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La montaña, el frío y la tradición: Nochevieja en Cabaña Verónica

Este año, Nani compartió su pasión por la montaña con Adrián, Tania y Oihana. / a.e

Todos los años Nani desafía las alturas donde el frío y la soledad se convierten en sus compañeros | Esta tradición, nacida de la necesidad de encontrar paz, se ha convertido en un ritual personal imborrable

Nani lleva cuatro años subiendo cada Nochevieja a Cabaña Verónica, un refugio en las alturas donde el viento y el frío son compañeros constantes.

Aunque las primeras veces lo hizo en solitario, este año compartió el viaje con dos parejas más que, como él, sienten la montaña como una llamada ancestral, una invitación a escapar del ruido del mundo.

Pero, ¿cómo comenzó todo esto?

La historia de Nani no es solo un relato de montañas y cumbres, sino también una historia de pérdidas, de búsqueda de algo que solo se puede hallar en la quietud de las alturas.

Hace más de tres décadas, cuando su padre falleció y su madre decidió no celebrar más las navidades, Nani sintió el vacío de la festividad apoderándose de su vida.

En lugar de sucumbir a la tristeza, decidió darle la vuelta a la tradición.

A los 18 años, subió solo desde Bulnes hasta el refugio de Urello, y al llegar allí, en medio de la montaña, una idea plantó su semilla:

«Pasar la Nochevieja en un refugio de montaña debe ser increíble».

Y así comenzó lo que se convertiría en una tradición personal, un rito que no solo celebraba el fin de un año, sino el comienzo de algo nuevo:
un nuevo reto, una nueva conexión con la naturaleza.


Cada año, el esfuerzo físico necesario para llegar a Cabaña Verónica es mayor, pero también lo es la recompensa.

Este refugio, escondido entre las cumbres, es un santuario de calma y soledad, alejado de las tensiones del mundo.

Este año, las temperaturas llegaron a los -10,5 ºC, y aunque el frío puede resultar intimidante, Nani lo afronta con determinación.

Como esquiador de travesía y amante de la montaña, su cuerpo está acostumbrado a la exigencia física, y la preparación es parte del ritual.

Pero no solo el cuerpo se prepara para la ascensión. También es necesario un estado mental adecuado.

«No es solo subir a la montaña, es encontrar paz», explica.

El silencio absoluto que reina en Cabaña Verónica, una vez allí, lo envuelve todo.
A la hora de la medianoche, no hay estruendos ni celebraciones ruidosas, solo el viento y el crujir de la nieve.

Es un silencio tan profundo que permite al alma respirar y conectar con lo esencial, con la naturaleza en su forma más pura.


Este año, el brindis en la cima fue diferente.

Las dos parejas que lo acompañaron trajeron consigo una aplicación que marcaba la cuenta atrás para las 12, como si el tiempo se hubiera detenido en ese rincón solitario del mundo.

Con vino caliente y cerveza, celebraron la llegada del nuevo año, y aunque la cena fue sencilla, el ritual de estar juntos en la cima, compartiendo un momento tan íntimo, fue lo que realmente importó.

A pesar de su amor por la soledad, Nani admite que la compañía de las parejas este año trajo algo especial.

«Este año fue diferente», confiesa.
«Pude compartir lo que sentía con otros que también valoraban lo que estábamos viviendo».

La experiencia se volvió más rica, más profunda, como si la montaña le hubiera dado el regalo de la conexión humana en el lugar más solitario que existe.

Subir hasta Cabaña Verónica no es fácil.

El trayecto está lleno de desafíos, desde el frío hasta el cansancio físico.
Es una lucha constante entre el cuerpo y la mente.

Pero, una vez en la cima, todo el esfuerzo desaparece, como si la montaña hubiera transformado esa lucha en algo divino.

«La magia está en la soledad, en la naturaleza, en el esfuerzo personal»,
dice Nani con una sonrisa que refleja el profundo amor que siente por ese lugar.

Y cuando llega el amanecer, la recompensa es indescriptible.

«Es un paisaje incomparable», asegura.

En silencio, con los primeros rayos del sol acariciando las cumbres, Nani sabe que lo que ha vivido no tiene precio.

Esa es la verdadera esencia de la Nochevieja en Cabaña Verónica:
un regalo de la montaña, un refugio del alma, un reto para el cuerpo, y una lección sobre la vida, la soledad y la paz.

¿Se plantea dejar de hacerlo algún año? No.

Para Nani, este ritual es una cita consigo mismo, un compromiso con su paz interior, con la naturaleza.

Es algo que, por mucho que las circunstancias de la vida cambien, nunca dejará de hacer.

Y aunque le gustaría que más personas pudieran conocer esta experiencia, lo hace con una advertencia:

«Este lugar no es para el turismo masivo, es para aquellos que realmente aprecian la montaña y entienden el esfuerzo que conlleva llegar».