Una nueva mentira de Sánchez: niega que España tenga uranio... pero los datos del sector lo desmienten
El presidente del Gobierno insiste en que “España no tiene uranio” para justificar su rechazo a las nucleares, a pesar de los datos oficiales del propio sector energético
La verdad, en política, no siempre es una cuestión de precisión factual, sino de intención discursiva. Sin embargo, cuando el presidente del Gobierno comparece ante el Congreso para responder por un apagón eléctrico nacional y el modelo energético español, la exactitud ya no es solo deseable: es esencial. Y este miércoles, Pedro Sánchez ha fallado estrepitosamente en ese estándar.
Durante su intervención, Sánchez ha afirmado que “en España no hay uranio” y que, por tanto, la apuesta por energía nuclear supone una dependencia energética exterior incompatible con la soberanía nacional. Lo ha hecho en el contexto de una defensa cerrada de las energías renovables, su gran apuesta política, y como réplica a las voces que —desde la oposición y el sector— reclaman reabrir el debate nuclear tras el colapso del pasado 28 de abril.
Una afirmación refutada por los datos del propio sector
La realidad, sin embargo, desmiente de forma categórica al presidente. España es, de acuerdo con datos de Nuclenor (operadora de la central de Garoña), el segundo país europeo con mayores reservas de uranio, solo por detrás de Francia. Según esta entidad, hay identificadas en territorio nacional más de 16.800 toneladas de U₃O₈ (trióxido de uranio), de las cuales unas 4.650 serían rentables de explotar a menos de 80 dólares/kg.
¿Por qué no se extrae entonces? Por razones políticas, no geológicas. Desde la entrada en vigor de la Ley de Cambio Climático impulsada por Teresa Ribera, toda actividad minera vinculada a tierras raras, incluido el uranio, ha sido vetada en España. Un ejemplo paradigmático es el de la mina de Retortillo en Salamanca, paralizada por orden del Ministerio de Transición Ecológica, no por falta de recursos sino por objeciones normativas y supuestos riesgos medioambientales.
Una narrativa ideologizada
Para justificar su afirmación, Sánchez recurrió a la retórica geopolítica. Aseguró que, sin uranio propio, España dependería de importaciones —“¿De dónde?”, se preguntó con dramatismo retórico—, planteando así una falsa dicotomía: o renovables o servidumbre energética. Lo cierto es que la dependencia energética también afecta a tecnologías renovables, altamente expuestas a la producción asiática de tierras raras, esenciales para la construcción de paneles solares, turbinas eólicas o baterías.
La afirmación presidencial responde más a la urgencia de cerrar el flanco nuclear en pleno escándalo por el apagón del 28 de abril, que a un análisis serio de la matriz energética. Como ha evidenciado esta crisis, ni el sistema es infalible ni el discurso institucional ha sido transparente.
La contradicción europea de Ribera
Sánchez no está solo en esta deriva. Su vicepresidenta y antigua ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, prohibió toda explotación minera de uranio en España, pero ha cambiado de tono tras su desembarco en Bruselas como vicepresidenta de la Comisión Europea. Ya no combate abiertamente la energía nuclear, sabedora de que el consenso europeo gira —otra vez— hacia un mix que incluya esta fuente como pilar de la autonomía energética continental.
El debate que no admite caricaturas
El rechazo a la energía nuclear desde el Gobierno se apoya cada vez más en una caricatura de sus críticos. Sánchez denunció en sede parlamentaria que “quienes defienden lo nuclear” lo hacen por “agenda ideológica” y por intereses empresariales. Pero el propio calendario de cierre de las centrales fue pactado entre las grandes eléctricas y el propio Ejecutivo en 2019.
No se trata, por tanto, de una guerra entre “progresistas verdes” y “ultrarricos nucleares”, sino de una cuestión más sobria: cómo garantizar un suministro estable, seguro y competitivo en un escenario donde la transición energética, aunque inevitable, aún está incompleta.
España sí tiene uranio. Tiene tecnología, personal cualificado y una red de infraestructuras que —pese a las debilidades mostradas en la última crisis— ha sido ejemplo de estabilidad en el pasado. Lo que no tiene, en este momento, es una estrategia energética ajena a consignas ideológicas. El apagón, más allá de su causa concreta, ha evidenciado la fragilidad del discurso político cuando se enfrenta a las exigencias materiales de la realidad.
Sánchez no mintió por error. Lo hizo —como es habitual en el marco de un liderazgo comunicacional centrado en el relato— porque la verdad factual entorpece la eficacia de su narrativa. El problema es que los sistemas eléctricos, a diferencia de los discursos, no se sostienen sobre percepciones.