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Siria prohíbe el bikini: solo se podrá nadar con burkini en playas y piscinas

Un decreto del Ministerio de Turismo sirio ha hecho del burkini la única vestimenta autorizada en playas y piscinas públicas, generando un terremoto político y social dentro y fuera del país

Una mujer con burkini. / A.P.
Una mujer con burkini. / A.P.

El Ministerio de Turismo de Siria ha aprobado una nueva normativa que exige el uso del burkini para mujeres y niñas en playas y piscinas públicas, marcando un cambio drástico respecto al acceso y comportamiento en los espacios recreativos del país. La medida ha provocado una intensa controversia tanto a nivel nacional como internacional, en un contexto de creciente preocupación por las restricciones a las libertades individuales bajo el nuevo gobierno de transición liderado por Ahmed Al-Sharaa.

Una regulación que redefine los espacios públicos

El decreto, recogido en la Resolución 294 y publicado el pasado 9 de junio en los canales oficiales del ministerio, establece en su sección 2.1 que las mujeres deben portar “vestimenta de baño más modesta”, lo cual se traduce específicamente en el uso del burkini o un traje de baño que cubra gran parte del cuerpo. Solo se eximen de esta norma los hoteles de lujo (cuatro estrellas o más) y espacios privados, donde se permite la vestimenta occidental habitual.

Los hombres tampoco están exentos de esta nueva reglamentación. Aunque menos restrictiva, la norma obliga a los varones a llevar camisa puesta mientras estén fuera del agua, prohibiendo permanecer con el torso desnudo en espacios públicos, lo que también ha sido interpretado como parte de una estrategia de control social y visual más amplia.

El burkini como símbolo de una nueva etapa política

Aunque el burkini —una prenda creada en 2004 por la diseñadora australiana Aheda Zanetti— fue concebido como una herramienta de conciliación entre fe religiosa y disfrute personal, su imposición obligatoria en espacios públicos lo transforma en un instrumento de regulación del cuerpo femenino.

La decisión coincide con una serie de medidas impulsadas desde el ascenso al poder de Ahmed Al-Sharaa, que reflejan una tendencia a restringir la visibilidad y participación de las mujeres en la esfera pública. Desde que asumió el cargo tras la caída de Bashar al-Assad en diciembre de 2024, el nuevo presidente ha tratado de consolidar su autoridad mediante un discurso de orden moral, seguridad y tradición, en ocasiones recurriendo a elementos ideológicos cercanos al islamismo más conservador.

Cabe recordar que Al-Sharaa fue líder de Hay’at Tahrir Al-Sham, la rama siria de Al-Qaeda, organización considerada terrorista por la comunidad internacional. Aunque su gobierno firmó una declaración constitucional que prometía ampliar los derechos de las mujeres, las acciones concretas parecen ir en sentido contrario.

Contradicciones con la promesa de derechos civiles

Pese a que el gobierno transicional prometió libertad de expresión, igualdad de género y justicia para las víctimas del régimen anterior, los indicios actuales revelan una fuerte regresión en materia de libertades. En los últimos meses se ha documentado un impulso para:

  • Segregar a hombres y mujeres en eventos públicos y transportes.

  • Exigir vestimenta modesta obligatoria en universidades y edificios gubernamentales.

  • Excluir a las mujeres del gobierno, donde solo una figura femenina ocupa un ministerio.

Estos hechos generan preocupación internacional sobre el rumbo que tomará Siria en materia de derechos humanos.

La ONU y la comunidad internacional piden cautela

El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha instado recientemente a Siria a respetar los compromisos adquiridos y a “resolver las diferencias sociales con diálogo y sin imposiciones unilaterales”. A pesar de ello, el régimen ha defendido la normativa como parte de su estrategia de “reconstrucción de la identidad nacional” y ha recibido respaldo de aliados como Irán y China, así como de los países del bloque ALBA.

Una ciudadanía dividida

En la práctica, la imposición del burkini ha abierto un nuevo frente de división en la sociedad siria. Parte de la población urbana, secular y educada se opone firmemente a esta medida, mientras que en sectores rurales y más conservadores se percibe como un gesto positivo hacia la tradición islámica.

La tensión es visible en las redes sociales, donde se multiplican los testimonios de mujeres que denuncian presión social e institucional para modificar su vestimenta, así como restricciones para acceder a espacios de ocio si no cumplen las nuevas normas.

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