28.05.2024 |
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Lopera, historia e icono del Betis más carismático

'No puedo vivir sin ti, no hay manera...' Este es un verso del célebre tema de Coque Malla y un cántico habitual en el Benito Villamarín. Además, representa al cien por cien lo que el Real Betis es para Manuel Ruiz de Lopera y lo que Manuel Ruiz de Lopera es para el Betis. Y es que el dirigente (Sevilla, 13 de agosto de 1944 - 24 de marzo de 2024), fallecido esta madrugada, es historia y parte del escudo del club verdiblanco, al que impulsó desde que lo 'salvara' en los años 90.
Lopera, historia e icono del Betis más carismático

Nacido en el verano de 1944 en Sevilla, Lopera vivió su primer contacto con el fútbol en el colegio Salesianos Santísima Trinidad, en el distrito de Santa Justa. De niño, podía acudir andando a una pequeña pista situada en la azotea del centro educativo desde la casa familiar, en la cual residió hasta su muerte. Una vivienda que respira beticismo en todas sus estancias, incluso con una sala de reuniones coronada por un busto del Gran Poder y el trofeo original de la Copa del Rey de 2005, único título que levantó durante su mandato.

La relevante relación entre Lopera y el Betis comenzó en 1991, año en el que, en septiembre, entró a la Junta Directiva presidida por Hugo Galera como vicepresidente económico del club. Poco menos de un año después, el 30 de junio de 1992, se lanzó a 'salvar' a la entidad cuando solo restaban dos días para convertirse en SAD y no desaparecer.

"El Betis iba a morir", decía Lopera, que depositó los avales necesarios --una cuantía de aproximadamente 850 millones de pesetas, más de 5 millones de euros actualmente--, convirtiéndose Farusa, empresa de su familia, en accionista mayoritario del club con un 51%. En 1993, solucionó su primera crisis consiguiendo, a través de un contrato de imagen con Heliopolitana, los casi 600 millones de pesetas que demandaba la Liga de Fútbol Profesional. Un año después, el Betis ascendió a 'Primera', un objetivo tras el que se vio una de las tantas esencias de Lopera.

"Estábamos en la UVI. Nadie daba un duro por nosotros. Yo os entrego a ustedes un Betis libre, limpio, en Primera, de ustedes, ¡viva el Betis!", proclamó el presidente a los aficionados tras el ascenso, un techo que casi provoca su adiós del club, aunque fue todo lo contrario.

Y es que en 1996 pasó a ser presidente oficialmente, comenzando un mandato que duraría una década. Diez años que cambiarían la historia de la entidad, con varios hitos considerables a nivel deportivo. La primera 'bomba' de Lopera en el Betis fue el fichaje del brasileño Denílson de Oliveira en agosto de 1997 por más de 5.000 millones de las antiguas pesetas y un contrato de 'galáctico' para diez temporadas.

Una cifra de traspaso --de unos 30 millones de euros-- que convirtió la llegada del carioca en el fichaje más caro de la historia en aquella época --su cláusula fue de 65.000 millones de pesetas--, por delante de las incorporaciones de Ronaldo Nazario y Rivaldo por parte del FC Barcelona.

Otra de sus medidas estrella, también en 1997, fue la ampliación del patrimonio del club, construyendo una ciudad deportiva. Además, cambió, referéndum mediante, el nombre al estadio bético, quitando el de Benito Villamarín --como se denomina al feudo verdiblanco desde 2010-- para colocar su propio nombre. Un feudo rebautizado que no doy suerte y vio como el equipo volvía a descender, con un peaje de una sola temporada para regresar a la máxima competición.

Un esfuerzo que desgastó al presidente verdiblanco, quien confesó que llegó a perder casi 20 kilos de peso, aunque siguió en el cargo. Todavía le faltaba ver la época más gloriosa de su mandato, en la temporada 2004-2005. Fue en 2004-2005 cuando el Betis levantó la Copa del Rey --la segunda de su historia--, bajo la batuta de Serra Ferrer, acabando en Liga en cuarto lugar y logrando la primera clasificación de un equipo andaluz para la Liga de Campeones.

Pero el 'EuroBetis' fue efímero, cayendo en la fase de grupos, en una temporada en la que también fue eliminado en Copa del Rey y sufrió en Liga, llegando incluso a ser colista. El 30 de junio de 2006, las críticas forzaron su salida de la presidencia, siendo sustituido por José León Gómez, que ya había sido presidente con anterioridad.

Ese mismo año, en la época más oscura de su mandato, fue condenado por un delito contra la Hacienda Pública, que encontró irregularidades financieras en los años 1996 y 1997. Por ello, le impusieron una pensa de prisión de siete meses y medio de cárcel, y el pago de una multa de casi cinco millones de euros. Incluso le embargaron sus acciones del Betis, recuperando su control en julio de 2015.

Una década marcada también por sus excentricidades y momentos icónicos, de un presidente lleno de carisma, una característica habitual en los dirigentes españoles del fútbol de los 90. El bético coincidió con otros de su especie como Joan Gaspart (FC Barcelona), Jesús Gil (Atlético de Madrid), César Lendoiro (RC Deportivo) o Ruiz Mateos (Rayo Vallecano).

Con ellos en los palcos, eran habituales las salidas de tono y extravagancias, para convertirles en absolutos protagonistas, sobre todo en el terreno mediático. Lopera fue con el trofeo de la Copa de 2005 a la boda de Joaquín Sánchez --al que terminó 'cediendo' al Albacete porque el jugador quería vestirse de blanco--, se plantó en la casa del futbolista Benjamín, que montó una fiesta de Halloween, o ayudó a un aficionado a introducir las cenizas de su padre fallecido al campo en un envase de zumo.

Escenas imborrables para el beticismo y el fútbol español que finalizan esta madrugada con el fallecimiento de Lopera, aquejado desde hace tiempo de una de una diverticulitis, una enfermedad que consiste en la inflamación aguda de los divertículos en el colon, y que ya le afectó en el pasado, con un pronóstico incierto.

El que fuera dirigente del Betis vivió sus últimos meses en su casa de toda la vida, donde conectó para siempre con el fútbol y con la entidad verdiblanca, a la que nunca olvidará, como tampoco el club se olvidará de la gestión de Lopera, historia del conjunto andaluz, que siempre presumió de que por sus venas corría sangre verdiblanca.

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