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El Diario de Cantabria

Una navidad cásica llena el auditorio del Casyc

Concertino de Silvia Cadenas y la soprano Estrella Cuello. /  Gonzalo Martínez
Concertino de Silvia Cadenas y la soprano Estrella Cuello. / Gonzalo Martínez
Una navidad cásica llena el auditorio del Casyc

La Misa de Réquiem de Mozart fue compuesta en Viena en 1791 y quedó inconclusa a la muerte del compositor. Fue terminada por su discípulo Süssmayr y finalmente se le entregó al conde Franz von Walsegg, que había encargado una misa de réquiem para conmemorar el aniversario de la muerte de su esposa.

En la correspondencia de Süssmayr se vislumbra el modus operandi de Mozart y desvela que el Maestro le decía simpáticamente: “hay que hacer todo, componer una obra musical o el amor, todo, absolutamente todo, como si fuera la última vez que se hace en la vida, poniendo toda la pasión del mundo en eso. Nada realmente bueno se puede hacer si no es así.” Esta pasión mozartiana fue revivida el pasado 14 de diciembre en el Teatro Casyc de Santander por unas doscientas personas sobre el escenario: las masas corales Orfeón Cántabro, Coro Jorge Manrique, Coro Atalaya, Coro Tomás Luis de Victoria (Dir. Miriam Jaurena) y las orquestas Asociación Filarmónica de Cantabria (AFC) y AEDEA del Conservatorio Jesús de Monasterio (Dir. Paula Bolado), dirigidas enérgicamente por el maestro Cesar Vinagrero, secundadas por un elenco de solistas profesionales de alto nivel, la soprano aragonesa Estrella Cuello, la mezzo valenciana Marina Rodríguez – Cusí, el tenor cántabro Carlos Blanco y el barítono cántabro afincado en Madrid David Rubiera.

El recital “Una Navidad Clásica” llenó de público el teatro Casyc y nos propuso un programa con dos obras excepcionales: una barroca de Haendel y otra clásica con tintes ya románticos, considerada la última obra culmen de la producción mozartiana. Tras la Suite en Re Mayor de Haendel, interpretada deliciosamente por la orquesta de cámara AEDEA, formada por estudiantes del Conservatorio Jesús de Monasterio y meritoriamente dirigida por su profesora Paula Bolado, dio comienzo de inmediato al Introito de la Misa de Réquiem de Mozart. Este comienzo fue toda una declaración de intenciones, en donde el maestro César Vinagrero daba comienzo a su personalísima visión de esta archiconocida obra: la articulación larga de los cellos y contrabajos junto a un tempo lento para este primer Adagio evocó en la imaginación a un desfile fúnebre, a un solemne carruaje tirado por majestuosos caballos. Iluminó este número la primera intervención de la soprano solista fundiéndose con el coro. Este solo mostró el protagonismo que quiso dar el último Mozart, gran admirador de la mujer, a la cuerda femenina, que abrió y cerró esta obra, como alfa y omega de su póstuma creación y sentido de su propia vida. Los coros demostraron desde este comienzo su magnífica solidez y empaste máximo, continuando en el Kyrie con una verdadera demostración de agilidades fluidas y transmisión cristalina de la forma de los pasajes fugados, haciendo comprensible en todo momento su estructura. El maestro lo dirigió con tensa fluidez sin dar lugar al más mínimo reposo, reflejando su ethos suplicante como si se tratara de un torbellino agitado de energía en perfecto control, con unos exagerados acentos por parte de toda la plantilla de músicos, dando una sensación estética propia del Sturm und Drangalemán de mediados del siglo XVIII. Orquesta y coro alcanzaron uno de los momentos cumbre de la interpretación asumiendo ese aire escatológico que quiso dar el director al Dies irae, inicio de la Secuencia.

Pleno de convocante serenidad, el sonido del trombón en Tuba mirum  dio paso al barítono David Rubiera quien convirtió este pasaje en una verdadera escena operística en el más auténtico sentido mozartiano, con el cuarteto solista dando lo mejor de sí, favoreciendo la profundidad expresiva que requiere para describir de manera magistral la presencia de toda conciencia ante el trono del Juez Supremo.De hecho, fue el primer número en donde los solistas intervinieron con verdadero protagonismo y revelaron sus dotes artísticas: la soprano Estrella Cuello mostró un buen fiato y vibrante squillo, lo que en una sala amplia como la del Auditorio Casyc, no amplificada y con el aforo completo, hizo que no tuviera dificultades de proyección su claro timbre. La mezzo internacional Marina Rodríguez Cusí, de instrumento cálido y afinación perfecta, deslumbró por su gran expresividad en todas sus intervenciones. El tenor Carlos Blanco exhibió su musicalidad incipiente, mientras que el consolidado barítono-bajo David Rubiera tuvo intervenciones realmente brillantes desde su majestuosa entrada en este número. Es de agradecer que el cuarteto realizara en todo momento música de cámara entre sí, con dinámicas pactadas y olvidándose de las individualidades solísticas tan en boga actualmente.

Al grito de los coralistas en el pasaje Rex tremendae, el maestro Vinagrero quiso darle en sus tres repeticiones ese carácter de desolación con el que Mozart manifestó tan humano sentimiento ante la inminencia de la muerte, acentuando su sereno final. Como continuación del aire de confiada resignación de la secuencia anterior, el director dirigió magistralmente al cuarteto solista en Recordare, resaltando con gran expresividad el persistente y casi imperceptible contrapunto que subyace. Encontró ese secreto de saber transmitir la emoción contenida desde la perfecta lógica constructiva que indica el compositor. 

Antes de abordar el Lacrimosa, que condujo con manifiesta resolución y creciente emocionalidad, Vinagrero supo destacar dos partes más de la Secuencia: los contrastes de Confutatis hasta matizar al detalle la conclusión de este episodio en un abismo armónico de impactante efecto sensitivo, una muestra más de esta desmesurada energía vital que contrastó con el maravilloso pasaje Voca me cum benedictis, en donde pudimos disfrutar de unas angelicales sopranos desdobladas en dos voces, absolutamente dulces y con una sonoridad totalmente unitaria, algo que demostró el resto del coro en la interpretación excelsa del Lacrimosa. 

La primera parte del ofertorio, Domine Jesu, fue tratada con un pulso firme y esa barroca febril tensión que Mozart desea, logrando uno de los momentos más esplendorosos de su interpretación, como también alcanzó en las tres preces centrales y la coda de Hostias, antes de concluir este universal Réquiem con el Sanctus, Benedictus, Agnus Dei y Communio, culminado por un bellísimo Lux aeterna.

Los intérpretes convirtieron cada parte del Réquiem en un mensaje musical que iba directamente dirigido al ser sintiente del espectador, más allá del significado de los textos a los que servía, traducidos en el programa de mano, alcanzando ese perfecto equilibrio de razón y emoción, y sin el más mínimo decaimiento. 

Tras los calurosos aplausos del público en pie, como colofón a esta velada, se repitió el número Domine Deus interpretado por solistas, coro y orquesta que destacó una vez más el meritorio trabajo desarrollado por el director musical del proyecto y directores de las orquestas y coros participantes, que exhibieron una correcta afinación, equilibrio entre las voces e instrumentos y una preciosa musicalidad al servicio de la palabra que querían transmitirnos. 

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