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El Diario de Cantabria

Un final anunciado

  • El Racing consumó un descenso que se veía venir desde hace meses  l equipo, lejos de fortalecerse en el mercado invernal, se debilitó  
  • Las carencias fueron evidentes desde el principio  
  • Es la peor temporada del equipo en segunda
Nkaka, pidiendo cabeza a sus compañeros después del gol de Guillermo el pasado sábado. /Hardy
Nkaka, pidiendo cabeza a sus compañeros después del gol de Guillermo el pasado sábado. /Hardy
Un final anunciado

Nunca antes en su historia había quedado el Racing último en Segunda División. Hasta hace dos temporadas, tampoco había quedado nunca fuera de los puestos de playoff en Segunda B ni había quedado por debajo de la cuarta plaza en la categoría de bronce, se llamara ésta como se llamara. Corren malos tiempos. El club verdiblanco parece involucionar y está escribiendo sus peores páginas deportivas después de haber escapado de su periodo más oscuro, el que estuvo a punto de mandarle hacia el otro barrio. Nunca ha sido fácil ser racinguista, pero últimamente menos. De hecho, contando la próxima temporada, el equipo cántabro se va a pasar seis de ocho en Segunda B. Es cierto que sigue siendo un clásico con historia, escudo y todo lo demás, pero da la sensación de que últimamente va dejándose parte de su prestigio por ahí.

El descenso consumado el pasado sábado tuvo muy poco que ver con los anteriores. Entonces, estuvo hasta el último día en la pelea. En el caso del curso 2014-15, incluso hasta el último segundo, ya que el Racing terminó su partido en el Carlos Belmonte pensando que se podía dar el resultado inesperado y milagroso en Sabadell. Aquello sí dolió, ya que el aficionado creía haberlo tenido en la mano y se le escapó. En esta ocasión no ha sido así. Ha sido la crónica de una muerte anunciada. El buen observador detectó en seguida unos problemas que iban a tener difícil corrección. Desde otoño ya se intuyó que el equipo verdiblanco estaba lleno de carencias y que al proyecto se le veían las costuras. Había esperanzas en que todo fuera corregido y enmendado en el mercado invernal pero, lejos de mejorar la plantilla, el director deportivo la empeoró.

Chuti Molina contó con el sexto presupuesto más bajo de la categoría para armar un equipo y en enero incluso se encontró con un millón de euros por la venta de Yoda. En un principio, la maniobra consistía en sacrificar al francés para poder reforzar varias posiciones en las que el Racing tenía agujeros, pero no fue así. No llegaron laterales solventes, no llegó un medio centro con capacidad de crear juego y con criterio y manejo de balón, ni llegó un delantero que pudiera hacer buen uso del número nueve. A cambio, el equipo perdió a su jugador más peligroso (Yoda), que a su vez era su máximo goleador (8), y también al ariete (Nuha) que más había aportado y que también más goles había anotado (3). Un éxito.

Por el Racing han pasado tres entrenadores pero ninguno de ellos ha conseguido sacar rendimiento a una plantilla a la que desde un principio se ha visto que no le daba para ganar. Apostó Chuti Molina por un puñado de jugadores veteranos que, en un principio, al menos garantizarían experiencia y saber estar, pero el único que ha funcionado ha sido Álvaro Cejudo, que ya estaba en el equipo. Especialmente decepcionante ha sido el rendimiento de Alexis, un jugador del que debería presuponerse que tendría ya bagaje para esconder sus carencias con todo lo aprendido durante tantos años de fútbol pero que ha cometido errores de bulto y que para nada ha sido capaz de transmitir seguridad. Más de lo mismo se puede decir de Abraham, de Dani Toribio, de David Rodríguez y de un Barral con el que no se quiso contar nunca confiando en que se hartara y se marchara en enero, pero no lo hizo. Nunca fue una alternativa a pesar del pobre rendimiento que han venido dando los delanteros centros y a pesar de que, en los pocos minutos sueltos que jugó, al menos conseguía que pasara alguna cosa.

Chuti Molina apostó por un centro de la retaguardia con galones, nombre y veteranía como Figueras y el citado Alexis. Y esta pareja nunca funcionó. Era lenta y no se mostraba segura. Ni siquiera el jugador catalán rindió al nivel esperado durante los primeros meses de competición aunque, poco a poco, fue poniéndose a tono hasta ser de lo mejor del equipo. Al final, Iván Ania llegó a la conclusión de que no podían jugar juntos y siempre debía estar Olaortua al lado del elegido en cada momento para dotar de un poco de velocidad, agresividad y una energía que, en verdad, le ha faltado al Racing desde el primer día. Óscar Gil pudo haber sido una alternativa, pero Chuti Molina no lo permitía.

Es posible que los centrales fueran perdiendo confianza en ellos mismos por la apuesta futbolística que, de partida, quiso instaurar Iván Ania. La dejó patente durante la pretemporada. Fichó a un portero como Luca porque, por encima de todo, manejaba bien la pelota con los pies y, a partir de ahí, insistía en iniciar el juego desde atrás incluso corriendo riesgos. La idea resultaba atractiva, pero el entrenador no tuvo un aliado en el director deportivo. Era como si el técnico quisiera jugar a una cosa y el encargado de hacer el equipo estuviera pensando en otra. Para llevar a cabo algo así, un central con manejo como Figueras necesita aliados al lado y, sobre todo, un medio centro que la pida y que reparta. Es decir, un jugador en la zona ancha que dé continuidad, aporte ritmo, distribuya y sea capaz de superar líneas filtrando pases. Y el Racing no lo tenía. El curso pasado disponía de dos (De Vicente y Quique Rivero) y de otros tres que, con sus particularidades propias, eran de contención (Mario Ortiz, Kitoko y Sergio Ruiz). Se fueron los dos primeros y los que llegaron fuero otros dos con aptitudes similares a los tres que continuaban, como eran Dani Toribio y Nkaka. No hubo quien entendiera nada.

Obviamente, el Racing se atascó. Se le hacía de noche al querer salir con el balón jugado porque no era capaz de superar líneas. Al equipo rival le bastaba con tapar a Figueras para que, en definitiva, el conjunto cántabro tuviera que acabar lanzando el balón en largo o trazando diagonales. Y eso, en principio, no le convenía porque no tenía jugadores altos arriba. Sí lo era Nuha, a quien ficharon para ser un futbolista de recurso al que echar mano en momentos determinados pero que acabó siendo el delantero que más aportaba. Al menos, ofrecía una salida al atascamiento que se producía en la zona de medios por la falta de aptitudes que había ahí para jugar la pelota.

Así las cosas, el Racing sobrevivió por el acierto y la imaginación de sus tres media puntas. Yoda, Cejudo y, en menor medida, Enzo estaban en estado de gracia y eran capaces de inventar un gol en cualquier momento y con poca cosa. Especialmente inspirado estaba el primero de ellos, que nunca había anotado más de tres goles y marcó ocho en una vuelta. Mientras, el cordobés nunca había superado la cifra de siete tantos que había anotado en el Ceuta quince años atrás y sumaba nueve cuando se lesionó. Como los goles que anotaba el Racing correspondían a chispazos o acciones individuales de esa línea de media puntas, buena parte de los goles que marcaba el conjunto cántabro eran golazos.

Lo malo es que esos tres jugadores no sólo tenían virtudes, sino que también tenían vicios. Les costaba defender. No iban hacia atrás y eso dejaba vendidos, sobre todo, a los laterales, que, desde un principio, parecieron peores jugadores de lo que debían ser. El equipo se desequilibraba y se partía con facilidad. Fue así perdiendo seguridad en sí mismo porque fallaba demasiado en las áreas, ya que el nueve no funcionaba y apenas entraba en juego mientras que siempre había algún error atrás que costaba demasiado caro. Muchos de ellos, además, se han producido en los minutos finales. Ahí se le han escapado muchos puntos al equipo que le podrían haber dado más vida o, por lo menos, le podrían haber metido en la pelea y buscar nuevas dinámicas.

Lo cierto es que el Racing ha competido la gran mayoría de partidos que ha jugado. De hecho, a principios de curso, siempre estaba más cerca que su rival de ganar aunque no lo conseguía. Porque a la plantilla le ha faltado de todo. El director deportivo mandó a la batalla a sus entrenadores con pistolas de fogueo y ninguno de ellos ha conseguido sacar partido de una plantilla mal hecha, por lo que es fácil concluir que el problema estaba en otro lado. El público lo vio rápido y nunca cargó ni con Ania ni con Cristóbal, sino con Chuti Molina.

Lo malo fue que, conforme se sucedían las jornadas, esas sensaciones de que con poco se podría dar el paso definitivo hacia las victorias fue desapareciendo. El Racing pasó a quedarse ya lejos de ganar partidos y, de hecho, ha ganado sólo cuatro en 38 partidos. Son números para olvidar que han servido para que el aficionado haya visto venir desde hace tiempo lo que se confirmó el sábado. A la mínima que ha podido, ha querido creer, como cuando llenó El Sardinero para recibir al Sporting sólo por haber ganado la semana anterior en Almería tras estrenar entrenador o tras el confinamiento. Esa fue la última bala. Un parón semejante podía hacer que todo cambiara y que a esos futbolistas veteranos que no habían apenas aportado nada en los primeros meses de competición se les encendiera la luz, pero nada cambió. La historia siguió igual, camino de un descenso que ni siquiera dolió porque todo el mundo lo daba por hecho. Y eso es lo peor. El Racing ha competido la mayoría de los partidos, pero no ha competido la temporada.

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