sanchismo y su fin

Sánchez afronta las elecciones andaluzas con la sombra de una derrota histórica

Pedro Sánchez conversa con María Jesús Montero durante un acto de campaña del PSOE andaluz, en la recta final de las elecciones del 17-M. La candidata socialista afronta unos comicios marcados por el desgaste del Gobierno y el avance del PP de Juanma Moreno.
El socialismo llega al 17-M con el temor de encajar un castigo severo en Andalucía, mientras Moncloa se prepara para resistir políticamente el golpe.

Pedro Sánchez afronta las elecciones andaluzas del 17 de mayo con la actitud de quien ya ha descontado la derrota y trabaja, antes que en evitarla, en administrar sus consecuencias. La cita andaluza, por su peso histórico en el socialismo español, no es una elección autonómica más. Andalucía fue durante décadas el gran territorio sentimental, orgánico y electoral del PSOE. Por eso, cualquier retroceso allí tiene una lectura que excede con mucho los límites de San Telmo.

La candidatura de María Jesús Montero nació como una operación de autoridad. La número dos del PSOE, antigua ministra de Hacienda y figura central del Gobierno, debía servir para reanimar a una federación deprimida desde la pérdida del poder autonómico. Sin embargo, la campaña ha avanzado en sentido contrario. Lejos de disputar la victoria a Juanma Moreno, el socialismo se encuentra ahora ante la posibilidad de no alcanzar siquiera los resultados obtenidos por Juan Espadas en 2022.

El dato, de confirmarse, tendría una gravedad política evidente. No sólo porque supondría el peor registro histórico del PSOE andaluz, sino porque demostraría que el problema no era únicamente de candidato, sino de ciclo. Montero ha llevado a Andalucía todo el peso del sanchismo: su estilo combativo, su disciplina de bloque y su identificación plena con la política nacional. Pero precisamente esa identificación parece haberse convertido en una carga.

Una campaña cuesta arriba

La vicepresidenta llegó a la contienda presentándose como una dirigente de Estado que renunciaba al poder en Madrid para servir a su tierra. Era un relato ambicioso, incluso épico, pero no ha terminado de prender. Conforme pasaban las semanas, la campaña socialista fue perdiendo impulso y acumulando errores. Algunos, de carácter estratégico; otros, de una delicadeza mucho mayor.

El episodio relacionado con los guardias civiles muertos en acto de servicio en la lucha contra el narcotráfico en Huelva dejó una huella profunda. En política, las palabras rara vez son inocentes, y menos aún cuando rozan asuntos que apelan al dolor, al deber y al Estado. La referencia a un “accidente laboral” fue recibida por muchos votantes como una muestra de frialdad burocrática ante una tragedia nacional.

Ese tipo de errores no siempre cambia unas elecciones, pero sí confirma percepciones previas. Y una parte del electorado andaluz llevaba tiempo viendo en Montero más a una representante del poder central que a una alternativa natural para la Junta.

Moreno y la política de la quietud

Frente a ella, Juanma Moreno ha construido una campaña de tono bajo, casi administrativo, apoyada en una idea sencilla: estabilidad. No es un liderazgo arrebatador ni pretende serlo. Su fortaleza reside precisamente en lo contrario. Moreno ha convertido la ausencia de sobresaltos en una forma de capital político.

En una España acostumbrada al ruido permanente, esa serenidad tiene valor electoral. El presidente andaluz no necesita grandes gestos para aparecer como una opción segura. Le basta con contrastar su imagen con la agitación constante de la política nacional.

La cuestión, sin embargo, no está resuelta. El Partido Popular puede ganar con amplitud y, aun así, quedarse a las puertas de la mayoría absoluta. En provincias como Almería, Cádiz, Granada o Sevilla, el último escaño puede depender de un puñado de votos. La aritmética andaluza, siempre severa con los excesos de confianza, decidirá si Moreno gobierna solo o necesita a Vox.

El temor interno en el PSOE

En Ferraz se insiste en que nada cambiará al día siguiente de las elecciones. Es una afirmación comprensible desde el punto de vista del poder, pero discutible desde el punto de vista político. Las derrotas no siempre provocan crisis inmediatas; a menudo producen algo más lento y más peligroso: desgaste, desaliento y pérdida de autoridad.

Entre dirigentes socialistas empieza a oírse una preocupación que no se expresa aún como rebelión, pero sí como cansancio. Hay cuadros territoriales que observan con inquietud una sucesión de derrotas autonómicas y municipales que el aparato federal tiende a absorber sin autocrítica. El argumento de Moncloa es conocido: Sánchez puede perder territorios y, aun así, conservar opciones en unas generales gracias a la polarización y al miedo a la derecha.

Puede ser. Pero también puede ocurrir lo contrario: que cada derrota regional erosione un poco más la confianza en el liderazgo central. La política española ofrece suficientes ejemplos de presidentes que parecían invulnerables hasta que dejaron de serlo.

Andalucía como síntoma nacional

La importancia de Andalucía para el PSOE no es meramente sentimental. Es estructural. Durante años, la federación andaluza fue un dique, una cantera y una garantía. Cuando ese territorio deja de responder, el partido entero se resiente.

Por eso el resultado del 17-M será leído en clave nacional, aunque Moncloa procure limitarlo al ámbito autonómico. Si el PSOE cae por debajo de su suelo histórico, la derrota será difícil de presentar como un episodio local. Y si, además, Moreno conserva la mayoría absoluta, el mensaje político será inequívoco: el socialismo no sólo ha perdido la Junta, sino también la capacidad de disputar de verdad el centro político andaluz.

La izquierda alternativa añade otro elemento de inquietud. El crecimiento de Adelante Andalucía y la competencia con Por Andalucía fragmentan un espacio que antaño el PSOE administraba casi en exclusiva. La izquierda ya no se ordena de forma automática alrededor del socialismo. Ese fenómeno, más que coyuntural, revela una pérdida de autoridad cultural.

El día después

Sánchez intentará resistir. Es su especialidad política. Ha demostrado en numerosas ocasiones una capacidad notable para sobrevivir a escenarios adversos. Pero resistir no equivale siempre a gobernar el tiempo político. A veces significa simplemente aplazar una discusión inevitable.

Si el castigo en Andalucía es severo, el presidente podrá atribuirlo a factores locales, a la abstención, a la fragmentación de la izquierda o a la movilización conservadora. Podrá incluso encontrar ventaja táctica si Moreno necesitara a Vox para gobernar. Pero nada de eso borrará el dato esencial: el PSOE habrá vuelto a perder en uno de sus territorios decisivos.

La noche andaluza no determinará por sí sola el futuro de Pedro Sánchez. Pero puede fijar una imagen difícil de corregir: la de un partido que conserva el poder en Madrid mientras se le estrecha, elección tras elección, el suelo bajo los pies.