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La encrucijada de Pedro Sánchez: defensa, silencio y una aritmética imposible

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados. / Eduardo Parra
La defensa nacional, el gasto militar y los compromisos internacionales exigen hoy un pacto con el PP. Y ese paso, más que ideológico, es estructural

Pedro Sánchez ha construido su carrera sobre la gestión del tiempo político: demorar, esquivar, reencuadrar. Pero hay momentos —cruciales, ineludibles— en los que el tiempo se agota y la realidad irrumpe sin pedir permiso. El debate sobre el gasto en Defensa y la posible participación de España en misiones internacionales marca uno de esos momentos.

La Moncloa ha optado por el silencio. No porque no tenga información, sino porque teme sus consecuencias. Como reveló con claridad la intervención del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en Varsovia, España se ha comprometido a alcanzar el 2 % del PIB en gasto militar “este verano”. Un anuncio contundente que el propio Gobierno español se apresuró a matizar, casi desmentir, evidenciando que la realidad de los compromisos internacionales está muy por delante de la narrativa oficial.

Una política exterior en piloto automático

La opacidad gubernamental no es nueva, pero sí especialmente grave en este contexto. Europa atraviesa un ciclo histórico, con la guerra en Ucrania redefiniendo la arquitectura de seguridad del continente. En ese marco, Sánchez ha optado por mantenerse en el plano abstracto, eludiendo compromisos concretos, delegando explicaciones en portavoces sin autoridad y negando al Parlamento el derecho a deliberar sobre decisiones que, en cualquier democracia liberal, requerirían consentimiento explícito.

Lo revelador no es sólo lo que dice, sino lo que omite. Ni una sola palabra sobre la participación española en la posible “coalición de voluntarios” que barajan Francia y el Reino Unido. Ni una aclaración ante las filtraciones del Ministerio de Defensa, que —según la prensa afín— ya prepara discretamente escenarios sobre el terreno en Ucrania. Esta política de insinuación sin compromiso, de acción sin responsabilidad, es insostenible en un Estado que aún se proclama parlamentario.

La geometría imposible del sanchismo

El problema para Sánchez no es tanto la política de defensa, sino la geometría imposible de sus alianzas. El bloque de investidura que lo sostiene es, en su núcleo, profundamente hostil al rearme, e incluso a la OTAN. Sumar, ERC, Bildu: todos han manifestado con claridad su rechazo a una política exterior que implique aumentar el gasto militar o proyectar fuerza en el exterior.

Y sin embargo, el contexto internacional ya no permite ambigüedades. El artículo 17 de la Ley de Defensa Nacional exige autorización del Congreso para cualquier operación militar en el exterior que no esté vinculada directamente con la defensa del territorio o el interés nacional. Es decir, cualquier participación española en misiones en Ucrania, por limitada que sea, requiere no sólo consenso, sino coraje político.

La opción inevitable: el Partido Popular

Y ahí entra en escena la única tabla de salvación que le queda al presidente: el Partido Popular. Como recordó Alberto Núñez Feijóo esta semana, el PP votó a favor del presupuesto de Defensa en 2023, pese a ser oposición, precisamente por sentido de Estado. Porque alguien debía garantizar que la seguridad nacional no dependiera de los votos de partidos que aún dudan si España debe tener un ejército.

Lo irónico —o trágico— es que Sánchez, atrapado por sus propias alianzas, debe recurrir ahora al único partido que ha tratado sistemáticamente como irrelevante. El mismo al que ha excluido de decisiones clave, como el nombramiento del fiscal general, la ley de amnistía o la negociación con Puigdemont, es ahora su única opción viable para sostener la política de defensa que Europa exige y que España necesita.

El gesto que se requiere no es pequeño. No basta una reunión informal ni un café en Moncloa. Exige lo que Sánchez detesta: una cesión explícita de protagonismo. Una fotografía con Feijóo. Una comparecencia conjunta. Una asunción pública de que su minoría parlamentaria no basta para sostener una política de Estado.

Un liderazgo sin capacidad de mando

La situación revela el núcleo del problema de liderazgo de Sánchez. Su poder se basa en una mayoría prestada, circunstancial, y profundamente dividida. Y sin embargo, se comporta como si detentara una autoridad incontestada. El resultado es una política errática, sostenida por el miedo a desagradar y el arte de no decidir.

Pero la historia —como la guerra— no espera. La cumbre de la OTAN en junio no será un foro para especulaciones, sino un espacio de definición. La Europa que salga de ese encuentro tendrá líneas claras, compromisos firmes, y socios confiables. Si España no está entre ellos, será por voluntad propia, no por ignorancia.

Sánchez sabe que el tiempo del escapismo se termina. También lo sabe el PP. La cuestión es si ambos estarán dispuestos a reconstruir un mínimo de institucionalidad compartida, o si se impondrá la lógica electoral del cortoplacismo.

Hay momentos en que los gobiernos deben dejar de gobernar para su base y empezar a hacerlo para el país. La defensa nacional, como la integridad territorial o la política exterior, no puede depender de juegos parlamentarios o cálculos tácticos. Requiere grandeza. Requiere madurez. Requiere un pacto. Y ese pacto, le guste o no a Sánchez, pasa hoy por Feijóo.