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El Diario de Cantabria

Santander y la bahía: Las orillas salinas y los vientos que las mecen y las conmueven

Vista de la Bahía de Santander el pasado fin de semana. / HARDY
Vista de la Bahía de Santander el pasado fin de semana. / HARDY
Santander y la bahía: Las orillas salinas y los vientos que las mecen y las conmueven

Aquel que conozca la escarpada costa que el mar Cantábrico ha ido cincelando a lo largo de los siglos, bien sabe de sus relieves agrestes y cortantes, perfilados en las rocas a golpes de ola y espuma. Bien sabe que han sido esculpidos con la paciencia artesana y el buril certero de su batir violento e incansable. Su cantil, recreado en las caprichosas y casuales imperfecciones, está dibujado por una sucesión inagotable de abruptos acantilados, desde los que al asomarnos, para contemplar el magnético paisaje que se brinda a nuestra mirada, podemos intentar desvelar un imposible, el misterio que siempre acompaña a la mar y sus abisales profundidades.

En este hipnotizador panorama de aguas revueltas y espumarajos violentos, surge, de sus mismas entrañas, entre sus innumerables aristas, un antojo insospechado de la naturaleza, el refugio natural de la Bahía de Santander. Emerge, tras sortear los embates marinos, como un remanso de paz en medio del caos oceánico.

Aquellos viajeros, avezados en cientos de batallas de geografía, aquellos navegantes, curtidos en multitud de travesías, incluso aquellos que jamás se fijan en nada, distraídos en sus ociosidades, se maravillan ante lo que descubren sus ojos incrédulos, ante el regalo que es, para los sentidos, la ría de Santander. Pero todo ello, apenas quedaría en nada -en diminutas volutas de humo- si lo comparásemos con la sensación que debieron de experimentar aquellos hombres y mujeres que pisaron estos parajes por vez primera.

Porque la belleza, sin la mirada del hombre, no es tal. Simplemente no existe, como tampoco su contrario, la fealdad. El paisaje estaba ahí, pero en esas horas primeras de la humanidad solo era un decorado más del planeta, un attrezzo que no había despertado ni trasladado la más mínima emoción a ningún ser pensante. Debió de ser grandiosa la impresión que sintieron aquellos primeros seres humanos cuando contemplaron lo que aún ninguno de su especie había podido percibir a través de la retina: la quietud marina y las verdosidades caleidoscópicas de las aguas de la bahía.

El impacto visual y emocional que experimentaron los ojos, las almas, de aquellos hombres que nos antecedieron, llega aún hasta nosotros, como sus legítimos herederos, impregnándonos de las mismas vivencias apasionadas, de la misma salobridad que se adhirió a sus pieles y a sus conciencias. De alguna manera, se constituyeron en los primeros santanderinos de la historia.

Es por ello, por el misterio y la belleza que acompañan a sus aguas, por lo que todavía el turista, accidental o no, el navegante, el callealtero, genuino representante del Santander más marinero, se sigue emocionando ante la simple visión de este monumento al azar y del azar, producto de la sigilosa y constante erosión marina, deudora de la sedimentación de sus rías y del sin fin de casualidades que han hecho de la bahía de Santander uno de los más hermosos prodigios de la naturaleza.

No se puede concebir Santander y su bahía sin la visión cercana de Peña Cabarga, a cuyas faldas el pico cónico de Solares, hoy mordido y desastrado por la cantera que lo devora, parece implorar clemencia.

Los santanderinos nos acostumbramos, desde niños, a mirar la otra orilla de la ría para escudriñar la silueta de esta peña altiva, coronada por el Monumento al Indiano; homenaje a esos próceres que se fueron de niños y que, desde la lejanía de las tierras a las que emigraron, siempre soñaron con regresar a su tierruca del alma para poder volver a escuchar el sonido de las campanas de la iglesia de su pueblo. Una vez de vuelta, se constituyeron en generosos mecenas que contribuyeron al desarrollo de nuestra tierra con la construcción de escuelas, hospitales, carreteras, empresas y todo tipo de obras filantrópicas.

Desde la otra orilla observamos a esa Peña Cabarga tan cercana como si fuese un infalible barómetro en el que intentamos descifrar el tiempo que está por venir. Y así, si contemplamos Cabarga encapotada, cubierta por una densa y oscura neblina, mientras nos incomoda una brisa húmeda, nos barruntamos un aguacero inminente. Sabemos, sin lugar a dudas, que no tardará en descargar en la ciudad. Solo con intuir esta visión, desde la lejanía del Alta, apresuramos el paso a la búsqueda de un refugio que nos proteja del chaparrón que se nos anuncia desde la Peña de Cabarga. A veces, hasta nos equivocamos, pero, desde luego, se contarán las ocasiones erradas como meras casualidades.

Cuando llueve en Santander, la capa grisácea del cielo encapotado se desploma sobre los tejados de la ciudad. Los vetustos edificios del muelle se desdibujan entre el pálpito que la lluvia esparce al estrellarse con el gran manto de agua que la bahía acuña. Con el chaparrón, los portales se atiborran de empapadas cabezas sin sombrero, de enmudecidos labios que resbalan hacia adentro, conteniendo el aliento en una letanía de fascinación, provocada por el embrujo que el rodar ruidoso de la lluvia por el asfalto causa en los desorbitados ojos de sus habitantes.

Cuando el temporal arrecia con fuerza, la calzada que discurre por la avenida de Calvo Sotelo, en apenas unos minutos recoge las aguas que en tiempos, no tan lejanos, recogiera el arroyo de Becedo. Es, en estos momentos, cuando recupera su condición natural -añorada a diario desde el bullicio del tráfico- de vieja ría de la antigua villa, de próximo desagüe para las torrenteras que llegan a ella desde las altitudes de la ciudad. Luego, poco a poco, tras la lluvia torrencial, se va recuperando la normalidad y, así, esquivando charcos y paraguas que se cierran, los estrábicos habitantes reinician sus vidas poniendo pulso y alma a una ciudad anegada.

También Cabarga nos avisa, cuando arde su cielo sobre el horizonte, de la presencia del viento sur, del Sur, ese viento que nos persigue encarnado a la bahía. Si de algo sabemos, si en algo somos duchos los habitantes de esta ciudad, es de vientos y, en concreto, de todo lo que concierne al ígneo viento del sur. No en vano, amén de ser el más característico, es el más temido y el que más disgustos nos ha traído. De su mano, la ciudad ha ardido.

La bahía se encuentra desprotegida e inerme, a merced de las acometidas de estos vientos, a merced de las conocidas suradas que la castigan con la fuerza y el calor de un magma candente. Penetran, diáfanos y sin encontrar la más mínima oposición orográfica, por las rojizas tierras -cargadas de óxido de hierro- de la ría de Astillero y de Peña Cabarga. Rojizos también, cuando no ligeramente anaranjados, se tornan los cielos ante su presencia. Con él, embebidas de grises y verdes, y por él, se rebelan y enrevesan las aguas de la bahía. Con él y por él se amarran a conciencia las embarcaciones en los bolardos de los muelles para después, cuando las embestidas más violentas arrecian, parecer marionetas agitadas y desmadejadas por una fuerza imparable.

Cuando sopla este incierto viento del sur, nunca se sabe ni dónde llegarán los destrozos de sus arremetidas ni cuánto durará su presencia. Cuando se cuela como un invitado indeseable, runflando un silbido penetrante, por las imperceptibles rendijas que dejan las ventanas, presentimos un ruido de cristales rotos, de tejas desprendidas y de macetas estrellándose contra el suelo.

Lo única certeza que conocemos es que, una vez se calme, nos alcanzará el agua. Es como una sentencia dictada con antelación a la espera de hacerse firme. Tras el sur- tardará unos días o unas horas- siempre nos acompañará la lluvia.

Lloverá sobre mojado, aunque de otra manera bien distinta. Lloverá sobre las humedades salinas que, con el agua de la bahía, el sur arroja a los muelles, a las calles, e incluso, a los tejados, lloverá sobre el reciente salitre que inunda las fachadas de una ciudad a la que el viento del sur cubre y engalana de agua, espuma y sal.

Nunca un lugar como Santander ha tenida tanta vocación marítima y marinera. El olor a salitre, inundando y penetrando la pituitaria para hacernos respirar hondo y llenarnos de mar, salpica y acompaña a la ciudad permanentemente. La salinidad se transparenta en la piel de sus habitantes, se manifiesta entre las avenidas, en las callejas y en los suelos de los muelles. No es casual, todo ello es debido, en gran parte, a este viento violento y sorpresivo que mete el aroma del mar en nuestras cocinas, haciendo de Santander un espacio machinero, en el que todo está impregnado del aroma embaucador de la bahía sobre la que se extiende. La ciudad se ensancha y asoma, por entre sus vendavales, sobre el espejo inalterable de una bahía que sabe reflejar en sus aguas el perfil más salinero.

Es el cálido y enrarecido viento del sur el que, tras perder sus humedades en zonas más meridionales, penetra sin oposición por la bahía, encabritando sus aguas y salpicando sus muelles. Invade la ciudad de un ambiente desecado, disperso, envolviéndola dentro de un halo electrificado y enfermizo. Lo mismo pasa desprendiendo cuatro marquesinas y rompiendo unos cristales que incendiando toda la Puebla Vieja.

Cuando sopla, es el mejor momento para hacer una excursión a lo más alto de Peña Cabarga y contemplar la ciudad y la bahía plena de belleza, sin una sola de las diminutas gotas que dificultan la vista cuando el tiempo vira y la humedad del aire se dispara. Una delicia para la vista y para los que disfruten de la fotografía.

Así es el viento solano. Así es el viento que tanto gusta a unos, en especial a los niños, y que tanto trastorna a otros. No en vano, cuando alguien se encuentra un tanto alterado, nosotros, los santanderinos, siempre decimos que está de sur. Por algo será.

Continuará en la edición de mañana

Santander y la bahía: Las orillas salinas y los vientos que las mecen y las conmueven
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