Una diputada del PSOE que no respeta la Constitución: “Deja de acosarme”
Un nuevo incidente protagonizado por una diputada socialista reabre el debate sobre el respeto a la prensa y el deber institucional de dar explicaciones públicas.
Una representante pública no puede escudarse en el victimismo cuando un periodista le formula preguntas legítimas. Mucho menos puede tachar de “acoso” el ejercicio del derecho a la información.
Un espectáculo que indigna
Los hechos son conocidos: el periodista Bertrand Ndongo se aproxima con educación a una diputada del PSOE para preguntarle por la crisis institucional que atraviesa su partido. Lo hace sin insultar, sin elevar el tono, con preguntas legítimas sobre la gestión de Pedro Sánchez y el escándalo Ábalos.
La respuesta de la diputada fue gritar «¡No me acoses!» y lanzarle frases despectivas en mitad de la vía pública. Una escena bochornosa que retrata el desprecio por los principios más básicos del Estado de derecho.
Representar exige rendir cuentas
Un cargo público, pagado con dinero de todos los españoles, está obligado a responder con respeto. No es optativo. Es un deber constitucional. El artículo 20 de la Constitución Española reconoce expresamente el derecho a comunicar y recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión.
Es decir: preguntar no es acoso. Es democracia. Y contestar con respeto no es una concesión: es una obligación moral, institucional y legal.
¿Qué teme el PSOE?
La actitud de esta diputada no es un caso aislado. Es el reflejo de un clima de impunidad y arrogancia promovido desde la cúpula socialista. Cuando Pedro Sánchez desprecia a los medios incómodos y su Gobierno acusa a periodistas de “fango”, no sorprende que sus cuadros menores imiten el ejemplo.
Lo que temen es lo obvio: preguntas sobre el caso Koldo, sobre los whatsapps con Ábalos, sobre las listas electorales amañadas o sobre el uso partidista del Congreso. Y en vez de argumentar, gritan. En vez de responder, acusan.
Periodismo incómodo, pero necesario
Bertrand Ndongo no hizo otra cosa que cumplir su deber: preguntar. Y lo hizo con más cortesía que la que recibió. Si esta diputada del PSOE hubiera tenido la templanza de una servidora pública, habría respondido con argumentos, no con gritos. Pero eligió el espectáculo.
Por eso hoy, más que nunca, es necesario recordar que sin libertad de prensa no hay democracia. Que a los políticos se les paga para que rindan cuentas. Y que ningún partido, por poderoso que se crea, puede situarse por encima de los derechos fundamentales.