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El Diario de Cantabria

Uno de esos días en El Sardinero

El Sardinero rozó el lleno con 21.487 espectadores. Hubo ambiente de playoff en la ciudad desde la mañana. El recibimiento al autobús del equipo fue multitudinario. El tifo de ‘La Gradona’ ocupó todo el fondo norte

Algunos miles de aficionados se pasaron casi diez minutos tras el gran tifo que cubrió todo el fondo. / J.R.
Algunos miles de aficionados se pasaron casi diez minutos tras el gran tifo que cubrió todo el fondo. / J.R.
Uno de esos días en El Sardinero

No era la primera vez en el último lustro que el Racing se la jugaba. Ya va teniendo experiencia porque lleva demasiado tiempo metido en el pozo de la Segunda B y disputando playoffs de ascenso. La excepción fue el año pasado. Aquello es mejor olvidarlo porque, tras vivir una fiesta futbolística como ayer, cuando se concentraron en un puñado de horas todas las pasiones que son capaces de generar el fútbol, algo que es muy difícil de explicar a alguien que lo ve desde fuera, da aún más rabia habérselo perdido. Pero eso ya es pasado y ayer todo el mundo estaba centrado en un Atlético Baleares que obligó a echar mano del habitual guión para ambientar una cita así y disfrutar, en el fondo, de uno de esos días en El Sardinero.

Como siempre, la historia comienza desde la mañana. Bastaba dar un paseo por el centro de Santander para ver a multitud de gente uniformada de verdiblanco que dejaba bien claro que no se lo iban a perder y que iban a exprimir la jornada desde primera hora. Es algo que también hicieron los seguidores del Atlético Baleares, que ya se dejaron ver por el Paseo Pereda cuando ni siquiera habían dado las diez de la mañana. Fue un día muy largo para todos ellos pero se marcharon habiéndose dejado notar en El Sardinero con gritos de ‘Atleti, atleti’.

Conforme se fue acercando la hora del encuentro, la marea verdiblanca se fue acercando al estadio. Los que se quisieron apuntar a la fiesta organizada por el Ayuntamiento con comida, música y demás, estaban allí a eso de la una. Fue un buen lugar para ir caldeando la espera hasta que llegara la expedición verdiblanca, que por vez primera esta temporada se había concentrado el día anterior para jugar un partido como local. El autocar llegó a las cinco. Como siempre, hora y media antes del inicio de la contienda. Y toda esa zona de la fachada principal del estadio estaba repleta de aficionados, eminentemente muy jóvenes, ondeando su bufanda para dejar claro a quienes viajaban en aquel autocar verde que esta historia era de verdad. Ya lo sabían, pero por si acaso.

Los primeros que bajaron del autobús fueron tanto Iván Ania como David Barral, que, sobre todo durante el primer tiempo, tendrían continuos desencuentros porque el entrenador mandaba al delantero constantemente al área mientras él quería participar e incluso bajar al medio campo. Ahí no hacía nada. El gaditano fue de los más acelerados por causas de un ambiente de auténtica final disputada en tu propia casa. Porque las gradas ya presentaban un gran aspecto 45 minutos antes de que se iniciara el encuentro y el equipo recibió su primera ovación cerrada cuando salió a calentar. Y lo cierto es que se retiraron demasiado pronto del campo. Veinte minutos antes de que comenzara el envite. El equipo visitante aún estuvo cinco más hasta que consideró que se había puesto a punto.

Eso hizo que la espera se hiciera muy larga. A trece minutos para el inicio estipulado de la contienda, ‘La Gradona’ ya desplegó su espectacular tifo, que ocupaba todo el fondo del estadio desde arriba hasta abajo. En las esquinas, también sumaron un mosaico mientras que en el resto del estadio había repartido el club banderines verdes que el ‘speaker’ animó a ondear para ofrecer una imagen inmejorable. Y lo cierto es que lo fue. Lo que sucede es que fue demasiado pronto. Aún hubo que esperar varios minutos hasta que salieron los jugadores y eso hizo que se enfriara el ambiente con momentos incluso de cierto silencio. Era la calma previa a la tempestad.

Cuando salieron los dos equipos, se entonó ‘La fuente de Cacho’ como en los mejores tiempos. Después, ya bajaron el tifo, algo de lo que ya tenían ganas quienes estaban debajo de él, que eran algunos miles de personas. Había ganas de que comenzara aquello pero iba todo tan acelerado que el árbitro todavía hizo esperar a los futbolistas tres minutos desde el sorteo de capitanes y hasta que llegó la hora. Dicho sorteo, además, lo perdió Iván Crespo y su homólogo balear, como  era fácil adivinar sabiendo quién estaba en su banquillo, pidió situarse en el campo donde le gusta comenzar al conjunto local. En días así, cualquier detalle, sobre todo los que pueden afectar a lo mental, pueden resultar decisivos.

El arranque de encuentro fue preocupante porque fue mejor el Atlético Baleares mientras que el Racing parecía caer en todos los vicios  en los que había caído en los últimos meses de la temporada. Se jugaba mucho más en su campo que en el del rival y eso era mal síntoma. Y eso hizo que se percibiera una cierta sensación de ‘canguele’ en la grada. Sin embargo, todo cambió a partir del minuto 25. Fue entonces cuando comenzó a rugir a lo grande El Sardinero. Supo interpretar que había llegado el momento de su equipo y le quiso llevar en volandas.

La grada fue incrementando su intensidad en el segundo tiempo, conforme se acercaba el final y se hacía evidente la superioridad racinguista. La olla a presión explotó a cinco minutos para el final, cuando el árbitro expulsó a Peris por doble amarilla. Ania se giró pidiendo a la gente un esfuerzo más. A continuación, el Atlético Baleares respondió metiendo a otro defensa para reorganizar su retaguardia y Álvaro, que fue quien entró, lo hizo sin que su compañero hubiera abandonado el campo. Ania entonces pidió con insistencia amarilla y Mandiola se lo recriminó. Entonces, comenzó un amago de tángana en la que, como siempre, Negredo, el segundo, volvió a ser expulsado por haber puesto la mano encima a un miembro del cuerpo técnico rival. Los jugadores del Racing lo que querían era continuar y así lo dijeron porque no les convenía que se parara en un momento en el que se olía algo grande. Pero poco se jugó. Y, sin jugar, es imposible marcar.

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