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El Diario de Cantabria

RACING - DEPORTIVO

LLEGÓ EL MIEDO

  • El Racing sumó ante el Deportivo un nuevo empate 
  • Fue superior en el primer tiempo pero muy inferior en el segundo 
  • Tras el descanso, fue incapaz de enlazar dos pases y transmitió una preocupante sensación de inseguridad
Cejudo, protegiendo el balón de la presión de Eneko Bóveda. / Cubero
Cejudo, protegiendo el balón de la presión de Eneko Bóveda. / Cubero

El Racing no es fiable. Es imposible adivinar qué equipo va a saltar a jugar, si va a ir disfrazado de Conan o de Bambi; de Harry Callahan o de Johnny English. Puede dar el susto y salir como en Vallecas o ilusionar como en Huesca. ¿Quién es el Racing? Nadie lo sabe. ¿Es el de la primera parte de ayer o el de la segunda? Si es el primero se puede ir con él al fin del mundo, pero si es el segundo es mejor quedarse en casa, llamar al párroco y encargar una novena. Porque los dos puntos que los hombres de Ania dejaron escapar ayer no fueron, ni mucho menos, los primeros, pero sí los más preocupantes. Porque contra el Deportivo dieron síntomas de no poder e incluso de tener miedo. Comienzan a temblar las piernas y cuando eso sucede llegan las preocupaciones de verdad.

El gol de Yoda que adelantó al Racing y con el que buena parte de los más de catorce mil espectadores se echaron las manos a la cabeza fue una barbaridad. Una genialidad individual de las que apenas se han visto en El Sardinero en los últimos años. Es cierto que la defensa deportivista dio la impresión de comportarse como se habría comportado un grupo de monjes benedictinos en pantalón corto, pero hay que atreverse a hacer algo así. Y a culminar la jugada como lo hizo el francés, que suma ya media docena de goles en su cuenta particular. Es cierto que, a partir de ese momento, apenas se dejó ver mucho más en el partido, pero a un tipo que suma un gol cada dos partidos hay que tenerle siempre en cuenta. Él se lo está creyendo como nunca se lo había creído y hay que exprimir al máximo esa faceta.

El Racing marcó pronto, por lo que medio trabajo parecía hecho. El Deportivo llegó a El Sardinero a bordo del consultorio del psicoanalista y recibir un golpe así cuando ni siquiera se habían cumplido los diez primeros minutos de juego fue como verse con las obras completas de Freud encima de la mesa y pendientes de ser estudiadas para el examen del día siguiente. Y se notó porque el equipo gallego fue muy poca cosa durante todo el primer tiempo. Puso sobre el terreno de juego toda la colección de síntomas de equipo roto que sufre quien se construyó para ascender y se ve colista y jugando cada partido a cara de perro para intentar lavar todo el barro que tiene encima.

Al Racing no le hizo falta demasiado para mostrarse como un equipo solvente e incluso superior en ese primer tiempo. Lo malo fue que lo echó todo por la borda en el segundo. Poco dura el disfraz de rico en casa de quien tiene el armario lleno de limitaciones. Porque el gran problema del conjunto cántabro en un segundo tiempo en el que se dedicó simplemente a resistir fue que no le daba para más. Perdió el balón en el centro del campo, perdió el dominio con él y sin él y se convirtió en un grupo de futbolistas que, por encima de todo, intentaban mantenerse juntos y arropados. Ni pensaban en quedarse con el cuero durante dos pases seguidos porque no les duraba.

El equipo cántabro volvió a hacer evidentes las cartas que le faltan en el centro del campo. Si seis días atrás tuvo que colocar a Cejudo como medio centro para tener a alguien en la sala de máquinas con el criterio y el talento suficientes para aguantar la pelota y darla sentido, ritmo e intención, ayer no se atrevió a tanto. Quizá porque no tenía que remontar, sino impedir que le remontaran. Por eso cuando Iván Ania vio que perdía la manija en la zona ancha y que su rival estaba anunciando a los cuatro vientos que iba a marcar un gol, apostó por cambiar de dibujo para jugar con un 4-1-4-1 con Dani Toribio por detrás de Sergio y Mario. Puso más piezas en la zona central del tablero pero aquello siguió sin aportar fútbol al Racing. Y era fútbol lo que necesitaba porque se estaba pasando todo el segundo tiempo corriendo detrás de la pelota. Y eso desespera a cualquiera. Los jugadores verdiblancos ni siquiera fueron capaces de aguantarlo para tomar un respiro. Aquello fue una tortura para ellos y para quienes les estaban animando desde la grada con un gesto de preocupación que servía como mejor resumen de lo que estaba pasando sobre el verde.

Pocos se habrían imaginado que el partido pudiera cambiar tanto tras el descanso. Todo parecía de cara. Incluso el resultado gracias a esa obra de arte que se sacó Yoda de la chistera. El francés recibió el balón por su banda procedente de Cejudo, que ve el fútbol como nadie y vio a su compañero avanzar con el cuchillo entre los dientes. Buñuel también se animó a incorporarse al ataque para generar una superioridad pero el extremo ni le miró. No lo tuvo en cuenta. El lateral tuvo que frenar porque su compañero sólo tenía el área entre ceja y ceja. Paró la pelota, levantó la cabeza y vio que estaba totalmente rodeado de color azul, pero no se arrugó. 

Él estaba cerca de la esquina del área y, de partida, tenía a dos rivales frente a él. Dio igual. Se coló por en medio de ambos. Ya estaba dentro del área y en seguida le encimó otro defensor. Era en ese momento cuando debía demostrar el hecho diferencial, lo que separa a los buenos atacantes de los que no lo son tanto: la capacidad para pararse a pensar en el lugar donde todo quema. Y Yoda lo hizo. No se puso nervioso, sino que dio pausa a la acción y volvió a levantar la cabeza. Fue entonces cuando recortó al zaguero que tenía delante, que bien le podía haber invitado a su boda porque era mucho más amigo que enemigo. El francés le convirtió en una cosa muy pequeña con un rápido recorte seguido de un zurdazo potente y marca de la casa que no vio nadie. Ni siquiera el portero.

Era el minuto nueve, pero el conjunto cántabro no hizo mucho más en ataque en todo el partido. A pesar de que fue considerablemente mejor que su rival en el primer tiempo, lo único que se llevó a la boca fue un cabezazo de Yoda en el minuto 43 a centro de Moi. Nada más. La sensación era de dominio pero sin generar peligro. Lo intentó Nuha con un par de contragolpes en los que, por encima de todo, mostró sus limitaciones. Se fue sin rematar entre palos aunque tuvo más de una oportunidad de cabecear en el interior del área, pero Ania no tiene más remedio que apostar por él.

David Rodríguez se pasó todo el segundo tiempo calentando para no jugar mientras que Jon Ander por fin entró en la convocatoria, de la que volvió a estar ausente Barral, a quien le están mostrando la puerta de salida con vistas al mercado invernal. El vasco salió a ejercitarse a falta de poco más de un cuarto de hora para el final y ya recibió la ovación de quienes estaban en la tribuna porque eran conscientes de que a los suyos les faltaba mordiente arriba. Colmillos afilados que hicieran verdaderamente daño. Sin embargo, ninguno de los dos entró. Acabó jugando el Racing sin un delantero centro de referencia, con un Cejudo asfixiado en banda izquierda y un Yoda que ya no volvía nunca atacando por la parcela central. Por la derecha estaba Nico Hidalgo intentando aportar esa frescura y ese atrevimiento que les faltó a los suyos durante todo el segundo tiempo, pero apenas se hicieron notar. Tampoco Sergio, que entró para jugar como, en principio, más le gusta hacerlo pero sin éxito. No le salió bien. Si al astillerense le está costando convencer al técnico en el presente curso, después de lo de ayer quizá más.

Cambió el Racing el dibujo al cuarto de hora de la reanudación porque Iván Ania veía que se le iba el partido, pero no encontró la solución. Aquello siguió siendo un desastre. ¿Qué pasó en el descanso? El Deportivo dio la sensación de haber dejado en la basura todas sus dudas e inseguridades y de haberlas convertido en elemento líquido para inyectarlo en la sangre de los jugadores racinguistas. Porque éstos dieron la impresión de ser víctimas de la enfermedad que había maniatado a los deportistas durante la primera mitad del encuentro. El intercambio de papeles fue total.

Todos los duelos que ganaba el Racing tanto por alto como por bajo los comenzó a perder. Las segundas jugadas también fueron para el Deportivo a partir del minuto 46 y, por supuesto, el balón. El conjunto cántabro ya no lo olió. Tenía manejada la contienda y pasó a parecer un juguete roto en manos del colista. Como bien diría Luis César en sala de prensa, si no estuvieran en la mala dinámica que vienen marcando, ayer habría remontado con dos o tres goles. Sobre todo, porque es muy fácil jugar contra quien tiene miedo. Y ayer hubo miedo primero a empatar y después a perder. La temporada avanza y la salsa se va calentando.

No hizo falta demasiado tiempo para comprobar que la historia había cambiado. Y quedaba todavía un mundo por delante. Era imposible aguantar 45 minutos así, por lo que el gol terminó por llegar. Lo hizo en una jugada rápida que puso en primer plano toda la colección de carencias racinguistas. Sergio perdió uno de esos duelos por alto para permitir que el balón dibujara una diagonal perfecta para llegar a las botas de Jovanovic. Éste tenía todo el campo para él, Luca dudó entre ir a por él o no y prefirió echar el culo hacia atrás y quedarse a esperarle. El duelo estaba ya planteado. Sonaba Morricone. Y ganó el atacante definiendo a la perfección, cruzando la pelota al segundo palo hasta marcar una trayectoria con la que no pudo el portero.

Antes, Koné ya había estampado un balón en la escuadra y después Luca tuvo que arrebatar la pelota de las botas de Jovanovic en el área pequeña para evitar que el volteo del marcador fuera continuado. Aquello fue un asedio del que era imposible salir vivo porque el Racing no se presentó en área rival hasta el descuento. Fue entonces cuando otro duro disparo de Yoda al cazar un rechace, seguido de otra brillante acción suya al regalarle un balón a Buñuel con el que éste no supo muy bien qué hacer, estuvieron a punto de enloquecer a su rival, pero éste se fue mucho más cuerdo de lo que llegó.

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