¿Por qué China aún podría salir victoriosa frente a la tormenta arancelaria de Trump?
Este mes, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció la imposición de aranceles del 125% sobre los productos chinos, al tiempo que redujo los aranceles al 10% para mercancías procedentes de 75 países. Esta medida no fue solo una acción comercial, sino también una señal política y una sacudida global. Podría considerarse el paso más agresivo en una guerra económica entre Estados Unidos y China que no ha hecho más que intensificarse. Sin embargo, China no mostró alarma. En cambio, respondió con una firme declaración: “lucharemos hasta el final”. Para Pekín, esta ya no parece ser una guerra de desgaste, sino una batalla que confía poder ganar.
China de hoy es muy distinta a la de 2018, cuando Trump lanzó su primera ofensiva arancelaria. Tras el estallido de la pandemia, muchos ejecutivos occidentales abandonaron China, delegando la gestión a responsables locales y perdiendo así contacto directo con la realidad del país. En su ausencia, la industria manufacturera china experimentó una transformación radical. En lugar de solo ponerse al día, tomó la delantera. En nuevas zonas industriales por todo el país, fábricas emergieron a un ritmo vertiginoso, impulsadas por grandes préstamos de bancos estatales y un fuerte respaldo político. Las plantas más antiguas fueron modernizadas con robots e inteligencia artificial, alcanzando niveles de producción más rápidos, económicos y con mayor precisión y calidad.
Este salto no fue casual. Es el resultado de décadas de inversión estatal en educación, infraestructuras e investigación. También ha florecido en una sociedad que acepta jornadas laborales largas y mantiene una fuerte conciencia de competencia global. Como advirtió un funcionario estadounidense, se aproxima un “tsunami” de productos chinos baratos y de alta calidad, no solo hacia Estados Unidos, sino hacia todo el mundo.
Trump sigue confiando en los aranceles como medio de presión, pero el gobierno chino ya no parece considerar la negociación como el objetivo principal. A diferencia de la actitud comedida que adoptó en el pasado para mantener abiertas las vías del diálogo, esta vez China demuestra estar preparada para afrontar el choque frontal. Cada vez más funcionarios creen que el país puede ganar, no por tener una superioridad abrumadora, sino por su mayor capacidad de resistencia.
Esta convicción se basa en varios factores clave. Primero, que la economía estadounidense no puede soportar indefinidamente los efectos de los altos aranceles, como la inflación y el desempleo. Si las represalias chinas elevan los precios al consumidor o provocan despidos en fábricas estadounidenses, la presión social podría obligar a Trump a retroceder. Segundo, que el mercado interno de China ya está en mejor posición para absorber choques externos. Desde 2022, Pekín ha intentado ampliar la demanda doméstica y reducir la dependencia de las exportaciones. Aunque el proceso es complejo, está dando resultados. Además, se estudian medidas como ajustes en el tipo de cambio y subsidios a la exportación para aliviar la carga sobre las empresas.
China, además, no carece de instrumentos de represalia. La presión de Trump no se limita a lo comercial; también apunta a temas como el fentanilo, la guerra en Ucrania o la aplicación TikTok. Pero estos son precisamente ámbitos donde China puede devolver el golpe. Elon Musk, CEO de Tesla y aliado de Trump, depende en buena medida del mercado chino, que representa cerca del 20% de su negocio. Si Pekín impone restricciones por motivos de seguridad tecnológica o regulaciones del mercado, las consecuencias se sentirán en ambos lados.
El riesgo mayor para Estados Unidos radica en su propia volatilidad política. Cuando Washington se retira de acuerdos que ha firmado o convierte su política comercial en un instrumento de disputa interna, no solo pierde credibilidad ante sus rivales, sino también ante sus aliados. En Europa y Asia, varios países muestran ya menos disposición a alinearse con Estados Unidos. Para Pekín, esto no hace más que confirmar su diagnóstico sobre el creciente aislamiento estadounidense. Las políticas de Trump tal vez generen apoyo interno, pero siembran dudas entre aliados tradicionales y abren espacio para que competidores como China ganen terreno. Desde América Latina hasta Oriente Medio, y desde África hasta Asia Central, China expande su presencia económica mediante nuevas inversiones y acuerdos bilaterales. No se está retirando, sino consolidando su papel en la arquitectura económica global.
Por supuesto, China no es inmune a los efectos de la guerra comercial. Sus autoridades son plenamente conscientes del impacto que una confrontación prolongada puede tener sobre el crecimiento. No obstante, a diferencia del paquete de estímulo de 4 billones de yuanes desplegado en 2008 durante la crisis financiera mundial, la respuesta actual es más mesurada. Fondos de inversión orientados por el Estado han comenzado a intervenir discretamente en los mercados bursátiles para estabilizar la confianza. Gobiernos locales han recibido la instrucción de ayudar a los exportadores a diversificar mercados fuera de Estados Unidos. Paralelamente, el banco central estudia reducir los tipos de interés y el coeficiente de reservas para inyectar liquidez. Pekín no ve esto como un choque pasajero, sino como una contienda a largo plazo para la que está dispuesto a prepararse.
Trump puede ver los aranceles como un símbolo de fuerza, pero para muchos observadores se trata más bien de una apuesta arriesgada. En una economía global tan interconectada, usar el comercio como arma puede volverse en contra. Las políticas destinadas a forzar la rendición de China podrían, en cambio, empujarla hacia una mayor autosuficiencia tecnológica, una base de mercados más amplia y una red diplomática más profunda. En ese futuro, no está claro si Estados Unidos podrá seguir ocupando la posición dominante que hoy presume