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El Diario de Cantabria

LA CONTRACRÓNICA

La muñequera de Robocop

Álvaro Bustos, lamentando una oportunidad perdida junto a Rafa Pedrero. / Hardy
Álvaro Bustos, lamentando una oportunidad perdida junto a Rafa Pedrero. / Hardy
La muñequera de Robocop

A Álvaro Bustos le operaron en la muñeca hace apenas dos semanas, pero ayer fue titular. Se rompió el escafoides en Vitoria y aún lleva puesta la tirita, pero es tan valioso para el equipo que su entrenador le metió en el once inicial para tomar parte de un partido que se preveía duro ante el Laredo. No podía esperar más. Lo único que necesitaba era protección y por eso se hizo con el brazo izquierdo de una armadura. Le ha tenido que pedir prestada la muñequera a Álex Murphy, aquel policía raso de Detroit que resucitó en forma de robot tras ser tiroteado de tal manera que su cuerpo quedó hecho un colador. Murió el hombre y nació Robocop, aquella fábula convertida en un canto contra el neoliberalismo despiadado. Contra el sistema no lucha Álvaro Bustos, pero su presencia en el partido terminó siendo tan importante como la de Robocop para acabar con el crimen en la ciudad y dar un golpe al sistema de corrupción que dominaba el cuerpo policial de esa ciudad otrora campeona industrial y ahora víctima de las contradicciones propias del capitalismo.

El principal enemigo de Álvaro Bustos era el miedo, algo que podía tener Murphy pero no Robocop. Y el asturiano tampoco lo tuvo. Quizá porque llevaba su muñequera. Tras pasar por quirófano, algo que habitualmente impone mucho, su temor fue perderse varios partidos. Y era lo último que quería porque por fin parecía que había llegado el momento de disfrutar de ser jugador del Racing. Tras meses de dudas y frustraciones, su equipo había conseguido enlazar buenos resultados y transmitir cierto optimismo. Incluso desde el punto de vista personal le estaba sonriendo el fútbol tras marcar tres goles en otros tantos partidos (Portugalete, Bilbao Athletic y Alavés B). El último de ellos lo había marcado con la muñeca ya rota. Ayer el extremo asturiano no marcó pero dio una palo y se marchó con dos asistencias. Y, para alguien que juega en su posición, regalar goles sabe casi tan bien como marcarlos.

Cuando los doctores Mantecón y Cruz, el traumatólogo, leexpusieron la situación, le dijeron que, aunque el hueso iba a tardar mes y medio en soldar y volver a un estado casi natural, podría volver a jugar cuando quisiera. Sólo le tenían que conseguir una armadura y, a partir de ahí, todo iba a depender de él. Lo bueno era que iba a tener dos semanas para hacerse a su nueva herramienta. Y ayer confirmó que se había amoldado bien y, lo más importante, que no le iba a condicionar. El Álvaro Bustos que jugó ayer fue el bueno, el de casi siempre.

No tardó el centrocampista asturiano en dejar bien claro que no iba a tener miedo alguno a encarar, a chocar y a irse al suelo si era necesario. A los nueve minutos, y tras firmar la primera de las muchas buenas asociaciones que llevaría a cabo con Isma López, encaró a su rival. No tiene nada que demostrar a nadie pero quiso quitarse las dudas a sí mismo, a los demás y hasta a los rivales. Que se anduvieran con cuidado con él. Ese primer cara a cara lo tuvo con Rasines, el jugador que tenía encomendado vigilar su sombra de cerca. El lateral cántabro se echó al suelo y derribó al extremo asturiano. Fue un momento clave en el que el jugador del Racing debía ofrecer muchas respuestas.

La caída fue limpia. Estos días ha recibido un curso intensivo sobre cómo caer sin poner en peligro la muñeca izquierda. Y lo cierto es que lo hizo con limpieza, como si fuera a cámara lenta y marcara cada paso. Fue la primera de las tres caídas que sufriría durante la contienda. La segunda fue ya a los 34 minutos, después de girar sobre sí mismo al no ver muy claro en ese momento la posibilidad de encarar. Sin embargo, cuando iniciaba la retirada, recibió una clara zancadilla por detrás con la que de nuevo acabó en el suelo. No había problema. Ni siquiera hizo un mal gesto ni se tocó la zona dañada. La armadura funcionaba.


Nada tuvo que ver la tercera caí da con la segunda porque en ésta se cayó él solo. Corrió a por un balón que amenazaba con marcharse por línea de fondo y, al intentar patearlo a la vez que se giraba, se desequilibró y terminó en el césped. No le volvieron a derribar ni volvió a caer al suelo. Y no fue porque se mantuviera en un segundo plano para protegerse o porque Solabarrieta le quitara del terreno de juego para que no se le rompiera la armadura. Cuando entró Traver durante el descanso era fácil pensar que fuera a ser por el asturiano, pero fue por Soko. Lo mismo sucedió cuando entró Pablo Andrade. Parecía que iba a ser para jugar en el extremo por el gijonés porque Isma López había jugado los noventa minutos en su debut contra el Leioa y, una vez hecho lo más difícil, lo normal era que repitiera, pero no. En el fondo, todo el mundo estaba viendo que Álvaro Bustos estaba jugando cómodo y que, además, se estaba gustando.

De hecho, el hombre de la muñeca de metal había sido el encargado de centrar los balones que primero Pablo Torre y después Soko convirtieron en el segundo y el tercer gol del encuentro. Incuso participó en el primero. Le faltaba marcar para,además, manteneresabuena racha goleadora que estaba escribiendo en esta segunda vuelta. Y lo tuvo a mano cuando, después de que su buen amigo Cedric corriera un buen contragolpe por la parcela central, se encontrara con el balón perfectamente controlado en el costado izquierdo del área sin defensores encima y con sólo el portero por superar. El asturiano lo hizo bien. Vio espacio por el palo corto y lo buscó con tanto ahínco que su remate se estampó contra él. Haber marcado habría sido el broche de oro a su notable actuación. Aún tuvo una gran oportunidad con un lanzamiento de falta pegada a la línea frontal del área y cercana a la esquina derecha de la misma con el tiempo prácticamente cumplido. Los dos últimos lanzamientos desde un lugar similar, quizá más atrás, habían chocado contra el larguero pero ayer se fue unos centímetros alta. Robocop no siempre acierta.

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