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El Diario de Cantabria

Un equipo enfermo

  • El Racing fue muy superior  al Fuenlabrada hasta que se quedó con uno menos 
  • Tras la expulsión de Mario y, sobre todo, el 2-1, fue un cúmulo de nervios que pusieron en bandeja las ocasiones del equipo rival
Olaortua, sentado sobre la línea de gol tras haber recibido el gol del empate. / Cubero
Olaortua, sentado sobre la línea de gol tras haber recibido el gol del empate. / Cubero
Un equipo enfermo

El Racing es un equipo enfermo. Necesita cuidados, pastillas, psicólogos y psicoanalistas. El fútbol es un estado de ánimo y el suyo es lamentable. Su autoestima está por los suelos. Por eso no se le puede pedir que se encierre en su trinchera como si sus jugadores fueran los últimos de Filipinas. Lo que necesita son herramientas, una puerta de salida y no una pala para cavarse su propia tumba, que es lo que hizo cuando, tras tener el partido absolutamente controlado, vio cómo se quedaba con un hombre menos. Fue entonces cuando entró el tembleque. Y le entró tanto a los jugadores como al entrenador, que fue el primero que no se fió de los suyos. Se olvidó de que el campo tiene dos áreas y quiso jugar sólo en una. Quiso convertir un campo en un frontón y ahí se vino abajo.

Es increíble que un partido cambie tanto por una sola acción, pero así se escribe el fútbol. Pidió Cristóbal que se cuidaran los detalles y el Racing los despreció. Hasta el minuto 74, estaba dominando el partido de cabo a rabo. Estaba demostrando que la situación clasificatoria de uno y otro era puramente accidental. Aquello no sólo olía a victoria, sino incluso a goleada. Sin embargo, llegó la expulsión de Mario Ortiz. Una expulsión que se podía haber ahorrado y que se ganó por dar con toda la planta del pie a Pathé Ciss. Curiosamente, el mismo que minutos antes le había hecho a él algo parecido sin que el ‘trencilla’ lo viera. A él sí le vieron.

Y ahí murió el Racing. A partir de ese momento, se convirtió en un desastre que no hizo otra cosa que temblar. En un primer momento, dio la sensación de dominar la situación, de seguir a rajatabla los consejos del psicólogo y de ser capaz de conseguir que el partido terminara sin que volviera a pasar nada. Pero quedaba mucho tiempo. Casi un cuarto de hora. El Fuenlabrada olió sangre pero tampoco se echó al monte. Se quedó vigilando a su presa esperando a que llegara el momento. 

El cuarto de hora siguiente al gol de Cejudo que puso las cosas muy de cara pudo haber certificado la goleada racinguista. Tuvo ocasiones de sobra para haber matado la contienda. La tuvo Yoda, la tuvo David Rodríguez y la volvió a tener el inspirado media punta de Puente Genil para haber anotado un segundo en su cuarta particular, pero perdonaron. El Racing no sólo llegaba, sino que también transmitía la sensación de dominar la contienda y dominar los tiempos. Su buena presión estaba surtiendo efecto y estaba complicando la vida a un Fuenlabrada que estaba a punto de bajar los brazos. El conjunto cántabro, sabedor de que su débil estado mental no le permite echarse a dormir por mucho que tenga dos goles de ventaja, buscaba un tercero. Hasta la fecha, sólo ha ganado dos partidos y uno fue 4-0 y otro 3-0. No es casualidad. Si alguien le tose, se viene abajo. Y ayer ni siquiera hizo falta ese tosido porque prefirió suicidarse.

Mario se podía haber ahorrado esa acción. Si ya de por sí daba las sensación de que Cristóbal le había puesto una cruz, es fácil creer que va a tardar en quitársela después de lo de ayer. Y lo curioso es que el cántabro no había sido elegido para estar en el once, sino que sólo entró porque Kitoko se tuvo que ir a los cuatro minutos lesionado. El congoleño estaba ante su gran oportunidad de convencer a Cristóbal que él es el hombre que busca para ganar los duelos en el medio campo pero no pudo ni tocar un balón. Los problemas de este jugador con las lesiones, con esos pequeños problemas físicos que no le permiten nunca levantar cabeza, es ya una realidad preocupante.

Una vez que Mario se marchó a la ducha, comenzó otro partido. Dos partidos a cambio de una sola entrada. No está mal. La grada estaba disfrutando con los suyos hasta ese momento, ondeaban las bufandas y se apoyaba a los jugadores con orgullo tras verles ir a la presión con hambre. Una vez más, El Sardinero volvió a demostrar que, a poco que le den, responde. Sin embargo, lo que le terminaron dando fue todo un castigo. Nadie se podía imaginar que aquello pudiera culminar en una pesadilla que, aunque parezca mentira, incluso pudo ser peor. En vez de un monstruo de diez metros, podía haber salido uno de quince.

El movimiento que ideó Cristóbal en cuanto vio que los suyos se quedaban en inferioridad numérica fue jugar con tres centrales. Es lo que ya había usado contra el Extremadura jugando con once y lo iba a hacer contra el Fuenlabrada jugando con diez. El problema era a quién sacrificar. El elegido para entrar estaba claro porque el técnico no tenía más centrales, ya que Óscar Gil era el único que tenía a mano. El de Peralta llevaba sin jugar un partido desde la pretemporada, era el único futbolista de la plantilla que no había disputado ni un solo minuto, y fue a debutar el día más complicado. En ese momento, no lo parecía porque el resultado seguía 2-0, pero en seguida empezarían a caer las bombas.

Tardó en hacerse el cambio. El navarro estuvo un buen puñado de minutos en la banda y desde allí vio cómo a su equipo le acortaban distancias. Fue al rematar Glauder un córner en el primer palo que, en verdad, nunca debió haberse botado porque el último en tocar el balón que se fue por línea de fondo fue un jugador del Fuenlabrada, Los futbolistas del Racing quisieron protestarlo pero en seguida se tuvieron que poner con las vigilancias. Y menos mal, ya que el lateral izquierdo fuenlabreño no pudo rematar más cómodo.

Tiene un problema enorme el Racing con las acciones a balón parado. Por un lado, no remata una. Por otro, se las rematan todas. No hace y deja hacer. Es un auténtico chollo por alto. Ya durante el partido había transmitido cierta blandura a la hora responder a estas acciones de estrategia pero a partir de la expulsión ya fue el acabose.  Glauder anotó en el primer palo y Luca tuvo que intervenir dos veces en el descuento para atajar otros tantos remates de cabeza en el interior el área. Aquello no era un equipo defendiendo, sino un auténtico cúmulo de nervios que, ya con Óscar Gil dentro, vio cómo le marcaban el segundo después de una nueva intervención notable del portero francés que poco pudo hacer cuando Juanma, el mismo que había marcado en propia puerta a los siete minutos, fusilara la portería racinguista para poner el empate.

Cualquiera habría apostado en la victoria del Fuenlabrada tras el 2-2 y el despropósito en el que se convirtió el Racing. Era fácil pensar que aquello iba a acabar de mala manera. Cristóbal había apostado por atrincherar a los suyos. Quizá sabiendo que su autoestima está por los suelos, quiso reforzarle, pero en verdad le dejó vendido. Un equipo lo puede apostar todo a poner el autobús o construir un frontón cuando tiene seguridad en su solvencia defensiva y tiene la personalidad suficiente y la seguridad en sí mismo necesaria para conseguir que no vuelva a pasar más en el partido. Sin embargo, no es el caso del Racing. Aquello fue un suicidio.

El entrenador quitó del campo a David Rodríguez y dejó a los suyos sin válvula de escape. Nkaka sigue sin saber muy bien qué hace en el Racing porque ayer estuvo veinte minutos en el campo y es difícil ver en él a un futbolista profesional. Además, al quedarse sin un hombre de referencia arriba, el equipo no tenía salida. Tanto Enzo como Yoda seguían en la banda y ni siquiera una arrancada en un momento dado contra un Fuenlabrada volcado al oler la sangre servía para nada porque no había un compañero al que buscar. Es fácil decirlo a posteriori, pero Nuha se podría haber convertido en el mejor defensor en los balones aéreos y, a la vez, podría haber significado un alivio para unos compañeros que le podrían haber utilizado como puerta de salida o, simplemente, como una ventana por la que entrara un poco de aire.

Fueron veinte minutos para olvidar cargados de terror que, una vez más, volvieron a ser un síntoma claro del mal estado de salud que atraviesa el Racing. Porque lo cierto es que firmó setenta buenos minutos en los que apenas permitió que el Fuenlabrada se acercara por su área. Sólo un regalo de un Buñuel acelerado y nervioso permitió en el primer tiempo que Salvador rematara al palo a los 22 minutos de partido. La primera intervención de Luca, de hecho, no llegó hasta el minuto 43, cuando tuvo que rectificar sobre la marcha tras un tramposo bote para sacar con el pie un lanzamiento de Hugo Fraile, que fue todo un guante al botar las jugadas a balón parado. Hay que tener siempre uno de esos en el equipo. Aunque luego no haba mucho más.

El partido, además de estar controlado, estaba encarrilado gracias al gol inicial con el que se había encontrado el Racing al sacar rápido una falta casi en la esquina del área que, tras el centro de Enzo, Juanma mandó para dentro. Mejor imposible. No hizo mucho más daño un conjunto cántabro que, aunque seguía viviendo de la inspiración de sus tres media puntas, ayer contó con la colaboración de una gran versión de Sergio, que volvió a ser el de siempre dando al centro del campo mucho de lo que le faltaba. Quien le viera jugar ayer, se preguntará por qué no ha jugado más. ¿Qué ha pasado aquí?

El Racing volvió a salir muy bien en el segundo tiempo y a los siete minutos se encontró con el segundo de la tarde, obra de un Cejudo en estado de gracia. Cazó un balón muerto en el interior del área que metió para dentro sin dudarlo. Todos sabían que aquello iba a ser gol. Fue entonces cuando llegaron los mejores momentos racinguistas. Esta vez, no hubo calma antes de la tempestad. Lo que pasó fue que ésta cambió de bando.

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