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El Diario de Cantabria

Árbitro, la hora

Nico Hidalgo, lamentándose. / Hardy
Nico Hidalgo, lamentándose. / Hardy
Árbitro, la hora

‘El horror, el horror’, repetía el coronel Kurtz en boca de Marlon Brando ante un ensimismado Martin Sheen. ¿De qué hablaba Kurtz? ¿Qué había visto el otrora condecorado soldado para convertirse en aquel espejismo? ‘El horror, el horror’, insistía el exmilitar declarado en rebeldía en un improvisado monólogo abierto a múltiples interpretaciones. El hombre había viajado al corazón de Vietnam, a las profundidades del alma del ser humano, y le había mirado a los ojos. Y, al parecer, se había sentido tan asqueado de lo visto que quedó completamente destrozado. Sólo le faltó ser del Racing y tener que haber sufrido el partido de ayer en Almendralejo para, verdaderamente, haber caído en el abismo y haber buscado una soga. El horror. En eso se convirtió un triste espectáculo convertido en un grito de desesperación para que la temporada se acabe cuanto antes. ‘El horror, el horror’, decía el racinguista desesperado. ¿Pero qué es esto? Daban ganas de cambiar de canal y poner Apocalypse Now para que las desgracias les pasaran a los demás, pero el racinguismo es demasiado puñetero y siempre viaja en vena. No hay quien se quite.

El Racing podía haber jugado mejor o peor y podía haber competido más o menos, pero nadie le había partido la cara. Ayer se la partió el Extremadura durante el tiempo que hubo partido sin necesidad de gran cosa. Y era el penúltimo, un equipo con el que bien podría verse, con suerte, dentro de un año luchando por subir de nuevo a Segunda. Uno cierra los ojos y se ve de nuevo en esa situación, pero queda un gran desierto que atravesar hasta llegar a ese punto. Y también terminar el trabajo del presente curso, que va a ser lo más complicado. Lo peor de todo es que todavía quedan cinco jornadas por delante. Árbitro, la hora.
El fútbol suele funcionar así salvo en constadas excepciones: cuando un equipo que se juega algo juega contra otro que ya no se juega nada, suele ganar el primero. Y ayer quien todavía hacía cuentas era el Extremadura. Habían ganado el Lugo y el Oviedo mientras que el Albacete y el Málaga jugarán hoy, lo que quería decir que incluso quedándose con los tres puntos lo seguirá teniendo complicado el equipo azulgrana, pero quería quemar su última bala. El Racing hace tiempo que la quemó. Lo mejor que tiene es que la caída va a ser muy rápida porque los partidos se suceden uno tras otro. Tanto es así, que incluso el próximo fin de semana podría ser ya matemáticamente equipo de Segunda B. Duele imaginar lo dolorosa que habría sido la agonía con un solo partido por semana.
Por ahora, el equipo de Oltra ya  no sólo es el último clasificado, sino que tiene al penúltimo a siete puntos. Eso es muy duro. Durísimo. Ni siquiera va a mantener el equipo verdiblanco la estética ni va a maquillar unos números que quedarán para la historia como los peores conseguidos nunca en Segunda División. Ser del Racing es muy duro últimamente. Ni el coronel Kurtz lo habría aguantado.

Ayer no se vio una buena versión del conjunto cántabro. Desapareció ese equipo con pausa y criterio con balón que se vio en los partidos contra la Ponferradina y el Albacete hasta que pasó lo que siempre pasa. Delante había un equipo al quenoeragrancosayalquenole hizo falta nada para ganar. Por algo está también prácticamente desterrado. De hecho, salió a jugar sin demasiada prisa y como sabiendo que algo iba a suceder para llevarse los tres puntos sin demasiado sufrimiento. Y lo cierto es que acertó. En esta ocasión, el error verdiblanco llegó de las manos de Iván Crespo. Fue un duro golpe para el capitán, más aún cuando es posible que quien se vaya a encargar de hacer el equipo del próximo curso pueda estar pensando estos días si renovarle y apostar por él o no. 

Ayer no acertó a despejar un balón centrado desde la banda izquierda. No parecía tener demasiados problemas para realizar su cometido pero falló. Se le escapó la pelota y se la regaló a Pinchi para que éste marcara a puerta vacía. Es cierto que el guardameta cántabro después se pudo lucir al despejar un buen testarazo de Álex Alegría, pero, para entonces, su equipo ya estaba por debajo. Lo cierto es que la portería era algo que había funcionado durante buena parte de la campaña pero que está fallando tras el confinamiento. Luca se comió dos que animaron al entrenador a cambiar de cancerbero y ayer quien falló fue Iván Crespo. 

Tras más de media hora en la que dominó la nada más absoluta, con un partido entre dos equipos que eran incapaces de enlazar más de tres pases, dio la impresión de que los locales dieron un paso hacia delante y empezaron a gustarse. Se fueron haciendo con el centro del campo gracias a la incomparecencia de Dani Toribio y Kitoko y se fueron sintiendo más poderosos a la vez que menguaba aún más el conjunto cántabro. Éste había estado cerca del gol en una acción tan aislada como ensayada a los nueve minutos de juego. Guillermo cazó un balón raso procedente de un córner para rematarlo de primeras con la zurda. Tras golpear el balón en Granero, se acabó estampando contra el larguero. 

Lo cierto es que, a pesar de lo doloroso del espectáculo, el ariete vasco a quien fichó Chuti Molina en el mercado de invierno para acabar con las carencias en el puesto de delantero centro se hizo más presente que en buena parte de los anteriores minutos que había jugado. Fue su primera titularidad posterior al confinamiento y, además de ese buen remate al larguero, firmó un buen gol. Fue el primero con la camiseta verdiblanca y prácticamente su primer lanzamiento entre palos. El balón se lo peinó David Rodríguez a la altura del primer palo y, tras un buen control, Guillermo remató con clase picando la pelota sobre Casto. 

Si para entonces estaban tanto el talaverano como el vizcaíno en el terreno de juego fue porque Oltra había cambiado de dibujo tras el descanso. Su equipo ya iba perdiendo 2-0 y quizá con  

la esperanza de volver a meter a los suyos en la contienda o de enviar un mensaje de ánimo y ambición, quitó a un central (Jordi Figueras) para meter a un segundo punta. Sin embargo, al partido le quedaba poco de vida. Es cierto que faltaba la mitad por jugarse, pero, si ya de por sí estaba herido de muerte, el golazo que anotó Zarfino en el 63 ya bajó el telón definitivamente y cerró la puerta con cinco candados. 

El gol que anotó el atacante azulgrana fue tremendo. Recibió de espaldas un balón con Iñaki Olaortua echándole el aliento encima pero le dio igual. Controló, se giró de manera veloz dejando fuera de juego al central vasco y poniéndose la pelota para picarla plácida y con una clase tremenda con la derecha. Iván Crespo salió y se le echó encima, pero el cuerpo pasó por encima de él. Fue un gol que animaba a aplaudir. 

Aquello fue el mazazo final. Los jugadores del Racing veían que todavía quedaba media hora por delante y lo mejor de todo es que, por lo menos, tampoco se dedicaron a pasar el tiempo con el palillo en la boca. Intentaron maquillar el resultado con el gol de Guillermo e incluso gozaron de alguna ocasión más en la cabeza de David Rodríguez y aprovechando la alegría de Carmona por su banda, a quien se vio más en campo contrario jugando en línea de cuatro que en línea de cinco. Quizá el secreto estuvo, igual que esa engañosa sensación de reacción que escribió el Racing, en que el encuentro estaba terminado. El Extremadura respiró y se vio con los deberes hechos no sólo por ir ganando 3-0, sino porque sabía que el equipo que tenía delante era un animal herido.

Y es fácil entender la agonía racinguista, de un equipo que ya se presentó al campo sabiéndose descendido y con una lista de desgracias sufridas durante la temporada que necesitaría un paquete de quinientos folios para enumerarla. Y, para colmo, se encontró con un nuevo error de su portero y, poco después, un penalti en contra que ya dan ganas de dar una patada al aire y mandarlo todo a paseo. Es como si fuera imposible ganar. Es cierto que ayer no hizo nada por conseguirlo y que antes de que abriera la lata el conjunto extremeño no parecía estar en el partido, pero quizá porque ya está escarmentado. Lo que ya se sabe es acabado.

Si el uno a cero dolió, el segundo en la última acción antes del descanso ya fue como una maldita puntilla. Fue fruto de un penalti que nadie del Extremadura pidió y que ni siquiera el Racing protestó. Quizá porque ya da todo igual. Lo cierto es que se produjo cuando David Carmona se echó al suelo para intentar desviar un remate de Pinchi. El balón, según quedó acreditado después por la pequeña pantalla, dio en el brazo del lateral verdiblanco, pero también era complicado haberlo evitado. ¿Qué iba a hacer el jugador andaluz con su brazo? No se lo podía cortar. Hace unos años habría pasado desapercibida esa jugada, pero ayer sirvió para acabar con un Racing que, aún así, intentó mantener la dignidad durante el segundo tiempo. Porque es lo que le queda. Quizá cuando juegue contra un equipo que, como él, no se juegue nada, pueda cambiar el guión de los equipos perdidos. En encuentros como el de ayer, en cambio, parece forzado a ser el que tampoco quiere hacer daño. Al menos, el aficionado se quedó con el debut de Camus, que ni mucho menos fue el soñado. Quizá el jugador crezca, se convierta en toda una referencia verdiblanca y dentro de diez años recuerde dónde empezó desde un panorama completamente diferente. ‘¿Os acordáis cuando debuté yo? Aquello sí que era el horror’, podrá decir durante toda su carrera cuando le vengan mal dadas.

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