noticias de sus seres queridos secuestrados exigen acción: “No nos conformamos”, gritan. “Queremos a todos en casa”. Mientras tanto, los altos mandos israelíes lo dejan claro: la guerra no ha terminado. La tregua es una pausa, no una paz. Netanyahu advierte que la cacería de los responsables del ataque del 7 de octubre continuará, que Gaza seguirá en la mira.

Y en Gaza, el panorama es igual de incierto. La tregua permitió un breve respiro, pero no alivia la realidad de una población atrapada entre los bombardeos y el dominio de un grupo que usa civiles como escudos, como peones. Las calles se llenan de desplazados que intentan regresar a lo que queda de sus hogares, de madres que buscan comida para sus hijos en un territorio al borde del colapso humanitario.

El mundo observa, expectante. La ONU celebra la pausa, los líderes internacionales exigen soluciones duraderas. Pero la verdad es que en Medio Oriente, las treguas son solo el interludio entre una batalla y la siguiente. Y Hamas, con su teatro de la crueldad, lo sabe demasiado bien.

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