20.10.2020 |
El tiempo
martes. 20.10.2020
El tiempo
El Diario de Cantabria

La derecha de Buñuel

El enorme gol del lateral derecho, que también había marcado el primero de la temporada, igualó el tanto inicial del Atlético Baleares, que había sido superior en el primer tiempo. Tras el empate, no se jugó más

Aitor Buñuel se dirige a la esquina donde están los aficionados racinguistas para celebrar el gol que acaba de marcar. / LOF
Aitor Buñuel se dirige a la esquina donde están los aficionados racinguistas para celebrar el gol que acaba de marcar. / LOF
La derecha de Buñuel

Lo mejor de haber ascendido a Segunda División es librarse por fin de campos como el de ayer, de auténticas trampas donde es imposible jugar a fútbol, por lo que se juega a otro deporte, a otro al que apenas saben jugar los hombres de Ania. El Atlético Baleares lo sabía y por eso creía que tenía el ascenso en el bolsillo, más aún después de adelantarse con un gol de penalti. Pero no contaba con la capacidad que tiene el Racing de agarrarse a los partidos, de mantenerse en pie y de sufrir como un perro apaleado. Le da igual el cambio de reglas repentino de un deporte que controla. Sabe lo que hay en juego, todo lo que arrastra detrás de él, y por eso siempre enseña los dientes por mucho que el rival esté con el palo. El secreto pasa por mantenerse en pie y esperar su momento. Y el momento llegó.

El Racing ya es de Segunda. Lo es habiendo ganado un solo partido de los once últimos, pero ayer no le hacía falta ganar, sólo marcar. Era consciente de que si hacía un tanto se iba a llevar la fiesta para Santander y por eso no se puso nervioso cuando recibió uno. A pesar de que lo tenía todo en contra, se mantuvo sólido atrás y sin conceder prácticamente nada. No le temblaron las piernas al verse dominado y por detrás en el marcador. Se sabía seguro de sí mismo por mucho que no se estuviera jugando con sus reglas. Había advertido Ania en la previa de que debían intentar hacer su fútbol porque si jugaban al del Atlético Baleares ellos iban a ser mejores, pero no cumplió. Casi nunca lo ha hecho esta temporada cada vez que ha ido a escenarios similares. Siempre se ha terminado contagiando de la forma de jugar de quien tiene delante y lo cierto es que no le ha ido mal así. Ayer tampoco.

El gol lo marcó Aitor Buñuel. El lateral derecho, el mismo que anotó el primero de la temporada allá por el mes de agosto. Capicúa. El de ayer no tuvo nada que ver. Entonces, se lo marcó a la Real Sociedad B de rebote, ayer culminó una jugada que, lo fuera o no lo fuera, pareció ensayada. Sacó Cejudo en corto un córner para que lo atrapara Enzo, el único futbolista verdiblanco ayer que intentó algo de forma individual, y, tras marcharse de uno, vio completamente solo en la frontal del área a Buñuel. Y se la cedió con suavidad, rasa, permitiendo que todos los jugadores y espectadores, los que estaban en el campo y los que estaban en su casa, vieran avanzar esa pelota justo hacia los dominios del navarro. ¿Qué hacía él solo ahí? Nadie le esperaba. Debía estar cerrando en la medular. El Atlético Baleares lo perdió de vista. Fue uno de esos detalles que deciden este tipo de partidos y, para cuando se dio cuenta, el lateral ya estaba armando su disparo. En aquella pierna derecha viajaban todas las esperanzas racinguistas, toda la rabia acumulada por un lustro de continuas decepciones y por estar teniéndose que jugar todo un ascenso en una caja de cerillas, en un campo que no estaría permitido en la categoría que estaba puesta en juego. Se detuvo el mundo. Lo único que se movía en ese instante para la historia fue un balón decido a romper el guión establecido. No pudo ir con más fuerza ni mejor dirigido. Fue un auténtico golazo. 

A partir de ahí, no se jugó absolutamente nada. Es una virtud que ya había mostrado el Racing antes. Arañó minutos aquí y allá. Parecía que había tiempo para la reacción, pero los hombres de Manix Manidola cayeron en la desesperación al ver al Racing manejarse en esa situación como nadie. Sólo un rechace cazado por Canario a los 93 minutos (se jugaron 97) y la expulsión de Cejudo les dio alguna esperanza, pero no sucedió nada. El gran primer tiempo que habían hecho los de Mandiola quedaba ya muy atrás. Ni siquiera se había intuido en un segundo en el que los hombres de Ania, al menos, pudieron respirar un poco más. Era un partido para ser diesel y el Racing lo fue.

El gol que anotó el Atlético Baleares antes del descanso fue fruto de la normalidad. Tenía que llegar. Lo raro habría sido que no hubiera sucedido porque, hasta ese mismo momento, se jugó en todo momento en el campo del Racing. Y habían pasado cuarenta minutos. Es cierto que era lo previsible, pero también había cierta confianza en que el conjunto cántabro fuera capaz también de hacer un poco de daño al rival. Y apenas lo hizo. Sólo una vez hasta ese momento gracias a una jugada en la que, por fin, el Racing fue de verdad el Racing.

Sucedió a la media hora de encuentro.  En ese momento, Mario Ortiz se hizo con un balón en campo propio y, en lugar de enviarlo directamente hacia arriba buscando quién sabe qué, lo echó al suelo y buscó un compañero. Y el equipo verdiblanco siempre acostumbra a mirar hacia banda, por donde apareció Nico Hidalgo. Éste avanzó metros pero, en lugar de buscar la línea de fondo con descaro, como ha venido haciendo incluso con facilidad y, sobre todo, con enorme peligro durante toda la segunda vuelta, siguió elaborando. Y encontró a Barral moviéndose entre líneas. Hasta ese momento, había pasado prácticamente desapercibido, pero con esa pelota que recibió aún a muchos metros de la portería, quiso poner su nombre a la contienda. No se lo pensó dos veces y sacó un inesperado zurdazo que hizo volar al portero local. 

Klaus se estiró al máximo para, con la zurda, despejar ese disparo que ya parecía gol. Fue el primer lanzamiento a portería del Racing en todo el partido y el único del primer tiempo. Parecía que aquella acción podía servir como punto de partida para un partido diferente. Parecía el momento idóneo una vez que debía desaparecer el esperado ímpetu inicial del equipo local, que, obviamente, estaba extramotivado por estar jugando en casa y, sobre todo, con sus reglas. Había dominado de cabo a rabo la contienda durante esa media hora pero no había hecho demasiado daño, lo que podía resentir su moral. Sin embargo, no sucedió nada de eso porque, por encima de todo, tiene las ideas muy claras.

El partido no le sorprendió a nadie porque el guión de cómo se iba a jugar estaba escrito. Y se iba a jugar a un deporte diferente al que se jugó siete días atrás en Los Campos de Sport. Aquello era un bombardeo continuo y, en cuanto el Altético Baleares se hacía con un balón, no se lo pensaba dos veces y lanzaba en largo la pelota buscando con descaro la espalda de la defensa racinguista. Y hacía daño. Sobre todo, gracias a Canario, que fue un auténtico dolor de cabeza firmando el primer lanzamiento a portería a los ocho minutos y pidiendo un penalti algunos después al caer al intentar girar sobre sí mismo para burlar la defensa de Óscar Gil. Aquello no lo pareció pero fue indiscutible el que propicio el gol local, que sucedió a cinco minutos para el descanso.

Ninguno de los dos equipos sorprendió con sus alineaciones y sus planteamientos. Mandiola puso en escena dos delanteros y colocó a Rubén como lateral izquierdo por la baja de Peris. Lo malo para él fue que, al cuarto de hora de partido, también perdió al derecho, ya que Kike López se marchó lesionado. Y su sitio lo ocupó Vega. Había dos centrales jugando en los costados de la retaguardia y parecía algo a explorar, pero no lo hizo demasiado el Racing. Menos aún, por banda derecha, donde Nico Hidalgo dio sensaciones de no tener el cuchillo tan afilado como hace un mes.

Si Canario hizo peligro por su banda derecha era, sobre todo, gracias al buen hacer de Nuha por el centro del ataque. Fue un auténtico incordio. En todo momento dio la sensación de que podía pasar algo y esa era una virtud que no tenía el Racing. Barral, más allá de ese portentoso zurdazo, apenas se convirtió en un problema para los centrales isleños. Sin embargo, lo más preocupante era la incapacidad del Racing para llevar balones a las inmediaciones de su ‘nueve’. El Atlético Baleares sabía cómo hacerlo pero no así el conjunto cántabro.

El gol local fue un buen ejemplo de ello. Robó un balón el equipo blanquiazul a la altura de su propia área y el ladrón envió directamente la pelota al campo racinguista para que corriera Nuha. Y vaya si lo hizo. Se echó al costado izquierdo corriendo Óscar Gil junto a él. Y el duelo lo ganó claramente el espigado futbolista local, que lo controló y ganó la posición ya dentro del área. El central de Peralta metió la bota y derribó claramente al ariete, por lo que no había nada más que hablar. Iván Crespo adivinó hacia dónde lanzó Fullana, pero le faltaron un par de centímetros para que su manopla conectara y desviara el cuero.

Fue a partir de ese momento cuando el Racing parece que se activó en ataque y terminó ese primer tiempo cambiando los papeles y, por lo tanto, metiendo al Atlético Baleares en su propia área. Los últimos cuatro minutos se jugaron en el área blanquiazul pero, aún así, más allá de un remate intencionado de Julen Castañeda por una indecisión de Vega, incluso en esa corta fase del encuentro la mejor ocasión fue local gracias a un veloz contragolpe de Fullana que culminó él mismo con un duro remate con la pelota botando y metiendo en problemas a Iván Crespo, que atajó en dos tiempos. En verdad, fue la última gran ocasión del equipo de Maniola porque en el segundo tiempo daría un paso atrás. Físicamente era imposible mantener el ritmo que habían mantenido en el segundo tiempo y, como suele ser habitual, el Racing acabó mejor en ese sentido. Se jugó más en territorio local y eso se acabó traduciendo en el empate que, en la práctica, puso fin a la historia, ya que no se jugó más. Mejor así. Los últimos minutos en Segunda B fueron puro y duro oficio.

La derecha de Buñuel
Comentarios