Los casos de Errejón y Monedero dinamitan la unidad de la izquierda feminista

Ione Belarra, líder de Podemos, detrás de Yolanda Díaz durante un acto público de Sumar. / Iván Delgado
En menos de seis meses, los escándalos de Juan Carlos Monedero y Íñigo Errejón por presuntas agresiones sexuales han convertido la prometida "unidad de la izquierda" en un campo de batalla

Lo que Yolanda Díaz vendía como una izquierda feminista y regeneradora se ha convertido en un duelo de traiciones, escándalos y acusaciones cruzadas. La aparición de denuncias por violencia sexual contra dos de los fundadores de Podemos, Juan Carlos Monedero y Íñigo Errejón, ha terminado de descomponer la frágil relación entre Podemos y Sumar, y ha puesto en evidencia la doble moral de los que hasta hace nada se proclamaban abanderados del feminismo.

En el caso de Errejón, las denuncias, entre ellas la de la actriz Elisa Mouliaá, revelaron que Sumar conocía las acusaciones un año antes de que estallara el escándalo mediático. Pese a ello, no solo no actuó, sino que lo mantuvo como figura destacada hasta que fue imposible seguir ocultándolo. Solo entonces le invitaron a abandonar la política. ¿Protección? ¿Cálculo electoral? En cualquier caso, un silencio clamoroso para quienes decían que "sí es sí" siempre.

Pero si el caso Errejón sacudió los cimientos de Sumar, el terremoto Monedero ha terminado de romper la fachada del bloque a la izquierda del PSOE. Desde Podemos reconocen ahora que su expulsión discreta del espacio público en septiembre de 2023 se hizo para "respetar a las víctimas", pero la realidad es que durante años fue un secreto a voces en el partido que Monedero era un habitual de actitudes inaceptables. ¿Y qué hicieron? Nada. Lo mantuvieron en los chats internos, dejaron que siguiera con su actividad política y ocultaron las denuncias. Feminismo de pancarta, pero no de hechos.

Y ahora, cuando ya no hay forma de tapar el escándalo, los cuchillos vuelan entre ambos partidos. Pablo Iglesias ha salido a señalar directamente a los suyos y a los "medios progresistas", como ElDiario.es o El País, por haber encubierto a Errejón y a Monedero, acusándolos de proteger a sus favoritos para no hacer daño al proyecto político de turno. Según Iglesias, el PSOE también queda retratado por su doble vara de medir: echar a Ábalos del Gobierno, pero no del partido.

El resultado de todo esto es devastador para el bloque que pretendía liderar el feminismo político en España. Los mismos que exigían dimisiones fulminantes a la derecha por comportamientos machistas han demostrado que, cuando el señalado lleva un pin morado, la reacción es lenta, tibia y siempre pensando primero en el daño electoral.

Ni Podemos ni Sumar han pedido perdón. Ninguno ha asumido responsabilidad alguna. Y lo que es peor: el enfrentamiento entre ambos por ver quién es menos hipócrita ha terminado de destrozar cualquier posibilidad de reunificación electoral a corto plazo. La supuesta "confluencia" que Yolanda Díaz soñaba de cara a futuros comicios parece hoy poco más que un chiste.

Con dos de sus rostros más emblemáticos manchados por denuncias de violencia sexual, y sin una respuesta firme, transparente y ejemplar, tanto Podemos como Sumar se exponen a una sangría de votos de la que solo puede beneficiarse un tercero: el PSOE. Los votantes progresistas que ya estaban desmovilizados por las divisiones internas, la falta de proyecto y los ceses encubiertos de figuras clave ahora tienen una razón más para abandonar el barco.

En política, pocas cosas son tan letales como traicionar tu propio discurso. Y ahora, aquellos que hicieron del feminismo su bandera se enfrentan a la evidencia de que, a la hora de la verdad, la consigna era clara: si es uno de los nuestros, miramos para otro lado.