La sostenibilidad va más allá del paisaje
La llegada del verano reabre el debate sobre la conservación del patrimonio natural cántabro y la necesidad de una gestión más eficaz de los recursos
Cuando pensamos en Cantabria, lo primero que nos viene a la mente son sus paisajes, el verde de sus campos, la brisa del mar y esa lluvia, siempre imprevisible, que nos obliga a vivir con un ojo puesto en el cielo. Una tierra donde es posible pasar de la playa a la montaña en apenas unos minutos y donde el contacto con la naturaleza, casi sin darnos cuenta, forma parte de nuestra vida cotidiana.
Los cántabros llevamos esa riqueza natural por bandera y la mostramos con orgullo porque sabemos que constituye uno de nuestros mayores patrimonios. Es reclamo para quienes nos visitan, motivo de admiración para quienes la descubren y una de las razones por las que Cantabria ocupa un lugar privilegiado entre quienes buscan calidad de vida y una conexión auténtica con el entorno.
Por eso, hoy, con motivo del Día Mundial del Medio Ambiente, merece la pena detenerse a reflexionar sobre aquello que tanto valoramos y que, precisamente por haber convivido siempre con ello, a veces damos por garantizado.
Contamos con un patrimonio natural extraordinario y quizá uno de los mayores riesgos sea pensar que va a ser así para siempre. Que la sostenibilidad viene incorporada al paisaje. Pero disponer de espacios naturales excepcionales no nos exime de la responsabilidad de protegerlos y el deber de gestionarlos adecuadamente.
Un paisaje verde no sustituye a una estrategia. La sostenibilidad no se mide por la belleza de una postal, sino por la forma en que gestionamos los recursos, el territorio y nuestra relación con el entorno. Estamos a las puertas del verano. Y con él llegará uno de los momentos de mayor actividad -y también de mayor presión ambiental- para la región. Miles de personas recorrerán nuestras playas, llenarán nuestros pueblos y disfrutarán de toda la riqueza natural que ofrece Cantabria. El turismo genera riqueza, empleo y oportunidades para muchos municipios. Pero también pone a prueba nuestra capacidad para conservar aquello que precisamente atrae a quienes nos visitan.
Los últimos veranos han dejado señales que deberían llevarnos a replantear el modelo de desarrollo que queremos para la región. El deterioro de las sendas de Costa Quebrada, la proliferación de autocaravanas en espacios sensibles, la creciente masificación turística en enclaves como Fuente Dé, los episodios de macrobotellón vividos en El Puntal, el goteo de banderas negras en nuestro litoral o el desgaste del bosque de secuoyas de Cabezón de la Sal apuntan en la misma dirección: la necesidad de gestionar con mayor cuidado un patrimonio natural que durante demasiado tiempo hemos dado por garantizado.
Ojalá este verano no vuelva a estar marcado por este tipo de noticias. Corremos el riesgo de acabar normalizando situaciones que hace apenas unos años habrían generado una profunda alarma social. Este reto de gestión no se limita a los espacios naturales; se traslada también al corazón de nuestras ciudades y pueblos durante sus fiestas de verano. Durante los próximos meses, decenas de municipios celebrarán fiestas patronales, conciertos, verbenas y eventos al aire libre que concentrarán a miles de personas y conllevarán un importante consumo de recursos y la generación de una elevada cantidad de residuos.
Precisamente por eso, la sostenibilidad debería integrarse desde el diseño y la organización de este tipo de eventos. ¿Será este el verano en el que por fin veamos, en citas tan emblemáticas como la Semana Grande de Santander, una apuesta decidida por medidas de prevención de residuos como el uso generalizado del vaso reutilizable? Cuidar el medio ambiente no consiste en contemplar el paisaje, sino en garantizar que siga formando parte de lo que somos. Y eso exige planificación. Anticiparse, definir prioridades y mirar más allá de una legislatura, de la próxima temporada turística y de las urgencias del presente.
Sin embargo, la realidad demuestra que, lejos de anticiparnos, en algunos aspectos seguimos llegando tarde. La implantación de la recogida separada de materia orgánica, obligatoria desde hace años, continúa avanzando con una lentitud difícil de justificar. Mientras tanto, la economía circular sigue esperando el impulso decidido que le permita convertirse en una auténtica oportunidad de desarrollo para la región. Son ejemplos que evidencian la distancia que aún existe entre las declaraciones de intenciones y la capacidad real para llevarlas a la práctica.
No debemos caer en el error de confundir naturaleza con sostenibilidad. Proteger nuestro entorno no es solo un desafío ambiental; es también un motor de empleo, de turismo, de innovación, de equilibrio territorial, de conservación de los espacios naturales, de calidad de vida y, en definitiva, del futuro de Cantabria.
Tenemos la responsabilidad de conseguir que, cuando se piense en Cantabria dentro de unos años, sigan imaginándose el mismo verde, los mismos paisajes y la misma riqueza natural que hoy forman parte de nuestra identidad.