TERRORISMO

Eli Sharabi: El rostro de la barbarie terrorista islámica de Hamás y la indiferencia del mundo

Milicianos de Hamás desfilan armados en Gaza mientras son vitoreados por la multitud. En el recuadro, Eli Sharabi, rehén israelí del kibutz Beeri, antes y después de pasar 491 días en cautiverio, visiblemente demacrado y desnutrido tras su liberación. Su esposa y sus hijas fueron asesinadas el 7 de octubre.

La vergüenza que debería sacudir a las sociedades democráticas parece haberse desvanecido en el ruido de la propaganda y la corrección política. Mientras Hamás exhibe a los rehenes israelíes demacrados, utilizadas como piezas de su macabra estrategia propagandística, gran parte de la opinión pública mundial elige mirar hacia otro lado, justificando o minimizando las atrocidades de un grupo terrorista que no oculta su objetivo: la destrucción del Estado judío.  

La imagen de Eli Sharabi antes y después de su secuestro a manos de Hamás es una acusación silenciosa pero contundente contra aquellos que han decidido ignorar la brutalidad del terrorismo. En un solo rostro se condensa el horror de 491 días de cautiverio en túneles oscuros, sin luz, sin comida suficiente, sin contacto con el mundo exterior. Pero también es una prueba del abandono moral de la comunidad internacional, que ha optado por mirar hacia otro lado, más preocupada por culpar a Israel que por exigir la liberación de los rehenes.

La crueldad como estrategia

Eli Sharabi fue secuestrado el 7 de octubre de 2023 desde su hogar en el kibutz Beeri. En un solo día, su mundo fue destruido: su esposa Elianne y sus hijas, Yahel de 13 años y Noya de 16, fueron asesinadas por los terroristas de Hamás. Él, en cambio, fue arrastrado a la Franja de Gaza, donde comenzó su infierno personal.

Su liberación el 8 de febrero de 2025, 491 días después de su secuestro, estuvo lejos de ser un acto humanitario por parte de sus captores. Como han hecho con todos los rehenes liberados, Hamás convirtió su entrega en un espectáculo propagandístico. Fue obligado a subir a un escenario, rodeado de terroristas enmascarados y armados, mientras las cámaras grababan cada segundo. Se vio a un hombre irreconocible, con el cuerpo consumido por la falta de alimento, con el rostro demacrado y la mirada perdida. Un sobreviviente de lo inimaginable.

No es una imagen que el mundo debería pasar por alto. Pero, lamentablemente, la reacción global ha sido predecible: tibia, hipócrita, con la misma doble moral que ha caracterizado la cobertura de esta guerra.

El silencio de los que deberían hablar.

Desde el 7 de octubre, los rehenes israelíes han sido sometidos a condiciones inhumanas. Se han documentado testimonios de violencia extrema, torturas físicas y psicológicas, desnutrición severa y falta de atención médica. Sin embargo, las organizaciones que se presentan como defensoras de los derechos humanos han guardado silencio. La Cruz Roja Internacional, que tiene acceso a prisioneros palestinos en cárceles israelíes y se preocupa por su bienestar, no ha movido un solo dedo para exigir acceso a los rehenes en Gaza.

¿Por qué? Porque el sufrimiento de los israelíes no encaja en la narrativa de víctimas y opresores que domina el discurso internacional. Porque es más fácil acusar a Israel de "genocidio" que enfrentarse a la realidad de un grupo terrorista que usa a sus propios civiles como escudos humanos ya sus rehenes como herramientas de manipulación.

La hipocresía no termina ahí. Medios de comunicación de todo el mundo han cubierto cada operación militar israelí con lupa, buscando cualquier excusa para demonizar al Estado judío. Pero cuando se trata de los rehenes, la cobertura ha sido mínima, casi anecdótica. No ha habido titulares indignados ni condenas internacionales enérgicas. No ha habido marchas multitudinarias exigiendo su liberación.

El espectáculo de la humillación

Las imágenes de los rehenes liberados han revelado no solo el sufrimiento que han soportado, sino la estrategia deliberada de Hamás de utilizarlos como piezas de un juego macabro. Fueron obligados a declarar frente a cámaras que habían sido bien tratados, que habían recibido comida y cuidados. Todo esto mientras sus cuerpos delataban la verdad: una brutalidad sistemática que buscaba quebrarlos física y emocionalmente.

La periodista israelí Jana Beris lo resumió con contundencia en sus redes sociales:

"Hamas hizo todo el tiempo terrorismo psicológico. 'Entrevistaron' a los tres sobre el escenario, habiéndolos filmado antes diciendo que agradecen a Hamás por el trato recibido. Cínicos odiosos. Pero una cosa debe estar clara: los terroristas hacen todo esto porque saben que el mundo les permite, les cree, que ataca a Israel. El mundo hipócrita tiene gran parte de la culpa de lo que está ocurriendo."

Este no es un caso aislado. Es un patrón que se ha repetido una y otra vez a lo largo de la historia reciente. Se exige que Israel muestre "moderación", que ceda ante la presión diplomática, que negocie con quienes han demostrado no tener ningún interés en la paz. Mientras tanto, los terroristas siguen operando con impunidad, sabiendo que cuentan con el respaldo implícito de una parte del mundo que prefiere justificar sus crímenes en lugar de enfrentarlos.

¿Dónde está la indignación?

El 7 de octubre de 2023 fue el peor ataque contra judíos desde el Holocausto. Más de 1.200 personas fueron asesinadas en un solo día. Cientos de civiles fueron secuestrados y llevados a Gaza. A pesar de ello, Israel ha sido puesto en el banquillo de los acusados, mientras que Hamás ha sido retratado como una víctima de las circunstancias.

Jana Beris hizo una comparación inevitable:

"Pasaron 80 años desde la Segunda Guerra Mundial. No, no comparo la Shoá con nada. Es incomparable. Pero sí hay claras reminiscencias al ver el estado de los secuestrados liberados."

Las imágenes de Eli Sharabi evocan recuerdos de otro tiempo, cuando los judíos eran despojados de su humanidad y el mundo guardaba silencio. Y aunque el Holocausto no tiene comparación, la indiferencia y la justificación del mal que vemos hoy nos recuerdan que la historia no ha terminado de enseñarnos sus lecciones.

Israel no puede darse cuenta del lujo de olvidar

A pesar de la traición moral de gran parte del mundo, Israel tiene claro su deber: recuperar a cada uno de los rehenes y destruir a Hamás para que esto no vuelva a ocurrir. No es una cuestión de venganza, sino de supervivencia. No hay negociación posible con quienes han demostrado que su único objetivo es la erradicación del Estado judío.

"Israel los tiene que destruir. Pero primero, debe recuperar a todos los secuestrados aún en Gaza".

Eli Sharabi regresó, pero su vida nunca será la misma. Nunca volverá a abrazar a su esposa ni a sus hijas. Nunca podrás borrar de su memoria los 491 días de terror que vivió. Pero su imagen debe servir como testimonio y advertencia.

A los que han justificado a Hamás, a los que han guardado silencio, a los que han preferido culpar a Israel en vez de enfrentarse a la verdad, la historia los juzgará. Y cuando ocurra la próxima tragedia –porque ocurrirá si no se tomarán medidas drásticas–, no podrán decir que no lo verán venir.