conferencia de presidentes

Sánchez acude a cazar y termina cazado: la Conferencia de Presidentes se vuelve contra él

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, preside la XXVIII Conferencia de Presidentes. / Lorena Sopeña
El presidente del Gobierno de España acudió a la Conferencia de Presidentes con la intención de dividir al bloque autonómico del PP usando el catalán y el euskera como arma simbólica 

Pedro Sánchez llegó a la Conferencia de Presidentes con una estrategia calculada: provocar fisuras dentro del bloque autonómico del PP, explotando el previsible desacuerdo sobre el uso de las lenguas cooficiales. Pero lo que buscaba como una jugada táctica se convirtió en un revés simbólico y político. En lugar de dividir, los presidentes del PP hablaron al unísono: “convocatoria anticipada de elecciones”.

Una maniobra de ajedrez que terminó en jaque

La Moncloa había puesto en marcha lo que creía una operación quirúrgica: permitir el uso del catalán y el euskera para provocar reacciones entre los líderes autonómicos populares. Pero la respuesta fue de una contundencia inesperada. Los 13 presidentes del PP, de forma coordinada, reclamaron a Sánchez el fin de la legislatura. No hubo titubeos. No hubo grietas. “Fuenteovejuna: todos a una”, como describe con acierto El Debate.

Sánchez, desconcertado, recurrió a una despedida amarga y premonitoria: “Aquí me vais a tener hasta 2027”. Una declaración que en lugar de proyectar autoridad, delató incomodidad. Porque lo que pretendía ser un golpe maestro acabó revelando un presidente cercado por la presión política y el agotamiento institucional.

El relato oficial, desmentido por los hechos

En paralelo, los ministros intentaron construir una narrativa de éxito, subrayando que varios presidentes del PP habían utilizado pinganillos para entender las intervenciones en lenguas cooficiales. Un gesto mínimo elevado artificialmente a símbolo de claudicación. Pero en realidad, como se evidenció en la sala y después en las ruedas de prensa, cada presidente actuó con autonomía y sin fisuras ideológicas.

Ayuso se ausentó como protesta, sin generar tensiones dentro de su bloque. Otros, como Alfonso Rueda o Marga Prohens, hablaron primero en gallego o catalán, pero lo hicieron con naturalidad, no como sumisión sino como expresión plural de sus territorios. La supuesta división que esperaba la Moncloa nunca ocurrió.

De pinganillos a puzles rotos

El episodio de los pinganillos fue, en última instancia, una distracción menor frente al verdadero trasfondo de la conferencia: la pérdida de iniciativa política del Gobierno. Incluso dentro del PSOE, la disidencia de Emiliano García-Page volvió a hacerse sentir con fuerza, con intervenciones críticas que Sánchez optó por censurar, cortándole la palabra, como ya hiciera en la anterior cita en Santander.

García-Page fue certero: “El país es un puzle roto con muchas piezas averiadas”. Su frase no fue un reproche al adversario, sino un diagnóstico incómodo al propio Gobierno. Un reflejo de cómo la política territorial se ha convertido en un campo de batalla institucional, donde el diálogo ha sido reemplazado por una escenografía teatral que apenas disimula las grietas.

El intento de Sánchez por tensar el relato, escenificar apertura y mantener el liderazgo ha fracasado por exceso de cálculo y carencia de consenso real. El uso político de las lenguas cooficiales, pensado para mostrar una imagen de pluralidad, se transformó en el detonante de una unidad inesperada en la oposición.

El mensaje lanzado por los presidentes autonómicos del PP ha sido claro: la legislatura no da más de sí. Y el hecho de que el presidente del Gobierno tuviera que responder uno a uno a sus homólogos con una promesa defensiva sobre 2027, deja entrever una debilidad que no se oculta con titulares ni pinganillos.

Porque en democracia, como en ajedrez, quien presume de tener la iniciativa suele perderla cuando más confiado está. Y este 6 de junio de 2025, el presidente que quiso cazar el relato acabó convertido en el protagonista de su propia emboscada.