La mirada del tiempo: esto es de ellos

El regreso del Racing de Santander a Primera División deja una imagen que explica mejor que cualquier marcador el verdadero sentido del ascenso: la emoción de quienes nunca abandonaron al club en los años más duros.

La emoción de toda una vida reflejada en la mirada de un racinguista durante la celebración del ascenso en El Sardinero.</strong> Catorce años después, el Racing regresó a Primera División acompañado por quienes jamás abandonaron al club en los momentos más difíciles.
La emoción de toda una vida reflejada en la mirada de un racinguista durante la celebración del ascenso en El Sardinero. Catorce años después, el Racing regresó a Primera División acompañado por quienes jamás abandonaron al club en los momentos más difíciles.

Hay fotografías que congelan un instante y otras que contienen una vida entera. La de ese anciano racinguista, con los ojos humedecidos mientras contempla El Sardinero convertido en un océano verdiblanco, pertenece a la segunda categoría. En esa mirada no hay solo alegría. Hay memoria, hay resistencia y hay catorce años esperando volver a casa.

El fútbol suele contar sus grandes noches a través de goles, nombres propios y estadísticas. En este caso, también los hubo. El Racing venció al Valladolid, Las Palmas hizo su parte en Almería y Santander recuperó su sitio en la élite. Pero el ascenso a Primera División no puede entenderse únicamente desde el resultado. Hay que leerlo en las caras de la gente. En los ojos de quienes vieron al club caer, sufrir y levantarse.

Ahí están las tardes de Primera División y también los años duros lejos de los focos. Ahí están los viajes imposibles, las decepciones, el miedo real a perder al Racing y la fidelidad de quienes jamás soltaron la bufanda incluso cuando parecía que todo se derrumbaba. Esa generación no celebró solo un ascenso. Celebró haber resistido.

Por eso emocionó tanto escuchar después a Íñigo Vicente, uno de los grandes futbolistas de esta temporada, resumirlo con una frase sencilla y exacta: «Esto es de ellos».

Sí. De ellos. De los que nunca abandonaron. De los que siguieron llenando El Sardinero cuando no había gloria ni cámaras. De los que enseñaron a sus hijos que ser del Racing no depende de la categoría. De los que hicieron del sufrimiento una forma de amor.

Porque cualquier afición celebra victorias. Pero muy pocas sobreviven al dolor como sobrevivió el racinguismo. Durante años, el Racing caminó por una frontera peligrosa entre el fracaso deportivo y la amenaza institucional. Hubo días en los que el futuro parecía una palabra demasiado grande. Y, sin embargo, la grada siguió ahí.

Ese hombre de la fotografía no estaba viendo solo un ascenso. Estaba viendo regresar una parte de su vida. Estaba viendo cómo el tiempo, por una vez, reparaba una herida antigua. Estaba viendo que todas aquellas tardes de frío, de Segunda B, de incertidumbre y de orgullo silencioso tenían por fin una recompensa.

La noche del ascenso será recordada por la invasión del césped, por los cánticos, por «La Fuente de Cacho», por la emoción de los jugadores y por una ciudad desbordada. Pero quizá su imagen más profunda sea la de quienes miraban en silencio, con los ojos llenos de pasado, entendiendo que aquello no era solo fútbol.

El Racing vuelve a la élite tras una temporada memorable, sí. Pero los verdaderos campeones ya estaban en la grada mucho antes del pitido inicial.

Por ellos, por los que no se fueron nunca, este ascenso tiene un peso especial. Porque el Racing cayó muchas veces, pero nunca estuvo solo. Y porque, como dijo Íñigo Vicente, esta Primera División también les pertenece.

Aúpa Racing.

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