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El Gobierno de Starmer acorralado por la mayores protestas contra la inmigración

Protestas en Reino Unido contra la inmigración. / x
Con Keir Starmer el país se enfrenta a una ola de disturbios, protestas callejeras y choques violentos que han dejado cientos de detenidos

Lo que comenzó como una reacción tras el apuñalamiento múltiple en Southport —donde murieron tres menores— se ha transformado en un conflicto nacional que enfrenta a manifestantes antiinmigración con contramanifestantes antirracistas.


Un crimen, una mentira y un país dividido

El detonante fue un asesinato múltiple en el norte de Inglaterra. Aunque el autor era británico de nacimiento, hijo de padres de origen ruandés, en redes sociales se viralizó la falsa versión de que se trataba de un inmigrante musulmán. Ese detalle, falso pero inflamable, encendió la ira de miles de británicos que ya veían la inmigración como la «gota que colma el vaso».

En los días posteriores, las calles se llenaron de manifestaciones masivas. El resultado: 128 agentes heridos y más de 400 detenciones. La fractura social quedó al descubierto: un país atrapado entre quienes reclaman mano dura contra la inmigración y quienes denuncian un ascenso imparable del extremismo xenófobo.


Un Gobierno en equilibrio inestable

Desde entonces, el Ejecutivo laborista camina con pies de plomo. Cada incidente criminal amenaza con ser interpretado como «otro caso de inmigración fuera de control». En mayo, tras un atropello masivo en Liverpool, la Policía se apresuró a aclarar que el detenido era un británico bajo los efectos de las drogas, temiendo que la narrativa de la inmigración peligrosa volviera a encender la chispa.

Pero la calma nunca llegó. Esta semana, nuevos datos oficiales revelaron que más de 32.000 solicitantes de asilo viven en hoteles del Reino Unido, un 8 % más que el año anterior. Aunque la cifra sigue por debajo del pico de 2023, la presión social es creciente.

Los ayuntamientos —laboristas, conservadores y de Reform UK— han comenzado a presentar demandas judiciales contra el uso de hoteles como refugios. El caso de Epping Forest, que logró frenar el alojamiento de inmigrantes en un hotel de Essex, ha sentado un precedente explosivo. El Gobierno tiene hasta el 12 de septiembre para reubicar a los afectados, mientras varios distritos amenazan con replicar la estrategia.


La batalla en las calles

La tensión se ha trasladado al asfalto británico. Más de 30 protestas y contraprotestas han estallado este fin de semana en ciudades como Leeds, Cardiff, Liverpool, Bristol u Oxford.

  • En Liverpool, medio centenar de manifestantes antiinmigración se enfrentaron con 300 contramanifestantes.

  • En Chesnut, unas 250 personas bloquearon una carretera y lanzaron antorchas contra un hotel con inmigrantes.

  • En Cardiff, los ataques se dirigieron a un alojamiento de refugiados afganos que habían colaborado con el Ejército británico.

  • En Oxford y Chichester, aunque con grupos más pequeños, la violencia también se repitió.

La Policía británica tuvo que desplegarse en masa para separar a los bandos, evitando un baño de sangre mayor.


Los discursos que alimentan la fractura

Las organizaciones antirracistas insisten en que la comunidad migrante necesita protección. Emma Taylor-Beale, de Stand up to Racism, declaró que los refugiados «merecen dignidad» y no pueden convertirse en chivos expiatorios.

En el lado opuesto, el líder de Reform UK, Nigel Farage, ha endurecido su discurso. Promete deportaciones masivas, abandonar el Convenio Europeo de Derechos Humanos y aprobar leyes que impidan solicitar asilo a quienes lleguen en pequeñas embarcaciones. «Solo hay una manera de detener esto: detener y deportar», afirmó.


Starmer, de la esperanza al desgaste

El Gobierno laborista, que llegó al poder gracias a una victoria histórica y al desplome de los conservadores, afronta ahora un escenario de desgaste acelerado. El debate migratorio ha colocado a Starmer en la misma casilla de salida de hace un año: sin un plan claro, rodeado de presión social y con la popularidad en caída libre.

Mientras tanto, las calles británicas hierven. Lo que está en juego no es solo la política migratoria, sino el futuro de la cohesión nacional en un Reino Unido dividido como nunca desde el Brexit.